En Santander habitan al menos tres especies de gallinazos que cumplen funciones esenciales en el equilibrio ambiental. En el territorio ha crecido una relación poco común con esta ave: la de “Chulomán”, cuyo caso de cuidado y preservación es único en todo el país.

Publicado por: Felipe Jaimes
Por los cielos de la ‘Ciudad Bonita’, en medio de las nubes, se dibuja una figura que muchos reconocen, pero pocos miran con atención: un manchón negro en forma de V que gira lentamente sobre techos, carreteras y espacios abiertos. Ese trazo en el aire —repetido, constante— corresponde al gallinazo, también conocido como chulo, zopilote o buitre americano, una de las aves más presentes en la vida cotidiana.
Su vuelo parece habitual, casi automático. Aun así, pasa desapercibido. En otros casos, genera molestia. No por lo que hace, sino por lo que representa: la cercanía con la carroña, con lo que se descompone, con aquello que se prefiere evitar.
Ese juicio se queda corto para la inmensidad de esta ave que sólo habita en el continente americano. El zopilote negro (Coragyps atratus), llamado en distintos territorios como gallinazo o chulo, es una de las especies más comunes de Colombia y ocupa buena parte del territorio nacional, desde el nivel del mar hasta cerca de los 2.700 metros de altitud. En Santander, además, convive con otras especies como el gallinazo de cabeza roja (Cathartes aura) —conocido también como aura o zamuro— y el de cabeza amarilla (Cathartes burrovianus), lo que permite observar distintas variaciones de estas aves carroñeras en un mismo entorno.
“Cuando hablamos de chulos, muchas veces nos referimos a varias especies. En Bucaramanga y en Santander podemos encontrar al menos tres tipos distintos, pero todos cumplen la misma función”, explica Kevin Mauricio Cárdenas León, biólogo y docente universitario. Esa función es concreta: eliminar materia en descomposición, reducir focos de infección y evitar que los residuos orgánicos se conviertan en un problema sanitario. “Yo nunca los he visto como una plaga. Yo los he visto como una especie que nos ayuda. Si ellos no estuvieran, la descomposición duraría mucho más y el impacto sería mayor”, agrega.
El contraste aparece al mirar hacia lo simbólico. El cóndor de los Andes, ave nacional, también es carroñero. No caza. Cumple, en esencia, la misma función que el gallinazo. No obstante, su lejanía lo convierte en emblema. Habita alturas inaccesibles, se observa poco, se idealiza. El zopilote, en cambio, convive con la ciudad, con los residuos, con lo inmediato. Esa cercanía ha sido suficiente para relegarlo. La diferencia no está en lo que hacen, sino en el lugar que ocupan frente a la mirada humana.
Su comportamiento, lejos de ser errático, responde a una lógica precisa. Aprovecha las corrientes de aire caliente para elevarse sin esfuerzo y recorrer grandes distancias. No fuerza el vuelo: se sostiene en el aire. Hay en ese movimiento una forma de libertad que no se aprende ni se persigue, simplemente se ejerce. Mientras otras narrativas como Juan Salvador Gaviota convierten la libertad en una búsqueda, el gallinazo la habita sin discursos complejos.
Algunas especies de estos buitres americanos son capaces de detectar gases de descomposición a varios kilómetros, anticipando la ubicación de alimento antes que otros animales. Además, su sistema digestivo neutraliza bacterias que resultarían peligrosas para otras especies, lo que lo convierte en una barrera natural frente a enfermedades.

Seguir al gallinazo para leer la ciudad
En Lima, Perú, esa capacidad fue llevada a otro nivel. El programa “Gallinazo Avisa” equipó a 10 gallinazos con dispositivos GPS para rastrear sus recorridos sobre la ciudad. No se trataba solo de observarlos: cualquier persona podía acceder en tiempo real, a través de internet, a la ubicación de las aves y seguir sus trayectorias.
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El objetivo era claro: identificar puntos de acumulación de basura que no estaban siendo detectados por los sistemas tradicionales. A partir de sus desplazamientos, se logró ubicar focos críticos de residuos donde las aves descendían con mayor frecuencia. Allí donde bajaban, había un problema que la ciudad no estaba viendo.
El ejercicio dejó una lectura directa: no fue necesario modificar el comportamiento del animal, sino aprender a interpretarlo. El gallinazo terminó funcionando como un sensor vivo del territorio.
Entre el rechazo y la creencia
El rechazo hacia estas aves no es solo una percepción. En Antioquia, por ejemplo, se reportaron 154 casos de gallinazos heridos o maltratados durante 2024, una señal de la presión que enfrenta esta especie debido a la intolerancia humana.
En el departamento de Santander no existe un registro oficial que permita dimensionar esta problemática. No obstante, en recintos comerciales cercanos al centro de Bucaramanga se ha identificado la comercialización, en una especie de mercado negro, de crías asociadas a supuestos usos medicinales que no cuentan con respaldo científico. El mito, el prejuicio y el desconocimiento terminan afectando a una especie viva.

El guardián de los chulos en Floridablanca
En Floridablanca, para responder a las malas prácticas de los humanos, alguien decidió ponerse el traje —y no precisamente de superhéroe— para trabajar por los chulos. Ese alguien es Marco Pirulais.
Marco, conocido como “Chulomán”, lleva cinco años alimentando gallinazos diariamente. Su recorrido inicia en la plaza de La Cumbre y en “la plazita”, donde recoge cerca de 75 kilogramos de desperdicios que luego transporta en su moto hacia distintas zonas verdes. Allí, cientos de aves lo esperan. Lo reconocen. Se acercan sin miedo.
“Ellos me acicalan de una manera que no me hacen daño… es como cuando un perrito se acerca. Yo entiendo ese gesto como una forma de decirme gracias por lo que hago. Un chulo sí puede acicalar a una persona, conmigo lo han hecho”, cuenta Marco, cuyo nombre es de combate debido a las incomodidades que su labor ha generado, lo que le impide dar a conocer públicamente su nombre de pila.
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Su vínculo no se limita a esta especie. Lleva más de 15 años trabajando con animales como zarigüeyas, tortugas y zorros. Sin embargo, en los gallinazos encontró una relación particular, construida desde la constancia, porque cada día recorre el barrio La Cumbre con el fin de darles los ‘sagrados alimentos’ a la hora del almuerzo.
Para este guardián el rechazo hacia estas aves tiene una raíz clara: “Lo que no conocemos tendemos a hacer dos cosas: destruirlo o rechazarlo. Pero cuando uno aprende a mirar, se da cuenta de que el que representa una amenaza no es el animal, sino uno”.
En medio de la riqueza de aves que habitan el territorio santandereano—muchas de ellas reconocidas por sus colores intensos y su belleza evidente— también hay un valor en lo cotidiano. En las distintas especies de gallinazos, discretas y constantes, se sostiene una parte silenciosa del equilibrio ambiental.
El gallinazo —el zopilote, el buitre, el zamuro— no responde a la idea tradicional de belleza. Sin embargo, su capacidad para ser adaptable, resistente y de vuelo libre, lo convierte en ‘una chulada’ de ave que habita en Santander.















