jueves 16 de mayo de 2019 - 10:00 AM

El Lago: el parque que marcó la niñez de los santandereanos

Quizá la tarea más difícil de los bumangueses ha sido archivar en el recuerdo, en el álbum familiar o en el corazón, las fotos de aquella infancia en la que todo parecía mágico. En donde la ciudad era enorme y colorida, porque de niños, lo único que necesitábamos ver estaba debajo de la parte más alta de la ‘Rueda Chicago’.

No hay muchos registros fotográficos, datos históricos, ni documentos oficiales del día en que, sobre un lote que funcionaba como potrero y estaba rodeado de un lago, se construyó el Parque Recreacional El Lago.

Los únicos y más valiosos registros están en la expresión facial de quienes escuchan el nombre de aquel lugar. Allí, donde era válido imaginar otro mundo posible.

Ese lugar marcó los domingos en familia de bumangueses y santandereanos que esperaban con ansia a que llegara el fin de semana para viajar a la capital dulce del país, Floridablanca, al sector que hoy se conoce como Lagos II.

Finalizando la época de los 70 y entrando a los 80, Cañaveral era uno de los barrios más aislados de Bucaramanga. Había pocas casas rodeadas de fincas de arquitectura colonial, lo que hacía que los juegos se redujeran a las escondidas, ‘una mi mula’ o venados y cazadores en medio de los cañaduzales. Fue en ese momento en que este mágico lugar abrió sus puertas.

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Entrar costaba 1 peso, y disfrutar de las atracciones 20 centavos más. Era más que una feria ambulante o una ciudad de hierro, era el lugar que tenía los únicos juegos mecánicos de la ciudad. Ahora todos los centros comerciales tienen uno, quizá no tan mágico y económico, o al menos así lo perciben quienes tuvieron oportunidad de conocer el Parque El Lago.

El Lago: el parque que marcó la niñez de los santandereanos

Este parque albergó niños y sueños de todo tipo. Unos más aventureros que otros que encontraban la felicidad en el punto más alto de la ‘Rueda Chicago’. Y ni hablar de cuando, tiempo después, llegó la ‘Rueda Triple’, fue toda una novedad aterradora, pero llena de adrenalina. La experiencia más extrema que podía vivir un niño de esa época.

Y había quienes se le ‘median a todo’. “Una vez se hundió la canoa en la que íbamos. Justo en la mitad del lago”, recuerda con nostalgia Edisson Fontecha, quien siguió visitando fielmente el parque luego de sentir que su mundo se detuvo al tiempo que la canoa. Y por supuesto, pedaleó hasta con el agua en los zapatos.

Fue el plan ideal que durante casi tres décadas acompañó los cumpleaños, celebraciones y momentos especiales de las familias santandereanas. Para algunos, incluso, era el premio por obtener calificaciones altas en el colegio.

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“Era genial, porque fueron los primeros juegos mecánicos que conocí. Si no se iba a piscina esa era la otra opción. Me encantaba porque vendían algodón de azúcar, tenía que disfrutar cada segundo allá porque no se podía ir tan seguido”, comenta Cristian Duarte, con su alma de niño de 8 años, esa que se quedó en las pistas de los carros chocones donde corría a mil.

Eran hectáreas enteras de prado fresco que, además, representó ofertas de empleo para la región, por ejemplo, a los vendedores de algodón de azúcar, a quienes operaban las marionetas o las atracciones mecánicas como el memorable pulpo.

Los adultos fueron los eternos cómplices de aquellas almas juguetonas que visitaban el ‘Parque del Nunca Jamás’. Fueron incluso los protagonistas de historias que perduran en el tiempo, “allí se conocieron mis papás. Trabajando”: Enmanuel Duarte Cáceres.

Con una inversión de 45 millones, este parque recreacional se convirtió en emblema para Santander. Lo que parecía solo un proyecto del municipio, logró quedar grabado en la memoria de los bumangueses, como Andrés Alvarado, quien luego de más de 30 años lo recuerda con memoria prodigiosa.

“Ir allá era tan emocionante como ir a Disney. Era una cita mágica que ocurría generalmente los domingos. Mi mejor recuerdo es cuando nos montábamos en el tren, era un viaje que parecía interminable y llegábamos finalmente al mágico túnel. A la rueda Triple nunca me monté porque me daba pánico, pero disfruté ese parque”.

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También hay quienes relatan con frustración un sueño que ya no podrán cumplir, “recuerdo cuando mis papás compraban bofe seco, pero también recuerdo que nunca me dejaron montar a los carros chocones”, cuenta Hernán Pedraza mientras revisa su álbum familiar.

Y, por ejemplo, Andrea Delgado, 14 años después, desearía repetir la experiencia. “Íbamos desde mi casa hasta el parque a pie. No quería que lo quitaran, pero bueno, no estaba en mis manos”.

Entre el 2006 y 2007, sin previo aviso del cierre, este emblemático parque se acabó. Y con él, la infancia soñada de muchos santandereanos.

Hoy reposan quizá una, dos o hasta tres fotos en el álbum familiar o las redes sociales de los bumangueses que hace unos años solo soñaban con pasar el día entero sumergidos en el parque, y a los que solo les queda recordar con nostalgia, desde su escritorio de trabajo, aquella época inmarcesible.

El Lago: el parque que marcó la niñez de los santandereanos

Del parque no queda nada: la Lotería de Santander donó en octubre de 2010 sus atracciones a la Alcaldía de Socorro, allí reposan en un lugar abandonado. Y en lote se construyó una obra de 25 mil millones de pesos, el Parque Acualago, que se inauguró el 29 de noviembre de 2014.

Sin lugar a dudas hay muchos lugares de diversión, a la altura de la modernidad de la capital, pero hay quienes siempre extrañarán el paseo en el tren, el recorrido perfecto de los patos por el lago y el punto alto de la ‘Rueda Chicago’, que, ante los ojos de un niño, mostraba una panorámica de la ciudad.

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