Las horas no se nos pueden esfumar ‘en un dos por tres’. No nos olvidemos de vivir.

Vivimos en una época en la que parece que todo tiene que medirse: contamos las horas que trabajamos, los seguidores que tenemos, los “likes” que recibimos y hasta las veces que alguien vio lo que publicamos. Nos levantamos con una lista de pendientes y nos acostamos pensando en lo que faltó. Mientras corremos detrás de resultados, notificaciones y obligaciones, las horas se nos pasan, casi sin darnos cuenta. Y cuando queremos mirar, otro día ya terminó.
¿Ha tenido esa sensación? ¡A mí me pasa con frecuencia! ¿Por qué creemos que debemos producir más, alcanzar más y demostrar más si, al final, dejamos sin atender las cosas que verdaderamente importan?

Nos sentamos a la mesa con nuestra familia, pero tenemos el teléfono en la mano; estamos con nuestros hijos, pero pensando en la oficina; hablamos con nuestra pareja mientras miramos de reojo las notificaciones. Incluso cuando descansamos, sentimos la necesidad de tomar una foto, publicarla en redes y ver quién reaccionó.
También nos comparamos con las personas que vemos en internet y sentimos que nuestra vida debería parecerse a la de ellas. Pero olvidamos algo sencillo: muchas veces comparamos nuestra vida completa con el pequeño pedazo de vida que alguien decidió mostrar en sus cuentas sociales. Y así, mientras miramos lo que otros tienen, dejamos de disfrutar lo que ya tenemos.
Necesitamos volver a esas cosas sencillas que no producen resultados inmediatos, pero que nos hacen bien. Hablo de sentarnos a tomar un café; escuchar a nuestros padres contar otra vez una historia de cuando eran jóvenes; jugar con nuestros hijos, aunque tengamos cosas pendientes; reírnos de cualquier tontería, en fin... Esos momentos no generan dinero ni seguidores, pero serán los recuerdos que más valoraremos.
Las personas que amamos necesitan nuestra presencia, no solamente nuestro esfuerzo y nuestro apoyo económico. De poco sirve trabajar todos los días para darles una vida mejor si, al llegar a casa, estamos demasiado cansados para conversar.
No tenemos que ser los mejores en todo ni demostrar más de lo necesario. Podemos tener días tranquilos, equivocarnos, descansar y aceptar que no todo salió como esperábamos. También podemos celebrar los pequeños logros: terminar una semana difícil, volver a reunirnos con la familia o simplemente llegar a casa y sentirnos bien.
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Al final nadie recuerda cuántos correos respondimos, cuántas reuniones tuvimos o cuántos “likes” recibió aquella foto. Recordamos una tarde en familia, una conversación que nos hizo reír, un abrazo que llegó justo cuando lo necesitábamos o una comida sencilla alrededor de la mesa. Recordamos a las personas, no las estadísticas; recordamos cómo nos hicieron sentir, no cuánto produjeron. Y eso debería hacernos pensar en qué estamos gastando nuestras horas.
Podemos seguir trabajando, buscando resultados y cumpliendo nuestras responsabilidades, pero sin dejar que todo eso ocupe las 24 horas del día. Porque esas horas siguen pasando en medio del afán, y no regresan.
Nosotros no vinimos sólo a producir, competir, contar y publicar. También vinimos a disfrutar, compartir y amar. Considero que una vida bien aprovechada es aquella que, al mirar atrás, nos permita decir: las horas pasaron, sí, pero no se nos pasó la vida sin haberla disfrutado juntos. ¡Dios lo bendiga!
Pregunta del día

- Las inquietudes asaltan con frecuencia nuestro estado de ánimo. No obstante, con cada cuestionamiento tenemos la posibilidad de afrontar un nuevo horizonte, ya sea razonando o aplicando sanas estrategias para el alma. Veamos el caso de hoy:

Testimonio: “Mi vida se enreda cada vez más. Estoy sumergido en muchos problemas y no sé cómo resolverlos. No soy capaz con todo y tampoco sé por dónde empezar. ¿Qué debería hacer. Le agradezco uno de sus consejos. Mil gracias por su atención”.

Respuesta: Hay problemas que necesitan una solución, pero también hay otros que requieren tiempo. Le conviene hacer una pausa, respirar y preguntarse qué es lo más urgente y lo que sí puede resolver ya. Cuando mira todo junto siente que no es capaz de nada, pero si maneja las situaciones por partes descubrirá que sí puede empezar por algún lado.
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Un consejo: en medio de esa confusión, vale la pena acudir a Dios. No necesariamente para pedirle que desaparezcan de inmediato todos los problemas, sino para invocarle claridad, fortaleza y tranquilidad para enfrentarlos.
Puede hablar con Él con palabras sencillas, como habla usted con alguien que lo conoce de verdad. Usted no necesita grandes respuestas, sino sentir que tiende dónde depositar sus preocupaciones y sobre todo que no está caminando completamente solo.
También debe revisar cuáles cosas está permitiendo que lo afanen o distraigan. Hay problemas que puede solucionar, otros que debe aceptar y algunos que simplemente tiene que aprender a soltar. No puede controlar lo que otros hacen, lo que ya pasó o todo lo que pueda ocurrir mañana. Pero sí puede cuidar sus decisiones, su manera de responder y su tiempo.
Resolver la vida no significa arreglarlo todo de una; muchas veces significa ordenar lo que está en sus manos. Si comprende esto, se irá desenredando la vida.
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Ojo: no hay que perder la esperanza. Que hoy las cosas estén difíciles no significa que siempre serán así. Habrá días mejores y otros más complicados, pero puede avanzar paso a paso, buscando ayuda cuando sea necesario y poniendo en manos de Dios aquello que no puede controlar. Quizás ahora no sea posible ver la salida completa, pero basta con encontrar el siguiente paso.
Oración para las situaciones difíciles

- Jesús: en medio de estas épocas de turbulencia que estamos viviendo, solicitamos su protección. Le pedimos que nos acompañe, que nos dé calma cuando sintamos que todo se desordena y que nos ayude a mantener la fe aun cuando no encontremos respuestas. Ponga su luz en nuestro camino y ayúdenos a confiar en que no estamos solos. Cuide nuestros hogares, nuestros pensamientos y nuestros corazones. Aléjenos de todo aquello que pueda hacernos daño y suminístrenos la fortaleza necesaria para enfrentar las dificultades que se presenten. Quédese con nosotros cuando las horas sean difíciles y cuando el camino parezca incierto. Permítanos encontrar tranquilidad en medio de las preocupaciones, sabiduría para tomar buenas decisiones y para seguir adelante. Que su presencia nos proteja, que su amor nos sostenga y que nuestra fe nunca se apague. Hoy ponemos en sus manos nuestras angustias, nuestros seres queridos y todo aquello que no podemos controlar, confiando en que, con usted a nuestro lado, podremos atravesar esta turbulencia sin perder la esperanza. Amén.














