En la sección del recuerdo de Vanguardia hoy evocamos la historia de Macaregua, una urbanización que ‘echa raíces’ firmes en medio del caos urbano.

La urbanización Macaregua nació cuando la Ciudadela todavía era una promesa. Un puñado de bloques recién levantados se asomaban tímidos sobre un inmenso lote, donde las ferias artesanales se instalaban como albergues de fin de semana.

La torre de control del otrora aeropuerto Gómez Niño estaba a solo unas cuadras, vigilando el despegue de avionetas que marcaban el ritmo de un barrio que aún no existía. Ese pedazo de tierra sería el primero en convertirse en hogar dentro de la ‘selva de cemento’ que tiempo después dominaría a la Comuna 7.
Los primeros en llegar fueron nombres que hoy suenan a historia viva: Rafael Álvarez Movellán, José Vicente López Gasca, Zoraida de Monsalve y Mariela Martínez Pinto.
Don Rafael recordaba que el 22 de junio de 1978 entregaron el primer apartamento del naciente sector. Él pagó $ 506.000 por aquel sueño. Entonces, ese dinero parecía un salto sin paracaídas y era toda una ‘fortuna’ en los finales de los años 70.
La Macaregua de sus inicios era entonces una zona ‘alejada’. Donde hoy se levantan fachadas, antes se disputaban la cancha empleados de la aerolínea TASS, pateando un balón que ‘viajaba’ más lejos que los aviones.
¿Por qué se llama así?
El nombre del sector fue elegido como quien planta una bandera en la memoria. Macaregua es una palabra que remite a la resistencia indígena y a la famosa gruta de Barichara. Los pioneros querían que su casa fuera más que un refugio: que fuera una fortaleza de respeto por el medio ambiente, un sitio donde la ciudad no pudiera arrasar con todo.
Ese propósito germinó tal cual. Macaregua se convirtió en la única urbanización de la Comuna 7 abrazada por los árboles. Caracolíes, guayacanes, mangos y aguacates crecieron como centinelas verdes que le hacen contrapeso al bosque de cemento que avanza sin remordimiento.
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La Ciudadela Real de Minas podrá tener más edificios, pero aquí las hojas siguen reclamando su espacio, como quien recuerda lo que había antes de la urbanización.
En esta zona, los jardines suelen ser pequeños milagros de color: se ven girasoles, magnolias, rosales y violetas que se asoman tímidas, margaritas que no necesitan anunciarse, lirios y alhelíes que perfuman a quienes pasan sin prisa por estos lados. Hay incluso un particular vivero que colecciona hierbas como si fueran tesoros.
Ardillas traviesas cruzan los cables eléctricos como si fueran autopistas aéreas. Búhos, pájaros y loros tienen nidos repartidos por los rincones, como pequeños reinos independientes.

El vecindario decidió que jamás permitiría que la naturaleza se marchara. Abonaron la tierra y defendieron cada raíz. Por eso Macaregua, en medio de la modernidad que todo lo olvida, sigue oliendo a ayer. Continúa siendo ese recuerdo vivo de una urbanización que nació con un sueño verde y que, a pesar del tiempo y del caos urbano, no se parece a la ‘pesadilla’ de estrés que hoy se vive en el resto de la Ciudadela.

















