Las familias que encuentran refugio en la Posada del Peregrino recibieron la visita de estudiantes de la Udes. Los jóvenes solidarios transformaron el día en un espacio de esparcimiento, alegría compartida y bienestar.

En la Posada del Peregrino, la mañana comenzó entre risas infantiles y una dulce expectativa. Cerca de treinta menores aguardaban algo que no sabían nombrar, pero que pronto se transformó en juegos, canciones y un estallido de colores. No era una clase tradicional; era una invitación a celebrar la magia de la niñez.

Hasta allí llegaron varios estudiantes de Instrumentación Quirúrgica de la Universidad de Santander, Udes, quienes llenaron el espacio de alegría a través de un lenguaje cercano y comprensible: cuentos, dinámicas participativas y pequeños retos que enseñaban, de manera lúdica, que la infancia también es un tiempo para aprender, compartir y ser feliz.
Entre palmas extendidas y risas contagiosas, fue tomando forma un mensaje sencillo pero profundo para los niños: la vida es bella y merece vivirse con esperanza y alegría.


De manera paralela, las actividades artísticas abrieron un espacio diferente, más emocional y menos técnico, donde se habló de respeto, convivencia y del reconocimiento del otro sin condiciones. Allí, la creatividad se convirtió en un puente para la empatía, el encuentro y la construcción de vínculos.
Para los estudiantes, la jornada representó mucho más que una actividad académica. Fue la oportunidad de salir del aula y encontrarse con un escenario mucho más amplio y desafiante: la vida misma, en sus expresiones más frágiles, urgentes y profundamente humanas. (Le puede interesar: Jóvenes de la Udes transforman vidas en Bucaramanga)
La experiencia se convirtió en una valiosa extensión de su formación profesional de la Udes. No se trataba únicamente de compartir conocimientos, sino también de ofrecer una gota de cariño, servicio y amor genuino a quienes más lo necesitan.

Pero la jornada no terminó allí. Cuando la mañana avanzó hacia el mediodía, el escenario cambió. ¡En efecto! La Posada del Peregrino volvió a ser lo que es cada día: un refugio para quienes carecen de un techo seguro y encuentran en este lugar un plato de comida y un instante de dignidad compartida.

Los mismos estudiantes que poco antes acompañaban a los niños pasaron a servir almuerzos a habitantes de calle y personas en condición de vulnerabilidad.
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En ese tránsito entre la educación y el servicio, entre la teoría y la realidad cotidiana, se fue fortaleciendo algo que no siempre aparece en los planes de estudio: la empatía puesta en práctica.
Uno de los estudiantes lo resumió con una claridad sencilla y profunda: compartir con los niños y servir alimentos a quienes lo necesitan le permitió comprender que un gesto pequeño puede generar un impacto enorme. No era una frase aprendida, sino una convicción nacida del contacto directo con la realidad.
De igual forma, un estudiante de Fonoaudiología realizó tamizajes auditivos a los niños, aportando una mirada complementaria a este esfuerzo colectivo.

Desde la Fundación Posada del Peregrino también hubo palabras de reconocimiento. Su directiva destacó que estos encuentros permiten a los universitarios acercarse a realidades que muchas veces les son ajenas, pero que forman parte del tejido cotidiano de la comunidad.
La Posada del Peregrino continuó su ritmo habitual. Sin embargo, algo de aquella jornada permaneció en el ambiente: la certeza de que la formación profesional también se construye en espacios donde el servicio deja de ser teoría para transformarse en un abrazo cálido.
















