Una familia en Sabana de Torres es la primera a la que restituyeron sus terrenos en Santander. Esta es la historia de la familia Garzón Ruiz, que por cuestiones de la violencia abandonó su tierra y, 16 años después les fue regresada. Al igual que cientos de colombianos, los Garzón Ruiz tuvieron que tolerar la crueldad de la guerra y todavía buscan cicatrizar las heridas.

Publicado por: NÉSTOR GONZÁLEZ ÁLVAREZ
Con machete en mano va abriéndose campo entre la espesa vegetación. A pesar de sus 55 años y de, como de costumbre, no haber desayunado, debido a que sus recursos solo le alcanzan para el almuerzo, impone un ritmo constante, al que poco a poco hacen mella los altibajos y los obstáculos propios de un camino que hace más de una década no transitaba.
Donde se abraza la hierba, impidiendo la proyección de unos rayos del sol que sobre las 10:40 a.m. son difíciles de tolerar, Oliveros Garzón Ruiz, un tradicional campesino santandereano que recoge algunos pesos cortando pastos, recibe el mezquino aire que los astros le obsequian a la vereda La Payoa, del municipio de Sabana de Torres, y hace un alto.
Se despoja de su sombrero sabanero, con su dedo índice se sacude el sudor de la frente, respira profundo y recuerda nostálgico… “Cuando Alirio, Roldán y yo estábamos pequeños le colaborábamos a mi papá en los trabajos de nuestra finca (El Zapatón), pero en los descansos aprovechábamos para jugar. Así como éramos muy unidos, a veces también nos agarrábamos a planazos”.
Una ‘Sabana’ de terror
Roldán Garzón Ruiz, el hermano del medio, siempre fue un enamorado de su tierra y del trabajo. A sus antepasados les heredó el amor por la agricultura y la terquedad, esa que le cerró los oídos ante las infructuosas recomendaciones de sus parientes.
Alirio, el mayor, que para subsistir dejó la labranza y terminó de celador, intentó disuadir a su hermano pero no lo logró. “Él nunca se quiso ir, decía que en el pueblo se sentía extraño, porque lo de él era el campo”, acota cada vez que lo interrogan por su consanguíneo.
Una calurosa noche del 30 de octubre de 1997, mientras Roldán reposaba de la embrollada jornada de trabajo, el humilde rancho de la familia Garzón Ruiz fue allanado por miembros de un grupo armado paramilitar, al parecer al mando de Camilo Morantes.
A Roldán, quien no siguió los pasos de sus seres queridos que dos años antes se fueron a buscar suerte en la ‘Posada de Torres’, ante la disputa de territorio que tenían guerrilleros y paramilitares, se le aceleró el corazón, sudó frío, pensó en sus dos infantes hijas y pidió clemencia; no obstante, fue ultrajado y retirado a la fuerza, sin siquiera imaginar que ese día se abriría una herida que aún no cicatriza.
‘La Perla Blanca del Magdalena Medio’, situada en la parte noroccidental de Santander, y con una extensión de tierra aproximada de 1.428 km², se ha hecho reconocida por el cultivo de palma de aceite, la ganadería, la extracción de petróleo y, desgraciadamente, la violencia.
A lo largo de su historia ha estado poblada por grupos guerrilleros (Farc, Eln y Epl) y paramilitares (Ausac, Auc y el Bloque Central Bolívar – BCB). Primero, en los años sesenta, tuvo incidencia el Eln. Posteriormente, por los setenta, las Farc; y por último, a finales de los noventa y el 2008, los paramilitares.
Los colonos
Buscando mejor suerte y queriendo tomar distancia de allegados que reprimían el florecimiento de sus sentimientos, Saturnino Garzón, junto con Paulina Ruiz y sus tres ‘retoños’: Alirio, Roldán y Oliveros, dejaron el municipio de Rionegro, Santander, y se convirtieron en una de las primeras familias en asentarse en la vereda La Payoa, del municipio de Sabana de Torres, a finales de los años sesenta.
El Zapatón fue el nombre con el que bautizaron a su nueva propiedad, de 48 hectáreas, ubicada a una hora de Sabana de Torres (40 minutos en carro por carretera semidestapada más 20 a pie, por un terreno montañoso).
La siembra de yuca, arroz, maíz, además del ganado en aumento, fueron las actividades económicas que le facilitaron al patriarca de esta tradicional familia campesina sacar adelante a los suyos.
Un triste recuerdo
La humedad no tiene piedad y Oliveros, en seguida de varios segundos de receso en su marcha hacia la que fuera su tierra durante décadas, va reconociendo lugares en el horizonte, insectos, huellas de armadillos y plantas de toda clase.
