Hoy desempolvamos la historia del ‘Bolívar Ecuestre’. La obra, que simboliza la hermandad colombo-venezolana, resiste el abandono, el vandalismo y el olvido ciudadano.

En la glorieta de la carrera 27 con calle 10, justo frente a la sede principal de la Universidad Industrial de Santander, se yergue -aún altivo, aunque cansado de tanto maltrato- el ‘Bolívar Ecuestre’, uno de los monumentos más emblemáticos y, paradójicamente, más maltratados de la ciudad.

Lo llaman, con familiaridad casi burlesca, “El Caballo de Bolívar”. Pero detrás de ese apodo coloquial hay un símbolo que alguna vez representó el orgullo de dos naciones vecinas.

El 14 de abril de 1961, en el marco del Día de las Américas, fue inaugurada la obra del escultor español radicado en Venezuela Emilio Laiz, donada por el gobierno patriota a Bucaramanga como un gesto de hermandad y gratitud.

En la placa que aún sobrevive en el pedestal puede leerse la huella del tiempo y de las autoridades que asistieron a aquella jornada: el embajador de Venezuela en Colombia, Felipe Hernández; el cónsul César Ramírez Morales; el gobernador Mario Latorre Rueda, y el alcalde de la Bucaramanga de esa época, Gilberto Arias Delgado.
El monumento, de bronce y diez metros de altura, muestra al Libertador montado en un corcel en actitud de marcha, con la espada extendida y la mirada firme, como si quisiera seguir avanzando hacia la historia.

La figura, vestida con uniforme militar, botas altas y espuelas, descansa sobre un pedestal recubierto de baldosas que, más que protegerla, la ha mantenido expuesta a las inclemencias del tiempo y a la rudeza de la ciudad.
Aún se recuerda que, poco después de su inauguración, un episodio casi surreal marcó el destino del monumento. Una noche, un hombre ebrio decidió probar su puntería disparándole pintura con aerosol al Libertador. La policía acudió de inmediato y el agresor resultó ser otro agente policial, fuera de servicio y con más licor que sensatez en la cabeza. Fue el primer ataque registrado contra el Bolívar de bronce, aunque no sería el último.
Desde entonces, el ‘Bolívar Ecuestre’ ha sido víctima de marchas estudiantiles que terminan en disturbios y de protestas que escogen la glorieta como escenario.
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Ubicado en una zona donde confluyen papelerías, comercios y la vitalidad universitaria de la UIS, el monumento ha resistido grafitis, golpes y el abandono institucional.

No cuenta con seguridad privada y, por ende, no logra espantar el maltrato y el deterioro. A veces, el Libertador parece un centinela solitario de la historia, mirando impasible el paso del tránsito y de los años.
Más de seis décadas después, el ‘Bolívar Ecuestre’ sigue ahí, entre el ruido de los buses y los pasos apresurados de los estudiantes. Muchos lo ven sin mirarlo. Pero quien se detiene un momento a observarlo puede advertir que aún conserva algo de su grandeza: la misma que inspiró al pueblo venezolano a donarlo y a Bucaramanga a recibirlo con orgullo.

Hoy, cuando la ciudad crece y se transforma, vale la pena desempolvar su historia y reconocer que este monumento, más que un adorno urbano, es una página viva del pasado. Un pasado que nos recuerda que también los símbolos necesitan cuidado, respeto y memoria.
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Porque, aunque nuestro ‘Bolívar Ecuestre’ se vea un tanto cansado de tanto atropello, el espíritu del Libertador aún ‘cabalga’ sobre Bucaramanga.













