domingo 04 de enero de 2009 - 10:00 AM

'Me da miedo el sufrimiento de tantos secuestrados'

Con el periodismo en los tuétanos, este colombiano ha cruzado el mundo para cubrir once conflictos internacionales, cumpliendo una de las tareas más riesgosas y difíciles del periodismo: corresponsal de guerra.

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En Colombia, su trabajo no ha sido menos significativo. Desde hace quince años, Herbin Hoyos cumple la promesa que le hizo a uno de sus compañeros de cautiverio en un campamento de las Farc: servir de puente para llevar los mensajes de amor y fortaleza que envían esposas, madres, hijas, novias y diferentes familiares, a los seres queridos que enfrentan el horror del secuestro en las insalubres selvas colombianas. Lo ha hecho a través de su programa radial ‘Las Voces del Secuestro’, que se ha convertido en un espacio fundamental para quienes padecen este flagelo.

Herbin Hoyos ganó en 2008 el Premio Nacional de Paz, otorgado por varias entidades nacionales e internacionales y el Premio Simón Bolívar al Periodista del Año. Es fundador de una ONG por la que han pasado ya casi 600 jóvenes, muchos de los cuales hacen parte de unidades investigativas como investigadores especializados en derechos humanos. Su labor es tesonera y valiente, sus logros dignos de un aplauso de estadio.

En carne propia


Usted también estuvo secuestrado. ¿Cómo recuerda el momento? Me secuestraron en la época en que las Farc tenían como método llevarse a periodistas para devolverlos con mensajes a la opinión pública. Me secuestró directamente el Secretariado, por orden de ‘Alfonso Cano’ y la ejecución estuvo a cargo de alias Néstor, comandante del área de Cundinamarca y Bogotá. Estuve en la selva por Planadas, en Tolima. Se iba a realizar una cumbre guerrillera y ellos buscaban que yo regresara con un mensaje explicando la visión de la guerrilla sobre la aprobación del estatuto antiterrorista del presidente Gaviria.

¿Alcanzó a transmitir el mensaje? No porque el Ejército me rescató, en un combate, a los 17 días. No alcancé a asistir a la convención de la guerrilla, pero sí me encontré con alguien que me inspiró la idea del programa radial. Era don Nacianceno Murcia Correa, quien llevaba dos años en poder de las Farc y se encontraba encadenado, aterido y descalzo en el campamento al que me llevaron. Cuando le conté que era periodista y trabajaba en una emisora, me dijo con un dolor profundo y cierto aire de reto: 'ustedes los periodistas, ¿por qué no hacen nada por los secuestrados? Yo aquí siempre oigo radio. ¿Por qué no entrevistan a nuestras familias para informarnos sobre ellas y para que el país sepa lo que nos está pasando?'.

¿Cómo que el país no sabía? Se sabía de casos aislados, pero el país no tenía en la cabeza la cantidad tan grande de secuestrados que estaban sufriendo en la selva. La respuesta fue inmediata. En cuestión de días ya teníamos 200 secuestrados en la lista y fue creciendo, así como la duración del programa, que pasó de una hora a seis.

A usted le han hecho acusaciones de todo tipo, desde auxiliador de la guerrilla hasta gestionador de secuestros. A Jaime Garzón lo mataron por algo muy similar. ¿No le da miedo? Yo he enfrentado la muerte incontables veces y no es que no me dé miedo, sino que me da más miedo pensar en el sufrimiento de tantos colombianos encadenados, humillados, tratados como mercancía y, lo peor, pensar en el sufrimiento de las familias que saltan cada vez que timbra un teléfono creyendo que es alguna funesta noticia.

Comprobar que podemos llevar mensajes de esperanza, que haga a los secuestrados aferrarse a la vida porque los suyos no los olvidan, es más importante que cualquier temor. Hoy sabemos que más del 90% escucha radio en sus ‘cambuches’.
¿Cuántos casos ha tratado en estos 16 años y a cuántos les ha estrechado la mano? 16.000 y 11.000, respectivamente.

TAN cerca de la muerte

Usted ha sido corresponsal de guerra en numerosos conflictos internacionales. Ha estado, por ejemplo, en el Golfo, Bosnia, Chechenia, Sarajevo, Belgrado, Ruanda, Irak….

Todo eso es cierto, así como que fui torturado en Chechenia donde estaba cubriendo el conflicto. Ocurrió en Grosnia, donde el 24 de enero de 2000 fui tomado como rehén con un periodista alemán. Nos torturaron porque acabábamos de grabar declaraciones a Shamil Basayev, el segundo de Osama Ben Laden en ese país.

Recuerdo que Moscú ofrecía US$ 5 millones por su cabeza. Sí y yo venía con la grabación de Basayev, quien había mostrado en uno de sus campamentos cómo paramilitares rusos capturan a 60 de sus guerrilleros, los amarran de los pies, los cuelgan formando racimos humanos y les prenden fuego por debajo. Yo traía esas imágenes que eran no sólo una exclusiva, sino un escándalo mundial. Me perforaron el pulmón, me rompieron el esternón y usted puede ver las cicatrices de mi cara que fue reconstruida.