Luego de 20 minutos de recorrido, y pasmado a raíz de los cerca de 40° de temperatura exclama: “¡En esa zona estaba la casa!”, señala con la mano y estirando los dedos, un sitio en el cual los árboles frondosos de 20 metros y la complejidad del relieve hacen increíble la posibilidad de que alguien hubiera habitado la zona.
“Monte arriba se llevaron a mi hermano, lo maltrataron (su voz se entrecorta) y por último le dañaron el ‘mascadero”.
Después de un prolongado silencio continúa… “Aquí todo está por hacer. Después de abandonar nuestra casa durante 16 años, nos restituyeron la tierra y aunque es una alegría que nos devuelvan lo que nos pertenece, no nos imaginábamos que retomar nuestra vida sería tan difícil. La tierra está, pero no tenemos las herramientas para trabajarla, no hay rancho, no hay motosierra y tampoco recursos para invertir”.
Mientras recupera energías para emprender el descenso hacia la carretera que conduce al pueblo, y luego de haber planificado las cosas que necesita para volver, Oliveros tiene más dudas que certezas.
El inexorable paso de los años blanqueó su cabello, llegó con quebrantos de salud y menguó sus fuerzas.
Al caído…
El 9 de febrero de 1981, producto del asma, fallece Saturnino Garzón, pero 26 años más tarde retornó del más allá para otorgar, el 21 de noviembre de 2007, un poder para que se vendiera el predio.
“Mi papá resultó negociante después de muerto. Personas inescrupulosas aprovecharon que nosotros tuvimos un desplazamiento forzoso y con artimañas se adueñaron de la finca, la cual después fue vendida en dos oportunidades más”, dice con gestos de impotencia el menor de los tres hermanos.
Al llegar a la carretera, una anciana de caminar pausado que vive en un manso albergue saluda con amabilidad y ofrece algo de beber. Tardó más la longeva en servir el líquido, que Oliveros en ingerir dos vasos de agua.
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La diáfana bebida lo revitaliza pero la melancolía le pega a su alma un golpe de nocaut. “Para mi hermano, mi mamá y yo fue muy complicado tener que empezar de ceros, pero para mis sobrinas creo que fue aún más difícil. Roldán sostenía esa familia y ellas quedaron sin rumbo”.
Crecer sin padre
Deyci Garzón Bustos, de 19 años y con cinco meses de embarazo, ha creado la imagen de su padre a través de los comentarios que le hacen sus familiares y las personas que compartieron con él. Lo retrata como un hombre del campo, buen vecino y trabajador.
Ella, que según sus parientes le heredó a Roldán ciertos rasgos físicos, apenas tenía tres años y cuatro meses cuando su vida se partió en dos. “Siempre sueño en cómo hubiera sido todo con mi papá a nuestro lado”, afirma.
Únicamente pudo estudiar hasta sexto bachillerato y deambuló entre la casa de su madre, Ana Bustos Martínez, que se volvió a organizar; y la de su tío Alirio, quien la supo acoger al igual que a su hermana menor, Lucely Garzón Bustos, de 17 años.
Es una mujer que sobrevive cuidando niños, de silencios prolongados, taciturna y que conserva las esperanzas a pesar de las cachetadas que le otorga el destino.
Se enfoca en otorgarle a su hijo el hogar que no tuvo. “No sé si es niña o niño, pero no quiero que viva lo que yo viví”.
Cuentan, quienes la conocen que esta mujer cuando era niña fue víctima en el nuevo hogar que formó su mamá de todo tipo de abuso.
Primer paso
El 10 de octubre pasado, la Unidad de Restitución de Tierras, Dirección Territorial Magdalena Medio, realizó por primera vez en Santander la entrega material de un predio.
Se trató de la finca El Zapatón, que fue restituida a esta familia, que en los años noventa la abandonó por temor a los grupos paramilitares que actuaban en Sabana de Torres.
Antes de subirse al vehículo que lo llevará al pueblo, Oliveros echa un último vistazo hacia la loma y comenta “Ahora estamos como niño castigado en un parque. Hay mucho por hacer, pero no hay herramientas.
No obstante, en el fallo del 21 de agosto de 2013, el juez ordenó a distintos actores estatales como la Alcaldía de Sabana de Torres, Banco Agrario, Unidad de Víctimas, Icbf y Sena que desarrollen acciones que garanticen las oportunidades y condiciones materiales para el retorno. Entre las medidas ordenadas están el otorgar subsidios de vivienda a cada una de las víctimas, la entrega de ayuda humanitaria, la implementación de proyectos productivos, exoneración del pago de impuestos y gestión de recursos para la recuperación de las vías de acceso a El Zapatón. Ellos siguen esperando.













