domingo 30 de agosto de 2020 - 12:00 AM

Un asesinato disfrazado de exorcismo en Santander

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Cuando Rosa García escuchó a su hermana Leidy Tatiana gritar a las tres de la mañana, confirmó con dolor sus sospechas. Siga este domingo, a las 10:00 a.m. por Vanguardia.com y sus plataformas un capítulo más de ‘Expedientes de Prensa’.

Atravesó la penumbra de la pequeña casa de tres habitaciones hasta el cuarto principal con desasosiego. Con ojos derrotados observó a una mujer cada vez más distinta. Ella no era ni sombra de lo que alguna vez fue. En ese instante un escalofrío de incertidumbre la abrazó. Mal presagio de lo que ocurriría tres días después. Aquella madrugada turbia se agitó más con el reclamo, entre balbuceos, de Leidy Tatiana, quien se retorcía en el piso de cemento de esta vivienda, ubicada en la zona rural de El Playón.

- ¡La inyección! ¡La inyección!, ¡Aplíqueme la inyección!

- ¿Qué le pasa mami?, preguntó Rosa.

Leydi Tatiana estaba postrada en el piso. Se movía de un lado para otro. En los últimos 20 días su salud empeoró hasta el punto que no podía ni acudir al baño sola. Alguien dirá con algo de certeza que su vida se tiñó de gris 12 años atrás de esa madrugada. Fue el día en que dejó Bucaramanga, enamorada, para vivir con Javier Toloza Barrera en la vereda Mirabel de El Playón. Ahora, con 30 años, parecía que se marchitaba como una de esas plantas que se mueren poco a poco de sed. Con dificultad para hablar, Leidy Tatiana alcanzó a decir:

No me quiero morir...

Rosa y Javier Toloza Barrera la volvieron a subir a la cama. La acomodaron y la cubrieron con una cobija en un esfuerzo estéril para tranquilizarla. El hombre buscó una jeringa y tomó una sustancia que parecía transparente. Se preparaba para inyectársela a Leidy Tatiana.

- ¿Qué es eso?, preguntó Rosa con una evidente desconfianza colgándole del rostro. Los dos, si bien estaban unidos por Leidy Tatiana, los separaba en ese pequeño cuarto una gruesa línea negra invisible mezcla de temor y odio profundo.

- Diclofenaco, respondió.

- ¿Y usted sabe inyectar?

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Le preguntó en un tono fuerte, recordándole su trabajo solo en las labores del campo y vacuna de ganado.

- Sí, respondió el hombre, dedicado 34 años de vida a la agricultura.

Rosa recuerda que intentó ver la ampolla, para verificar si se trataba efectivamente del medicamento antiinflamatorio, utilizado para reducir el dolor. Con la vista buscó si realmente había una fórmula médica, que indicara qué tanta de esa sustancia se debía aplicar a su hermana. No pudo. El hombre hábilmente se lo impidió. También se percató de que su hermana tenía una ampolla en la boca, por lo que le recomendó a Javier que pidiera medicinas para sanar esas lesiones. Horas después Javier quemaría el papel donde hizo el pedido de esa droga. Para Rosa fue extraño. Muy extraño.

- ¿Usted por qué quemó la hoja?

- Es mejor así, la mugre se va quemando acá...

Se fueron a vivir

Leidy Tatiana García y Javier Toloza Barrera se conocieron en un paseo en la vereda Mirabel, el 6 de enero de 2006. Nelly García, otra hermana de Leidy Tatiana, recuerda que el hombre “le pintó pajaritos en el aire y le dijo que se fueran a vivir juntos...”. Así ocurrió. Ese mismo año ella quedó embarazada de una niña. Para entonces Javier empezaba a demostrar, sin restricción alguna, lo violento, celoso y posesivo que era. Los días lúgubres hasta ahora comenzaban para la mujer, a quien el aliento ácido de la violencia le empezó hablar con regularidad.

