Por el centro de la ciudad aún podemos apreciar algunos de los 46 candelabros centenarios, traídos del otro lado del mundo, que se alzaron no solo para alumbrar las calles de Bucaramanga, sino para convertirse en vigías silenciosos de nuestra historia.

Ya pasó más de un siglo desde que los candelabros del Parque Santander encendieron por primera vez su luz sobre las carreras 19 y 20, entre calles 35 y 36.

En aquellos años, cuando la ciudad apenas soñaba con crecer hacia los cerros, la llegada de esos elegantes ‘candeleros’ -como se les llamaba entonces- fue motivo de orgullo colectivo. Eran tiempos de modernidad incipiente, de plazas renombradas y esculturas recién erigidas.

Dicen que Bucaramanga quería parecerse a las grandes capitales y lo estaba logrando, detalle a detalle y casi que lámpara a lámpara.
La historia de estos faroles comienza con una idea luminosa de Alfonso Silva Silva, un hombre cívico que soñaba con embellecer la ciudad. Fue él quien gestionó su importación desde Francia, a través de la firma Pallié Hermanos.

Y no se trataba de cualquier lámpara: eran piezas finas, elaboradas bajo la estética del Art Nouveau, (arte nuevo) con caperuzas de vidrio esmerilado y pantallas de cobre repujado, dignas de los bulevares parisinos.

Fueron instalados como parte de la transformación de la antigua Plaza Belén, (rebautizada como Parque Santander, en honor al prócer que aún contempla desde su pedestal el corazón de la ciudad)
Más del ayer de Bucaramanga
💡 LOS ICÓNICOS CANDELABROS
— Vanguardia (@vanguardiacom) July 3, 2025
Por el centro de Bucaramanga se ven algunos de los 46 candelabros centenarios, traídos del otro lado del mundo, que se alzaron para alumbrar el Parque Santander 🌳✨.
📝 El periodista Euclides Kilô Ardila @KiloArdila nos recuerda esa historia en la… pic.twitter.com/W9AFPRqS4l
Casi al tiempo con la estatua, obra del escultor francés Raúl Verlet, llegaron los candelabros, como si todo hubiera sido parte de una misma coreografía urbana que incluía, incluso, la participación del arquitecto Pedro Monticoni, diseñador del Club del Comercio.
Pero no todo fue esplendor. Los años pasaron, las gestiones cambiaron y la memoria se diluyó. En la década de 1960 a 1970, un alcalde con poca sensibilidad patrimonial decidió retirarlos, dejándolos arrumados en la penumbra de una bodega municipal.
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Solo hasta 1990, gracias a la gestión del entonces alcalde Alberto Montoya Puyana, exrector del a UNAB, los candelabros fueron rescatados del olvido y devueltos a su lugar de origen. Su retorno fue posible con el apoyo de la Electrificadora de Santander y la Corporación Paseo del Comercio.

La restauración fue una odisea artesanal. Algunos elementos tuvieron que ser refundidos a partir de moldes hechos en madera y otros reconstruidos en talleres de Girón y Bucaramanga, como los de Prieto Hermanos y Talleres Darco. El trabajo fue minucioso, casi quirúrgico. Cada pieza volvió a ensamblarse como si se tratara de una joya de museo.

Desde entonces, han estado ahí: discretos pero firmes. Han sido testigos de discursos presidenciales, de manifestaciones ciudadanas, de los pasos acelerados del comercio y de los silencios de los domingos.
Vieron el auge del Hotel Bucarica EN 1941 -donde también brillaron varios ejemplares- y han resistido la indiferencia de las administraciones que han pasado sin siquiera mirarlos.
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Hoy, sin embargo, su luz vuelve a titilar con incertidumbre. Algunos tienen piezas oxidadas, otros muestran fisuras en sus pantallas. Se habla de reemplazarlos por farolas más pequeñas y menos costosas, en lo que podría ser una suerte de eutanasia patrimonial silenciosa.
Pero aún hay esperanza. La ciudad que fue capaz de importarlos desde Europa y rescatarlos del abandono más de una vez, también puede restaurarlos una vez más.
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Quizás no haga falta esperar a que una entidad oficial se acuerde de ellos. Tal vez un artesano local, un colectivo ciudadano, un gestor cultural -como los que abundan en esta tierra creativa- pueda asumir la tarea.
Porque estos candelabros no son solo luminarias: son historia forjada en hierro, cobre y vidrio; son símbolo de una Bucaramanga que alguna vez soñó en grande y se atrevió a embellecer su centro con lo mejor del mundo. Y si aún hay quien crea en esos sueños, entonces no será en vano encenderlos de nuevo.

















