Las autoridades investigan si una fosa común hallada en zona rural de Calamar, Guaviare, contiene los cuerpos de ocho evangélicos desaparecidos desde abril de 2025.

Publicado por: Redacción Colombia
La noticia llegó sin ruido, como tantas otras en el sur del país. Un dato filtrado por los propios victimarios, una coordenada en medio de la selva y una sospecha: en algún punto remoto del municipio de Calamar, Guaviare, una fosa común podría contener los cuerpos de ocho personas evangélicas desaparecidas hace más de dos meses. La información fue entregada al Comité Internacional de la Cruz Roja (Circ) por las disidencias de las Farc al mando de alias Calarcá, en medio de un proceso humanitario que hoy abre una herida profunda en la región.
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Desde abril de 2025, las familias de James Caicedo, Óscar García, Jesús y Carlos Valero, Maryuri Hernández, Mary Silva, Isaí Gómez y Nixon Peñaloza, todos miembros de iglesias evangélicas, han vivido una incertidumbre sin tregua. Desaparecieron tras acudir a una supuesta reunión comunitaria convocada por hombres armados en la vereda Pueblo Seco. Desde entonces, nadie volvió a verlos.
Hoy, las autoridades judiciales y Medicina Legal trabajan en la verificación de los cadáveres hallados, mientras sus seres queridos enfrentan el limbo más doloroso: el de no saber si llorar por la muerte o seguir buscando en vida.
Guaviare es una zona donde la selva no solo es paisaje, sino laberinto. Y en ese laberinto operan con impunidad al menos dos facciones de las disidencias de las Farc: el Bloque Jorge Suárez Briceño, liderado por Calarcá Córdoba, y el autodenominado Estado Mayor Central, bajo las órdenes de Iván Mordisco. Ambos grupos se disputan el control del territorio, las rutas del narcotráfico y la lealtad, forzada o comprada, de comunidades campesinas e indígenas.
La población civil, como siempre, queda atrapada. Según la Defensoría del Pueblo, en lo que va de 2025 más de 20.000 personas han vivido confinamientos por paros armados. Y la violencia tiene un patrón: no distingue credos, edades ni géneros. En Guaviare se reclutan menores de nueve años, se imponen toques de queda ilegales y se impide a las iglesias predicar o realizar actividades comunitarias.
Semana entrevistó a la hija de uno de los desaparecidos. “Nos enteramos por la prensa. Nadie del Gobierno, de la Fiscalía o Medicina Legal nos ha dicho nada. No sabemos si son ellos. Solo queremos respuestas, aunque duelan”, declaró con voz entrecortada. La misma fuente afirma que hay información de más de una fosa en la región, y que los responsables habrían ofrecido esos datos como parte de una estrategia para presionar negociaciones con el Gobierno.
La existencia de una fosa común no solo implica un crimen atroz. Revela un sistema de control criminal que elimina cuerpos, borra rastros y obliga al Estado a actuar con sigilo, mientras los responsables se blindan con armas y discursos políticos.
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Paz total, tensiones fragmentadas
Este hecho ocurre mientras el Gobierno de Gustavo Petro mantiene abierta, aunque con tensiones, la posibilidad de diálogos con ciertas facciones disidentes. Sin embargo, hechos como el asesinato de siete soldados por parte del bloque de Calarcá en abril de este año, han puesto en duda la viabilidad de estos acercamientos.
El Cicr, uno de los pocos actores con acceso a zonas dominadas por disidencias, ha insistido en el carácter humanitario de sus acciones. Pero los vacíos del Estado son abrumadores. Allí donde debería haber presencia institucional, solo hay ríos, trochas y silencio.
La Fiscalía General de la Nación aún no ha confirmado si los cuerpos hallados corresponden a los ocho evangélicos desaparecidos. Las labores de identificación están en curso. Si se comprueba que fueron ejecutados y enterrados por las disidencias, se trataría de una violación grave al Derecho Internacional Humanitario y un nuevo punto de presión sobre el proceso de paz total.
Pero más allá de los comunicados oficiales y las estadísticas, está el dolor de ocho familias que, en medio de la fe, el miedo y la incertidumbre, solo quieren saber dónde están sus seres queridos y por qué se los llevaron. Una respuesta simple, pero que en el Guaviare parece aún demasiado lejana.