Meses después, Rosalba Martínez, mamá de Leidy Tatiana, llegó hasta la vereda preocupada por los abusos del sujeto. Tras una larga charla, convenció a su hija de regresar a Bucaramanga. Como a las seis de la tarde, aprovechando que Javier no estaba en la casa, salieron. Mientras conseguían un transporte hasta El Playón, se escondieron en una casa vecina, retirada de la parcela de Javier.

Cuando el hombre se percató de la ausencia de su compañera sentimental y su hija, entró en cólera. Los vecinos recuerdan que hizo disparos al aire y la preguntó por todos lados. En la tienda del caserío alguien le señaló el lugar donde estaban escondidas las dos mujeres. Pasadas las ocho de la noche las encontró. Rosalba Martínez tenía a su nieta en los brazos. Tan pronto la vio, Javier sacó el revólver. Le apuntó a la cabeza y le gritó:

- Vieja hijueputa, entrégueme a la niña.

No hubo más remedio. La niña fue entregada a la mamá de Javier, que esa noche lo acompañó y que vive en la misma vereda. Javier entonces apuntó el arma contra Leidy Tatiana. La amenazó. La sentencia fue clara, la mataría si lo dejaba nuevamente o intentaba llevarse otra vez a su hija. Desde entonces, la pesadilla de violencia física y sicológica que soportó Leidy Tatiana creció. Las amenazas calaron tan hondo, que muchas veces le aconsejaron que denunciara a Javier, pero ella temía por su hija y por su seguridad. Tenía razón.

Javier Toloza Barrera se tornó tan violento en su relación, según testigos, que no permitía que Leidy Tatiana bajara al pueblo sola, si, por ejemplo, su hija se enfermaba. Esas labores la realizaba la mamá del hombre. Llegó al punto de prohibirle a esta mujer comunicarse con su familia en Bucaramanga. El contacto con su mamá y hermanas fue por terceros. Razones iban y venían. Incluso le destruyó alguna vez el teléfono celular. En otra ocasión, en medio de una discusión, Javier le lanzó una piedra y le causó una herida abierta a Leidy Tatiana en la ceja. A golpes comprendió que no podía contradecir a Javier, menos cuando estaba bajo los efectos del licor. Nelly García fue contundente al asegurar:

- Mi hermana se convirtió en una esclava de este sujeto...

Ocurrió en un bazar

Rosa, quien trabaja en Bucaramanga, intentaba visitar con frecuencia a Leidy Tatiana. En cada visita la historia se repetía. Le confesaba a su hermana que estaba aburrida de los malos tratos, los insultos y los golpes de Javier. Le relataba que el sujeto siempre cargaba un revólver. Ella vivía atormentaba bajo la amenazaba de que él iba a matarla. Incluso le confesó que sentía que Javier ya no la amaba.

- Él me ve más bien como mi dueño, le dijo a su hermana Rosa.

En tres ocasiones, recuerda Rosa, Leidy logró salir de la vereda y llegar a Bucaramanga, huyendo de los malos tratos. En esas tres ocasiones Javier Toloza Barrera siempre llegó al barrio San Martín. Allí la encontraba. Le juraba que las agresiones cambiarían. Que ahora sería todo distinto. Le prometía amor, y ella, inocente, asegura su hermana, le creía a Javier. Luego, se despedía de sus hermanos y volvía a esa vereda de El Playón.

El 18 de junio de 2017, cinco semanas antes de la muerte de Leidy Tatiana, en la vereda Mirabel de El Playón se organizó un bazar. En esa reunión ella decidió bailar con un muchacho. Cuando Javier Toloza Barrera se percató, inmediatamente los separó. Se tornó violento. La empujó. Preso de la ira, la golpeó en la cabeza. Todos en el lugar presenciaron la agresión. Producto del golpe, ella perdió la conciencia. Cuando despertó, dijo que no podía ver con claridad. Desde entonces manifestó que su capacidad de visión disminuyó. Días después registró fuertes dolores de cabeza y adormecimiento de la mano derecha, al punto que tuvo que ir cuatro veces por urgencias al hospital de El Playón. Desde ese momento, según su familia, su salud se deterioró hasta que necesitó una silla de ruedas para movilizarse.

