Durante décadas, la agricultura ha dependido de fertilizantes químicos para sostener la producción. Sin embargo, una nueva mirada científica está poniendo el foco en lo que ocurre bajo nuestros pies: la vida microbiana del suelo, un universo invisible que hoy se perfila como clave para el futuro de la productividad agrícola y la sostenibilidad.

Publicado por: Iliana Margarita Garnica Ruiz, 'El Campo en Tacones'
En un mundo donde la agricultura ha seguido durante décadas las tendencias de los fertilizantes químicos, una nueva corriente empieza a marcar un nuevo rumbo: la vida microbiana del suelo. La científica María Ángela Hungría, ganadora del Premio Mundial de Alimentación 2025, lo ha demostrado tras más de 40 años de investigación. La verdadera “revolución” no está en los insumos, sino en lo invisible.
Pero le pregunto a usted, a quien me lee, ¿qué tanto conoce realmente sobre los microorganismos que componen la vida de los suelos de nuestro Santander?
Bajo nuestros pies no hay simplemente tierra: hay un universo en tendencia. Millones de microorganismos, como un gran desfile invisible, marcan el ritmo de la vida. Algunos, como las algas y ciertas bacterias fotosintéticas presentes en la superficie del suelo, producen su propio alimento a partir de la luz del sol. Son los primeros constructores de la vida del suelo, pues generan las condiciones iniciales para que otros organismos puedan desarrollarse.
A partir de allí, otros microorganismos que no producen su propio alimento cumplen la función de descomponer la materia orgánica y transformar los nutrientes, haciéndolos disponibles para las plantas. La clave está en el carbono orgánico: a mayor materia orgánica, mayor abundancia de vida. Por eso, un suelo diverso, como en los sistemas agroforestales o policultivos, alberga una mayor riqueza de microorganismos.
En contraste, la compactación del suelo reduce el oxígeno en su interior, lo que puede causar la muerte de microorganismos. Un suelo compactado se vuelve duro, pierde porosidad y dificulta la vida. Por otra parte, los sistemas simplificados, como los monocultivos, limitan la diversidad al mantener una sola especie en el tiempo, rompiendo el equilibrio biológico del suelo. En ambos casos, el suelo pierde vida.
Dentro de este desfile invisible encontramos microorganismos con funciones específicas. Los celulolíticos, como Trichoderma, descomponen la celulosa presente en materiales de difícil degradación, como la madera, las hojas secas y los tallos, transformándolos en humus y mejorando la estructura del suelo.
Los amilolíticos, como las bacterias del género Bacillus, degradan almidones presentes en cultivos como el maíz, la yuca y la papa, convirtiéndolos en energía disponible.
Otros microorganismos son los proteolíticos, como Pseudomonas, Bacillus y Clostridium, que descomponen las proteínas presentes en la materia orgánica, liberando nitrógeno esencial para las plantas.
Publicidad
También encontramos microorganismos clave en la nutrición vegetal, como los solubilizadores de fósforo, entre ellos Bacillus megaterium, y los fijadores de nitrógeno, como Rhizobium y Azotobacter. Las micorrizas, una asociación simbiótica entre hongos y raíces, son las encargadas de extender una red viva en el suelo que mejora la absorción de agua y nutrientes.
Además, algunos microorganismos actúan como biorremediadores, como las bacterias del género Pseudomonas y Bacillus, ayudando a degradar contaminantes e inmovilizar metales pesados como el cadmio y el plomo, contribuyendo a recuperar el equilibrio y la salud del suelo. A su lado, plantas como el girasol y el pasto vetiver apoyan estos procesos al absorber y estabilizar contaminantes.
Bajo la superficie del suelo, donde a simple vista solo vemos tierra, ocurre un movimiento constante de vida. Millones de microorganismos trabajan silenciosamente para sostener los cultivos, transformar nutrientes y mantener el equilibrio natural que hace posible la agricultura.
Sin embargo, toda esta dinámica de vida no está libre de amenazas. El uso de antibióticos en la producción animal introduce sustancias que llegan al suelo a través de las heces y la orina, afectando directamente a los microorganismos y debilitando la fertilidad del suelo.
A esto se suma el uso de pesticidas, fungicidas, insecticidas y herbicidas, que reducen la diversidad biológica y rompen el equilibrio natural. También el uso de agua contaminada o residual, sin tratamiento adecuado, impacta el suelo agrícola y las fuentes hídricas.
Y se suman nuevas amenazas invisibles, como los microplásticos: pequeñas partículas cuyo impacto en la vida del suelo aún no alcanzamos a dimensionar.
Es importante comprender que en la naturaleza todo está conectado.
Publicidad
En los suelos de Santander, como en muchos territorios agrícolas del mundo, existe un universo invisible que define la salud de los cultivos. Se trata de millones de microorganismos que, aunque no se ven, cumplen funciones esenciales para la fertilidad y el equilibrio del suelo.
Cuidar la vida del suelo no es solo una práctica agrícola, y cuidar el agua no es solo una necesidad ambiental: es un acto de conciencia y respeto por la vida.
Finalmente, estimado lector agroecológico, lo invito a comprender y valorar lo que ocurre en ese suelo donde produce, donde trabaja y donde se conecta con la naturaleza, porque hay una verdad que hoy marca tendencia: los microorganismos están de moda y son la base de la vida.














