Región
Domingo 23 de octubre de 2011 - 04:39 PM

Una visita al vecindario de los ‘Chavos’ Sub 8

¿Tú cuántos años tienes, Chavo? , le pregunta don Ramón al Chavo del Ocho refunfuñándole en la cara, por alguna torpeza ingenua que cometió entrando por la ventana y saliendo por la puerta. “Ocho”, contesta el niño.

Una visita al vecindario de los ‘Chavos’ Sub 8 (Foto: Suministrada/VANGUARDIA LIBERAL)
Una visita al vecindario de los ‘Chavos’ Sub 8 (Foto: Suministrada/VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: CÉSAR AUGUSTO ALMEIDA R.

¡Pues yo no entiendo cómo se puede ser tan bruto en tan poco tiempo!, reposta el conocido cascarrabias, a lo que el Chavo, inocentemente, lo demuele con una respuesta-pregunta contundente: “¿Usted tardó más?”

Obviamente el chico no es bruto ni torpe; menos, perverso: simplemente es un niño de ocho años que está ejerciendo su vocación de ser ingenuo o demasiado precavido o, quizá, audazmente astuto. Así son todos estos caballeritos de ocho que  vienen a gozarse su rato sabatino en un arenal tras una pelota en el torneo de la Liga Santandereana de Fútbol.

Es otro sábado en la mañana y no ha llovido. Antes de las ocho empiezan a brotar de todos lados, como hormigas de Semana Santa, niños de todos los colores e ingenuidades. La caseta que atiende David Mejía no ha abierto aún y algunos chicos babean esperando el aroma de las empanadas y las arepas de huevo. A ellos no les importa comer a cualquier hora; su apetito no tiene horarios ni códigos de disciplina, por lo cual les da lo mismo desayunar una hora antes del juego o embutirse el último pedazo de ‘torta de jamón’ cuando el juez esté haciendo el último llamado.

Doña Cecilia Sánchez llega, como siempre, con su blusa de seda y su pantalón de dacrón y con su aire augusto de abuela feliz. Su imagen es la misma en cada fecha: llega con su nieto Juan Esteban Sandoval, lo trae abrazado, sonríe saludando a todos a lado y lado y luego toma asiento, pone sus manos cruzadas sobre el canto de sus muslos y se dispone a ver un juego del que sólo sabe que hacen goles.

“Usted de tanto venir a fútbol ya debe saber de dirección técnica” le comento risueñamente intrigado. Se deja venir con una carcajada corta, suave y moderada. “Nooo…yo no sé nada. Vengo a acompañar al niño porque sus papás trabajan. De pronto el papá viene ahora. Me gusta ver al niño divertirse porque eso es su pasión. No habla sino de eso.” A Juan Esteban no le conozco la voz; es tímido y temeroso como una mosca pero le traduzco el idioma de sus sonrisas y el chispear de sus ojos cuando le hablo y se esconde bajo el ala materna.

La cancha de Ciudad Valencia (sur de Bucaramanga), donde se juega un campeonato en el que no hay campeón, no sólo es el escenario para el fútbol infantil, sino una especie de Aleph desde donde se ven los entornos familiares y filiales en pequeñas dimensiones: el papá de Diego Alejandro Esteban que le amarra los cordones; la mamá de Valentina Corzo que le peina, para que luego se le despeine, la cola de cabello- que no de caballo-;el padre de Ricardo Andrés Uribe que le dice sí y luego no; la madre de Daniel Londoño, que lo embadurna hasta las pestañas con bloqueador solar; el abuelo de Javier Alzate que le quita la camiseta de mentiras y le pone la de verdad, con sus colores rechinantes de carnaval. Es la vida familiar al aire libre, sin paredes que oculten los rituales ya conocidos; es un empelotamiento de la intimidad más simple, sin rubores.

EL JUEGO

Ángel Andrés Ulloque tiene tres ‘añicos’ y desde que se levanta, Marilyn Pacheco, su madre, tiene que esconder los floreros y todo lo que sea desprendible de las paredes porque este sobrino de John Jairo Ulloque, volante del Santa Fe, es un huracán, tornado y tifón, todo al tiempo. En la sala de su casa con muebles y cajas y palos de escoba arma su portería, su cancha y su tribuna. En su anarquía sin permisos gambetea con las patas de la mesa del comedor y hace golazos inolvidables a un portero imaginario y mientras Víctor, su padre, enciende la moto para llevarlo al Jardín, no pierde ese instante para cobrarse un tiro de esquina. Por aquí anda con su lúdica febril buscando dónde estarse quieto.

