Para Puno Ardila, el caricaturista y pensador Luis Domingo Rincón, conocido como Domingó, fue más que un amigo: fue un maestro sin pretensiones y un compañero de ideas: “Aprender de él era inevitable, su generosidad y su manera de ver la vida eran únicas”.

Publicado por: Paola Esteban
En mayo de 1994, el destino cruzó los caminos de Puno Ardila y Luis Domingo Rincón, conocido como Domingó. Fue en Funprocep, dentro del equipo de Educación y Cultura, donde comenzó una amistad que trascendió las fronteras del trabajo y se convirtió en una conexión profunda marcada por la admiración mutua, las conversaciones interminables y un aprendizaje constante. Más de tres décadas después, Puno evoca con cariño la figura de su amigo, un hombre cuya generosidad y sabiduría dejaron una huella imborrable. Lea también: Domingó visto por su hijo Julián David: un hombre que “vivió como quiso” y dejó un legado eterno
“Domingó y yo compartíamos más que un espacio físico. Él tenía su mesa de dibujo, yo mi escritorio, y entre ambos surgían conversaciones que podían durar horas”, recuerda Puno. Para él, esos diálogos eran mucho más que charlas cotidianas: eran lecciones de vida. “Aprender de Domingó era inevitable. Tenía una forma de ver el mundo que te obligaba a cuestionarte, a pensar más allá de lo evidente y a encontrar matices donde otros solo veían simples líneas”.
Ese primer encuentro en Funprocep fue el punto de partida de una colaboración que se extendió a otros espacios culturales. Juntos trabajaron en proyectos para la Corporación Compromiso, la Universidad Industrial de Santander y muchas otras iniciativas que buscaban promover la educación y la cultura. “Siempre que tenía la oportunidad de involucrarlo en algún proyecto, lo hacía sin dudar. Sabía que su talento y su manera de trabajar no tenían comparación”.

Hablar de Domingó es hablar de un hombre que, como pocos, sabía transformar la complejidad en algo comprensible. Puno lo compara con grandes intelectuales como Stanislav Zuleta, no solo por su vasta cultura, sino por su decisión de abandonar la educación formal para seguir su propio camino de aprendizaje. “Domingó se formó a sí mismo, y lo hizo de una manera extraordinaria. Era un maestro en filosofía, literatura, sociología… Todo lo dominaba con una profundidad que asombraba”.
Pero lo más admirable, según Puno, era su humildad. “Nunca presumía de lo que sabía. No necesitaba demostrar nada, y aun así, cada conversación con él era un aprendizaje. Su compañía te hacía sentir acompañado y guiado, como si siempre estuviera dispuesto a ayudarte a entender el mundo un poco mejor”.
El artista e ilustrador santanderaeno, Domingó, falleció el pasado martes 3 de diciembre, en Bucaramanga.
La generosidad fue la esencia de Domingó
Si hay algo que definía a Domingó, era su capacidad de dar sin esperar nada a cambio. “Era increíblemente generoso. Con su tiempo, con su conocimiento, con su apoyo. Siempre tenía algo que ofrecer y siempre lo hacía desde el corazón”, dice Puno. Esta generosidad no solo se manifestaba en su trabajo, sino también en su relación con quienes lo rodeaban. “Leía mis columnas y siempre tenía un comentario valioso que hacer. Me decía que me admiraba, pero la verdad era que yo lo admiraba a él”.
Domingó vivía su vida con sencillez, caminando por todas partes en lugar de usar transporte público. “Le gustaba caminar. Era su manera de conectarse con la ciudad, de reflexionar y de mantener esa energía que parecía infinita. A pesar de fumar mucho, tenía una vitalidad que lo hacía único. Su sonrisa, su amabilidad y su disposición para ayudar eran un reflejo de cómo veía el mundo: como un lugar al que podía aportar siempre algo positivo”.
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Para Puno, la influencia de Domingó va mucho más allá de los proyectos que realizaron juntos. Su legado está en la forma en que impactó a quienes tuvieron la suerte de conocerlo. “Era un hombre único, alguien que transformaba todo lo que tocaba. Su sabiduría, su generosidad y su forma de ver la vida son una herencia que no podemos dejar caer en el olvido”.
Hoy, Puno recuerda a su amigo no solo como un maestro, sino como un compañero de vida cuya presencia sigue viva en cada reflexión, en cada palabra y en cada gesto. “Domingó fue un faro, una luz que nos guió a muchos, y aunque físicamente ya no esté, su esencia sigue iluminándonos. Su vida fue un regalo, y quienes lo conocimos llevamos ese regalo en el corazón”.













