Cinco años de la partida del santandereano quien teniendo grandes títulos obtenidos en la Universidad de Míchigan, Universidad de Chicago, y la Universidad de los Andes, enfiló su sapiencia en economía a mundo de la prensa, proyectándose como una referencia en Latinoamérica.

“...Ahora prefiero esa condición, que él me hiciera el retrato y no cantarle un son…“. La tarareó tantas veces que, de algún modo, terminó habitando cada estrofa de aquella vieja melodía que, arrepentido, Rafael Escalona le escribió a Jaime Molina para pedirle que jamás le hiciera el retrato, porque habría de ser más que un honor: una despedida.
Las líneas del pentagrama — evocadas ahora nota por nota, sonando en la mente, tarareadas por las neuronas— parecían en realidad una premonición pesarosa del paso irremediable que todos debemos enfrentar en el camino terrenal.
Para entonces, ese destino se veía lejano; resultaba inimaginable que un virus invisible pudiera derribar a semejante roble. A Alejandro Galvis Ramírez.

Aquel día imborrable de septiembre del 2020, lo desafiaba, casi con sorna, girando entre sus largas falanges el tapabocas carmesí que llevaba cuando, sin saberlo, me concedió la última entrevista, frente a un linotipo que había dejado atrás años luz antes.
Tal vez la tonada parrandera la encuadrábamos como una libre asociación de quienes presenciamos esa espontánea manifestación vallenata que habitaba en él, en ese visionario santandereano que se revelaba, invariablemente, cada 3 de noviembre.

Esa pasión se fue decantando con los años, poco a poco, en la bohemia que convertía cada tocata en ritual, allá en Transilvania: la sede recreacional que también inventó con la excusa de abrir un espacio para los empleados, pero que terminó siendo, sobre todo, el refugio perfecto para liberar al parrandero enamorado de los acordes nacidos del apretón a un acordeón Hohner o de una guitarra acompañada por las voces de Fernando Meneses, Gustavo Gutiérrez, Silvio Brito, El Binomio de Oro o, incluso, la de su compañero de colegio, Jorge Oñate Martínez, el jilguero.
Por allí pasó también el ya legendario Hernando Urbina Joiro, con la curvilínea reposando entre sus piernas, enmarcado por una luna llena inmensa, entonando “La Reina” que inmortalizaría El Cacique de La Junta, mientras el viejo Martínez halaba, como de una liana, un caballo que giraba imparable en la pesebrera del hato.

Cada instante era como la canción del rey de La Gloria, Cesar: “momentos de amor”, porque se nos fueron quedando ahí en el sentimiento, a pesar de que aún estos instantes tenían un colofón de trabajo, a la postre era también una forma de agradecer a quienes le permitían, o le hacían menos difícil hacer realidad los sueños.
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Hubo, además, la feliz coincidencia de compartir onomástico justo 3 de noviembre, con veinte años que me tomó de ventaja, pero coincidencia al fin y al cabo. Duele que se haya ido. Quedamos sin él. Pero un halo de cada uno de sus pasos permanece por ahí: en cada puntilla clavada a martillazos, en cada ensamblaje paciente, en el lomo de cada clavo donde todas las pinturas que colgó pared por pared en ese enorme monstruo en que convirtió la herencia de su padre, hoy con 106 años: Vanguardia.
Desde aquel 1 de febrero de 1989 cuando llegamos al inmenso acuario que semejaba esa sala de espera en la gerencia, fuimos registrando como con tinta indeleble episodio tras episodio.
Caerse, levantarse; soñar, ejecutar, andar, proyectar, lanzarle un mensaje a voz en cuello a la máxima (Zoraida Uribe Sandoval) fiel escudera, secuaz de fantasías realizadas, polo a tierra, cómplice de sus más claras ideas de negocios, vigía y auditora de los planes que poco a poco pasaron de la vieja casa de la calle 34, para contagiar de periodismo decenas de regiones en Colombia.
Imborrable, inolvidable, triste 15 de enero...
