De todo hay por este territorio de correlones: niños que parecen peinados por una tempestad de arena y otros que se arreglan como para la Primera Comunión. Niños suplentes tan indiferentes que se sientan de espalda a los acontecimientos del campo de juego y se dedican a armar pasteles de barro y helados de arena, y otros que permanecen en la raya dando saltitos esperando el feliz llamado de participar en su cuento.

En este campeonato sin campeón se juegan dos tiempos de veinte minutos, entran ocho jugadores por equipo, el módulo por lo general es 3-2-2 que ellos en su frenético despliegue por apoderarse de la pelota lo vuelven fácilmente un 0-0-7 o un 7-0-0 en una transición instantánea y sin precedentes. No hay tarjetas de amonestaciones, menos de expulsiones. Los movimientos bruscos no son cotidianos y los pocos que hay no tienen ninguna intención malsana de hacer daño; aquí no hay cabida para los desafectos ni espacios para los resquemores. El día que un chiquillo recibió una amonestación verbal, fue la mañana en que se le despertó el diablillo muy nacional de protestar porque no estoy de acuerdo con lo que sea y le dijo al juez muy orondo pero lejos de su cara: “¡Oiga, árbitro, póngase gafas!”

Se oyó como un trueno en la madrugada. Ese rugido disonante y  altisonante silenció a la tribuna, se le devolvió al jovencito como un fuego, la cara se tornó una llamarada y se ruborizó.

LOS TÉCNICOS

Álvaro Roncancio fue alcalde de Rionegro y ahora rige los destinos del equipo Sub-8 de ese municipio. Siempre les programan su juego a las 8:00 de la mañana de los sábados; son los más madrugadores en razón del viaje y el último juego que les vi el pasado 15 de octubre lo ganaron 2-1 a Real Caracolí, con un tiro libre marcado con la punta del guayo y ese balonazo se fue como un torpedo al ángulo derecho. Jolgorio y desconsuelo, los sentimientos encontrados de siempre, en la tribuna y en el campo. Aparte, los gritos de apoyo de padres y tíos son contradictorios: “Tóquela, tóquela” y “llévela, llévela” aturden al chico más aplomado, lo desorientan, no le dan lugar a pensar algo por su propio riesgo, le encandilan el ánimo, le atormentan el espíritu hasta que terminan tirando sus restos al azar.

Los técnicos Jesús Cepeda del River Plate y Mario Amado de Conucos,  coinciden en los criterios de manejo para estas edades. Mario dice: “El niño sólo se recrea. Lo importante es que se den gusto con el balón independientemente del resultado. Hay que enseñarles buena conducción, buena entrega y buena pegada. Más grandecitos se les educa en su posición y en que hagan más sociedades.” ¿Y cuando lloran por el resultado? “No es bueno ni es malo que lloren todo el tiempo. Hay unos muy sensibles pero los resultados adversos terminan fortaleciéndoles el carácter”.

Mario tiene en sus filas a Alejandro Rosales Caballero, que es un jolgorio andante que cuando hizo su primer gol correteó por la raya tirándole besos a la tribuna.  Norberto Peluffo, director general de las divisiones inferiores del Atlético Nacional donde hay chiquillos desde los cinco años, me dice que “no hay que complicarlos con enredijos como el ‘achique’ cuando se pierde el balón o el ‘agrandar’ la cancha cuando se recupera. Eso se deja para después. Entre los doce y los catorce años, etapa importante en el proceso, hay que empezar una marcada atención en estos aspectos.”

Equipos como Transejes son una organización de lujo. Felipe Gómez es el coordinador del Departamento de Sicología, y Lucía Corzo es la sicóloga encargada de esta categoría, la que está pendiente de sus quejumbres, de sus ‘quemonazos’ mentales, en una atención personalizada pues cada una de sus criaturas es un mundo aparte.

