El tiempo es como un río formado por hechos e impulsado por una corriente de recuerdos. Vanguardia, a través de las fotos del ayer, recorre con esta sección esos torrentes de historias que fluyeron en la otrora capital santandereana. Acompáñenos hoy a un nuevo viaje por el túnel del tiempo. En esta ocasión nos trasladaremos a la época de la construcción del Viaducto Benjamín García Cadena.

Empecemos por precisar que al principio no le decían ‘Benjamín García Cadena’. Desde los mismos constructores hasta los periodistas de la época lo bautizaron como el ‘Viaducto de La Iglesia’, emulando el nombre de la quebrada que pasa en las bases de la estructura.
Corría un convulsionado año, el 1969, y Bucaramanga comenzaba a dejar atrás su modestia para sumergirse en el vertiginoso crecimiento que la meseta le permitía. Como testigos de su expansión, surgían nuevos barrios y, poco a poco, los edificios comenzaban a alzar sus columnas a lo largo y ancho de una ‘nueva’ capital santandereana. Modernas vías de acceso y puentes se iban tejiendo sobre el paisaje, conectando distancias que hasta entonces parecían insalvables.

En medio de esta transformación, el viaducto ‘Benjamín García Cadena’ se levantaba poco a poco, a paso de gigante pero con la pausa propia de una gran obra, mientras la Autopista a Floridablanca también ganaba terreno. Los bumangueses estaban comenzaban a maravillarse con las grandes obras de infraestructura, las cuales prometían una conexión eficiente entre el nororiente y el sur de la ciudad.
Por su parte, el gobierno del hoy desaparecido presidente Carlos Lleras Restrepo veía en la construcción de megaproyectos la posibilidad de escribir su nombre así como el de su administración en el recuerdo, aunque su gobierno ya se acercaba a su fin.
Vanguardia, a través de sus noticias diarias, narraba la transformación de una ciudad que se adaptaba a la ‘modernidad’. No solo se trataba de nuevas vías y edificios; el desarrollo urbanístico incluía la construcción del aeropuerto internacional Palonegro, que prometía conectar a Bucaramanga con el mundo. Además, la llegada de inversiones de otras partes del país y del mundo no solo traía capital, sino también un nuevo aire cultural.
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Y con apelativo oficial de ‘Viaducto La Iglesia’, tras un sencillo acto oficial, los Ministros de Hacienda y de Obras Públicas inauguraron este gigante el 25 de Julio de 1970. No se cortaron cintas ni se tocaron notas marciales, simplemente se hizo un breve recorrido por los carriles de este puente que, desde sus inicios, fue declarado como un monumento de la ingeniería colombiana.

En ese entonces el ingeniero Benjamín García Cadena, al que posteriormente se le rendiría un homenaje bautizando así al puente, fue quien oficialmente entregó el paso elevado a la comunidad bumanguesa.
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Se dice que la obra abrió los horizontes de Bucaramanga, pues se construyó una prolongada autopista que comunicó a Bucaramanga con Piedecuesta. ¡Y así fue! Es más, los que conocen a Bucaramanga afirman que “sin esta obra la ciudad no sería la que es hoy”.
Este megaproyecto, que puso a la ingeniería colombiana entre las mejores de Latinoamérica, se pagó mediante la vía de la valorización y también contó con aportes de la Nación. Fue la firma Cuéllar Serrano Gómez la encargada de acercar a Bucaramanga con Floridablanca, a través de este Viaducto que se levantaría a la altura del barrio ‘Antonia Santos Sur’.

La inversión fue de $ 59 millones. ¡Bastante dinero para su época! Don Hernán Rodríguez Monroy, el interventor del proyecto, argumentaba que “esa plata se convirtió en una de las mayores inyecciones presupuestales de la historia local”.
La firma interventora era la CEI y todo el equipo humano que construyó el puente fue mano de obra colombiana: “Los maestros y demás obreros fueron santandereanos”.
Unos años más tarde el nombre del puente se inspiró en el ya mencionado Benjamín García Cadena, quien escribió en letras de molde los mejores momentos de esta ‘megaestructura’.
No todo fue gloria
Hay que decir que al puente se le rompieron algunas vigas, tal y como le ocurrió al viaducto La Flora en su etapa de construcción. Un momento difícil ocurrió cuando uno de los maestros murió: “El hombre tropezó y cayó de la más alta viga”.
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Otro accidente, el que más conmocionó a la ciudad, fue cuando un ciudadano que acostumbraba a merodear la obra, murió al recibir el impacto de un fuerte bloque de cemento.
Desde entonces nació la leyenda que contaba que la víctima aún estaba enterrada en las bases del puente. Los vecinos que hoy residen bajo la sombra del gigante dicen que “esa fue la maldición que acompañó al Viaducto y que por eso se convirtió en el puente de los suicidas”.

El 6 de marzo de 1971 se presentó la tragedia que, de manera desafortunada, le daría un toque negro a este paso elevado. Ese fatídico sábado, el primer suicida atravesaba las barandas grises para lanzarse. Habían transcurrido apenas ocho meses de la inauguración del puente. Se llamaba Leonardo Ramírez Albarracín, tenía 35 años y ese sábado, pasado el medio día, por razones desconocidas como lo consignó Vanguardia, se lanzó al vacío del recién inaugurado viaducto García Cadena encontrando la muerte de forma inmediata a una altura de cuarenta y cinco metros.
El barrio que empezaba a establecerse en el valle junto a la Quebrada La iglesia debajo del puente, era apenas una idea que se iría construyendo poco a poco.
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Aunque se supo de otras muertes anteriores, de obreros que trabajaban en la construcción del puente que habían fallecido de forma accidental, fue este el que trajo la desgracia al barrio, así lo recuerda Carmen González, una de sus más antiguas habitantes.
Fue solo hasta finales de los años 80 y comienzos de los años 90 cuando un arquitecto, de apellido Taylor, diseñó una barandas, las cuales fueron bautizadas por el artista como una ‘Escultura de la Vida’, entre otras cosas, para espantar la muerte del gigante Benjamín García Cadena.

Claro está que en 2016, cuando se diseñó la ampliación del puente, fueron retiradas, para darle paso a una obra artística que tenía en un inicio colores vivos para crear emociones positivas y desterrar a cualquiera la idea de quitarse la vida. Además, la silueta de la estructura simulaba el horizonte y las montañas que hay al occidente y oriente de la ciudad.
No obstante, con el tiempo comenzó a deteriorarse, perdió sus intensos colores e incluso fue víctima de ocasionales robos cometidos por personas interesadas en vender el metal en las chatarrerías.
Finalmente, hay que decirlo, el puente multiplicó sus carriles con la obra de ‘La Unión’, construida por las pasadas administraciones y la estructura del ayer, al menos la original, se desvaneció con el tiempo. En efecto, el ‘García Cadena’ hoy está lleno de barrios populares a lado y lado. Incluso tiene dos hermanos ‘gemelos’, más altos que él: Los viaductos La Flora y La Novena. Sin embargo para los bumangueses, el García Cadena sigue siendo el ‘papá de todos’ y el ‘decano’ de la ingeniería en Santander.


