¿Cómo se salvaron? Ellos son wajabies, por lo tanto según el precepto ortodoxo del Islam, quienes han pecado contra Alá deben ser sometidos a purificación por medio de la tortura y el dolor para que sus almas se salven. Yo quedé inconsciente después de ver cómo le perforaban el colon a mi compañero con un fusil. Ellos creyeron que estábamos muertos y nos arrojaron a un depósito de cadáveres. A mí me favoreció que estuviéramos a 32 grados bajo cero, en pleno invierno en el Cáucaso, ya que la hipotermia de segundo grado frenó el proceso infeccioso. Como pude me arrastré hacia la carretera por donde pasaba un tanque del Ejército ruso que me auxilió. Destruyeron las cámaras y, obviamente incautaron y destruyeron el material.

¿Cómo puede usted soportar el conocimiento y manejo de tantas atrocidades? A veces las víctimas me meten en sus crisis porque por encima de todo soy un ser humano y no puedo permitirme perder la sensibilidad porque me volvería inhumano en el manejo de la información.

De los once conflictos cubiertos, ¿cuál ha sido el que lo ha marcado? Fue muy duro el de Angola y el de Ruanda, con el conflicto entre hutus y tutsis. Hay que tener una coraza para aproximarse a esos actos de violencia colectiva en los que el ser humano pierde su condición de tal.

Usted es sobreviviente de muchos conflictos, tiene más vidas que un gato… Yo he acabado 23 vidas. Llevo tres gatos y ya empecé el cuarto (risa). Pero soy un convencido de que uno se muere el día que le toca. La noche del 4 de septiembre de 1994, en Ruanda, llegamos a una pequeña población dominada por los tutsis que se estaban preparando porque acababan de ser retirados los Cascos Azules de las Naciones Unidas. Se preveía lo que iba a ocurrir porque era esta fuerza la que había mantenido la contención. Yo logré hablar con un comandante británico de Naciones Unidas que me dijo: estamos cansados de contener a estos negros para que no se maten con estos otros negros. Veamos si es de verdad que se van a matar para que al fin esta cosa pare. Me lo dijo con una tranquilidad espeluznante. Esa noche empezamos a escuchar gritos y alcanzamos a ver que eran las brigadas de hutus persiguiendo hordas de tutsis. Nos refugiamos en un hotel y nos salvamos de milagro. En la primera noche se contabilizaron 7.912 cadáveres.

Nadie se muere la víspera dice usted, ¿es religioso? Creo en Dios. He estado en siete religiones diferentes y después de estudiar periodismo hice una investigación en sociología de religiones y me dedique a estudiar varias. Estuve en el Tibet y fui consagrado. Después ingresé al islamismo, estudié en Afganistán en la misma madraza donde había estudiado Ben Laden. Estuve en el budismo, en el judaísmo y en el zoroastrismo, que es una religión ya casi extinguida que practican solamente unas 100.000 personas en el mundo. De todas, la que más me ha marcado es el Islam, tanto que me casé con una mujer musulmana de origen palestino. Mi hijo se llama Yusep Ali Hoyos Mohamed. ¡Imagínese eso! Tiene seis años, pero por mi trabajo esa relación no prosperó.

El rescate armado

Uno de los puntos de mayor controversia es el del rescate armado. ¿Qué experimentó cuando sintió llegar a los militares para liberarlo? Fue impresionante porque el Ejército disparó con una punto 50 desde un cerro y el guerrillero que iba a mi lado, con su mano puesta en mi espalda, cayó con el pecho estallado. Le pegaron desde unos 600 metros de distancia. Pude haber sido yo porque, además, iba con una chaqueta camuflada de la guerrilla que me habían puesto.

Entiendo que la confusión fue tremenda y el rescate se realizó en la noche. Sí, fue a las 2:30 de la madrugada. Imagínese, fuego cruzado, granadas, ametrallamiento desde distintos ángulos, estábamos rodeados. Los guerrilleros salieron en estampida y uno de ellos me dijo: ¡Grite diciendo que usted es el secuestrado, para que los distraiga y nos podamos escapar!. Lo hice porque mi vida estaba de por medio.

Pero, ¿los guerrilleros no tienen orden de matar si llega el Ejército? Estoy hablando de 1994. Recuerde que cuando se rompe la zona de distensión, Andrés Pastrana ordena rescatar a los secuestrados y al mismo tiempo el ‘Mono Jojoy’ imparte un instructivo subversivo que ordena a los comandantes asesinar a los secuestrados si tratan de rescatarlos. Pero en la época que le cuento, recuerdo mucho el afán de ‘Byron’, el guerrillero que iba conmigo, de protegerme y cuidarme para que no me pasara nada.

Entonces, ¿cuál es su opinión sobre ese tipo de rescates? Creo que siempre y cuando se garantice el cien por ciento del éxito, se puede ejecutar. La ‘Operación Jaque’ es una prueba de que sí se puede.

Pudo haber salido mal. Claro que sí, pero las operaciones militares no pueden ser fortuitas, llevan de por medio un diseño y una planificación. Se mide hasta el último de los movimientos; se predice la dirección hacia donde se dirigen con el secuestrado, entre otros. Es lo que yo llamo una planimetría perfecta. Si hay una falla es porque hubo mala planeación. En el caso del Gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria, no previeron que la guerrilla detectaría el ruido del helicóptero a gran distancia. Son errores de la mera táctica básica de las operaciones militares.

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