LOS JUECES

A Sergio Galvis, joven árbitro de 16 años, que desde hace cuatro se enfunda en riguroso luto y les pita a niños y a mayores, le ha tocado tomar graciosas decisiones que no le corresponden. En un juego entre Racing y Futcali, en Piedecuesta,  los chicos lo perseguían para que escogiera quién debería cobrar una falta porque el técnico no decidía. “Usted”, señalaba. Como cada uno de los siete quería ser el escogido, quien fuera señalado quedaba envuelto en un ambiente hostil,  en una maraña donde el egoísmo humano hace su peor presencia. Pero en este caso el infantilismo también hizo de las suyas. Es su constancia. “Entonces usted”, señaló Sergio casi al borde de la histeria para escapársele a esa presión tan atosigante. Rápidamente pateó el escogido y, aparentemente, se apaciguó el motín. Vino el gol y mientras el chico corría eufórico festejando su conquista, sus compañeros de combo le armaron corrillo para mirarlo feo. El único festejante, ante el desolador panorama, optó por largarse a llorar e irse del partido. Una tragicomedia  insólita en el escenario de estas almas puras.

Otros jueces son tan extremadamente rigurosos  que se olvidan de que este es un campo abierto para un festival infantil y creen que van a arbitrar una semifinal de la copa Uefa (Liga de Campeones en Europa) en el estadio del Bayer Munich y se niegan a cumplir porque a la cancha no se le nota bien una raya de cal. La indignación de Willian Pedraza, técnico de Nantes, no tiene adjetivos.

A Carlos Suárez, de Mutis-Cootracolta, lo retrasó un accidente de tránsito en la autopista. Le rogó al juez de turno que les pitara diez minutos fuera de competencia para no desalentar a los niños que, de todas formas,  ahí estaban. La cancha  permanecería desocupada 45 minutos y los  chiquillos, con los ojos bien abiertos, esperaban una decisión. Estaban tan tensos como quien espera el último número del Baloto. Ese espíritu somnoliento se despertó de su letargo para, sin levantar la mirada, decir que no. Continuó indiferente ante la desazón de los  chicos y sentado en su  frágil prepotencia llenaba unas planillas para ratificar su incompetencia para los afectos.

“En mi época les pitábamos gratis”, me susurra don  Alirio Mejía, un veterano de miles de pitazos, con  el ceño visiblemente contrariado.

ÚLTIMOS MINUTOS

Volvamos a los niños pues ya voy a pitar el final  de estas notas reveladoras.

En este ambiente festivo donde la vida está empezando a florecer,  veo a Alan Rodríguez, a quien le calculamos 125 centímetros de estatura porque del pulgar al índice, desplegados, hay 25 y nos alcanzó para cinco medidas. Tiene Alan una fortaleza de pegada que deslumbró hasta al profesor Guillermo ‘Chiqui’ Londoño, enviado desde Medellín como veedor de talentos. Dentro de diez años –ojalá antes-  lo queremos ver como el terror de los Iker Casillas, como un espectro para las barreras en los tiros libres, como  un mal sueño para sus adversarios.

Tengo aquí la imagen de Daniel Londoño, el arquetipo y el biotipo del jugador de fútbol: camina como un argentino sin saberlo, manotea como un italiano, es tranquilo como un austriaco, tiene la estatura y el peso para su edad, recorre el campo en busca de un espacio vacío, transporta el balón con preciosismo a pesar de que está madurando su sicomotricidad y lo entrega con virtuosismo. Es  fuerte, firme y sólido como un árbol centenario.

Pero lo mejor de observar esta congregación de niños ansiosos de ser los mejores, de ver esas sonrisas amplias donde a más de uno le falta un diente y a más de dos no les gustan las matemáticas porque los profesores son muy regañones, y que se califican, como futbolistas, entre uno y diez con un diez aclamado, es la representación vívida de la niñez en su naturalidad sin dobleces, en su frescura espontánea, en sus alegrías y sus tristezas.

Padres e hijos comparten unas horas sus afectos con una bolsa de agua y con un balón agrietado o con… “¿Ya se va, José Luis?” “No, voy a traerle una fruta a Diego”. O unas tortas de jamón para los ‘Chavos Sub-8’”, le digo yo.

Una visita al vecindario de los ‘Chavos’ Sub 8 (Foto: Suministrada/VANGUARDIA LIBERAL)
Una visita al vecindario de los ‘Chavos’ Sub 8 (Foto: Suministrada/VANGUARDIA LIBERAL)

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Publicado por: CÉSAR AUGUSTO ALMEIDA R.

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