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Javier Toloza Barrera trasladó a Leidy Tatiana a Bucaramanga a principios de julio. Si bien este sujeto aseguró que la llevaría al médico, insistía en que ella estaba “poseída por un demonio”. Afirmaba que un hechizo destruía su salud. Decidió buscar, según testimonios, a sacerdotes, pastores y hasta brujos en busca de un exorcismo. La familia de Leidy Tatiana no creyó en tal versión, pero Javier no permitía que ella acudiera donde un especialista.

El día anterior al asesinato, el 24 de julio de 2017, Javier Toloza Barrera estuvo en el barrio La Concordia de Bucaramanga. Testigos afirmaron que durante dos horas se encerró con un pastor de una iglesia del sector, donde realizaron una supuesta ceremonia de liberación. En la tarde se devolvieron para El Playón. Familiares de Leidy Tatiana intentaron convencerlo que la dejara en la ciudad, o que permitiera que uno de ellos estuviera en la vereda con ellos. Él no aceptó. Este supuesto pastor habría ordenado hacer una ceremonia en la casa de Javier, por eso al día siguiente viajarían a la vereda a realizar la ceremonia.

A las diez de la noche llegaron a la vereda de El Playón. Leidy Tatiana no hablaba. “Estaba totalmente convaleciente. No podía estar de pie”, recordó un testigo. Esa noche, Javier buscó con insistencia un ‘canguro’ de color verde, donde afirmaba guardaba su revólver. Arma que la mamá del mismo sujeto había escondido en su casa horas antes, como forma de prevención, según se conocería después. Cuando le preguntaron a Javier esa noche para qué necesitaba el revólver, aseguró sin temor:

- Si toca matar el demonio, toca matarlo...

Dos horas de tortura

La mañana en que Leidy Tatiana murió, Javier Toloza Barrera llevó a su hija al colegio. Regresó antes de las ocho de la mañana. Un testigo aseguró a la Fiscalía que esa mañana visitó a la mujer en el cuarto. “Cuando entré estaba despierta. Le pregunté varias cosas, pero ella no hablaba. Le mojé tantico los labios del suero que le daban y salí...”.

Cuando Javier Toloza Barrera llegó ingresó a la habitación. Tenía unas bolsas de plástico en las manos. Se agachó y sacó unos limones que estaban debajo de la cama, junto a unos platos con sal. Nadie los podía tocar. Esos limones y esa sal debían estar por nueve días junto a la cama. Además, retiró unos algodones que estaban en las cuatro esquinas de la cama. No se conocería de qué estaban impregnados. A los pocos minutos vieron a Javier darle cinco vueltas a la casa con una taza de limones. De allí fue a buscar un pisco para el almuerzo de los pastores, quienes los visitarían ese día para continuar con la supuesta sanación de Leidy Tatiana, que seguía con una mansedumbre de lástima en la cama.

El Observatorio Ciudadano del Feminicidio ha registrado en Santander 115 asesinatos contra mujeres, desde el 1 de enero de 2017 hasta la fecha. De estos, por lo menos 75 casos corresponden a feminicidios.

Javier llevó a Leidy Tatiana al baño. Aseguró que debía asearla para la visita que llegaría. Se encerró con ella en el lugar, y no permitió que nadie ingresara. Allí comenzó la tortura para esta mujer.

- Sal demonio, deja a Leidy, déjala en paz en nombre de Cristo...

Los gritos de Leidy Tatiana llegaron como un soplo de mal pensamiento para quienes estaban en la vereda. Ahora sí, una sombra siniestra se acomodaba en forma de súplicas de una mujer en este caserío. Cuando se acercaron al baño se escuchaban sonidos de golpes. Como cuando se impacta un cuerpo con violencia.

- Leidy luche, luche, no me deje a mí...

La mamá de Javier, María Helena Barrera, y otras personas se acercaron a la puerta del baño atraídos por los gritos.

- ¿Está bien ‘mijo’? ¿Qué está pasando? ¿Por qué los gritos?, preguntó la mujer.

- Sí. Le estoy haciendo una oración. Respondió.

Las mujeres se retiraron. En el baño se escuchaba que la regadera estaba abierta. La mamá de Javier y otra mujer dirían después que se fueron a hacer oración a otra casa. Los gemidos de Leidy Tatiana no paraban.

- ¡Sal, porquería! ¡Sal, porquería!

De pronto, todo quedó en silencio. Pasadas las diez de la mañana, Javier Toloza Barrera abrió, por fin, la puerta del baño. Todo el cuarto estaba en charcos de agua y sangre. Salió temblando. Todo mojado.

- ¿Qué pasó? Le preguntaron.

- Tengo frío, respondió Javier.

Salió de la casa. Tomó una silla de plástico y se sentó en medio de la carretera.

- Le saqué el demonio. Leidy fue muy débil. Los demonios la destrozaron. Mi papito Dios está conmigo. Me protegió, pero ella no aguantó...

Los asistentes ingresaron a la casa. Hicieron con la vista el inventario de la tragedia. Leidy estaba en la cama con la cabeza y los pies descolgados. En el rostro tenía dos heridas abiertas. Estaba llena de sangre y moretones en el cuello y en el tórax.

“La toqué y no tenía pulso. Estaba muerta. Le cerré los ojos”. Este testimonio corresponde a un hombre que ingresó a la habitación y le contó a la Fiscalía que la familia de Javier Toloza Barrera decidió limpiar el cadáver de Leidy, cambiarlo de ropa y luego bajarlo al hospital de El Playón. Cuando iban en la camioneta, aseguró, Javier le dijo que le ayudara con una coartada para justificar las heridas que tenía la mujer.

“Javier me dijo: usted no me va a dejar solo, usted es mi salvación. Usted es mi amigo, ¿cierto? Yo le seguí la cuerda en ese momento. Él me dijo que debíamos decir que Leidy se golpeó sola en el baño...”.

Leidy Tatiana García Martínez llegó sin signos vitales al hospital de El Playón. A pesar de que su compañero sentimental pedía que la atendieran, llevaba más de una hora muerta. Un informe posterior del Medicina Legal concluyó que falleció por asfixia mecánica y múltiples lesiones. Su cuerpo registraba varias fracturas de costillas. Además de dos heridas abiertas en la cara. La autopsia determinó que “se encontraron restos de cocaína, lo que indica antecedentes de consumo”.

Tras un largo proceso penal, Javier Toloza Barrera aceptó los cargos por homicidio y llegó a un acuerdo con la Fiscalía. Fue condenado a 21 años de prisión, en decisión de primera instancia. Este fallo fue apelado por todas las partes y está a la espera de que se resuelva el recurso. La familia de Leidy Tatiana pide una mayor condena y que se le impute el delito de feminicidio, que no le fue imputado por la Fiscalía. Piden también que se indague por qué el cuerpo de la mujer tenía restos de cocaína.

- Esperamos la apelación. Pedimos justicia...

Respondió con dolor Rosa esta semana en su casa en el barrio San Martín. Respondió con el mismo escalofrío de incertidumbre que una madrugada la abrazó cuando vio a su hermana sufrir en el piso. Respondió como una mujer que vive en una región donde algunos hombres no saben conjugar el verbo amar, o lo hacen detrás del verbo matar, seguido de la advertencia:

- Si algún día me dejas...

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