Cultura
Jueves 12 de diciembre de 2024 - 10:47 AM

Lucila Paillié Ordóñez

Lucila Paillié Ordóñez, quien falleció el pasado sábado 7 de diciembre, fue una pianista, pionera en muchas disciplinas. Vivió una vida marcada por el arte y el compromiso con su tierra. Desde las melodías de su piano Steinway creó espacios para la música y el pensamiento en Bucaramanga.

Lucila Paillié Ordóñez en sus años más recientes, a la izquierda y jugando golf en el Club Campestre de Bucaramanga, 1958, a la derecha.  Foto suministrada/vANGUARDIA
Lucila Paillié Ordóñez en sus años más recientes, a la izquierda y jugando golf en el Club Campestre de Bucaramanga, 1958, a la derecha. Foto suministrada/vANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Los sonidos de la calle 35, en el corazón de Bucaramanga se adentran en la historia de una mujer que abrazó el teclado de un piano como si fueran ramas de un árbol genealógico. Lucila Paillié Ordóñez, nacida el 28 de abril de 1924 y quien falleció el pasado 7 de diciembre, habría de tejer una vida en la que la música, el viaje y la elegancia se fundirían en un solo latido, marcando el compás del tiempo de Bucaramanga y parte de Colombia. Lea también: “Picasso: un rebelde en París”: el documental del genio que redefinió el arte del siglo XX

Las primeras escenas de su infancia transcurren entre la Casa de Bolívar y la casa de la calle 35 con carrera 22, que fue su casa paterna, hoy Hotel Asturias, gracias a transformaciones arquitectónicas que señalan el pulso cambiante de la ciudad. Pero Lucila, única hija de Enrique Paillié y Lola Ordoñez en medio de los hermanos Víctor Francisco, Enrique, Humberto y Juan Francisco, no se dejó intimidar por la energía masculina que la rodeaba. Cuando apenas tenía seis años, surgió su deseo de aprender piano. Su tío Víctor importó un piano desde Francia; aquel regalo un Steinway al que dedicaría su devoción, fue el inicio de un diálogo íntimo con el mundo de la música.

Mientras otras niñas jugaban en los patios o perseguían mariposas en la brisa santandereana, Lucila pasaba los dedos por el teclado ante la guía de doña Rosa Julia Peralta de Carvajal y doña Matilde Jiménez de Sorzano. Al salir del Femenino Fröebl, colegio bilingüe de Mercedes de Phillips -lugar que rememoraría con ternura-, había partituras esperando su atención y el murmullo de un pasado remoto, traído por su abuelo Víctor Adrián Paillié, inmigrante francés que en 1871 estableció su fortuna en la calle Real. De él y sus antepasados europeos heredó no solo el refinamiento, sino también ese gusto por los viajes y la cultura que terminaron por definir su existencia.

Con sus padres y hermanos en la celebración de los 25 años de casados en su casa en el año de 1943. Foto suministrada/VANGUARDIA
Con sus padres y hermanos en la celebración de los 25 años de casados en su casa en el año de 1943. Foto suministrada/VANGUARDIA

De su matrimonio con Ernesto Azuero Soto en 1945 nacieron sus hijos Rodolfo, Gilda, Ernesto y Sonia con los que construyó una vida familiar nutrida de tradición. Sin embargo, Lucila no se contentó con las rutinas domésticas, entre sus recuerdos relumbra el Club Hípico Río de Oro, cerca del actual barrio Provenza, donde practicó equitación con la misma soltura con que sus manos dominaban el teclado.

Europa, aquel escenario que primero fue solo un eco de sus raíces, se convirtió en destino asiduo. Los viajes reforzaron su pasión por la música: obtuvo una licenciatura en Música, perfeccionó su técnica al lado de maestras como Elfriede de Mamitza, de quien aprendió no sólo la armonía de las partituras, sino la disciplina que exige el arte. De la mano de insignes músicos como Jaime Guillén y Harold Martina, descubrió matices insospechados y elevó su piano a alturas insólitas.

Sus presentaciones como solista en el Teatro Luis A. Calvo fueron cantos íntimos al pasado y ofrendas al futuro. Su afán cultural la llevó a idear junto a la Cámara de Comercio de Bucaramanga y una élite de melómanos, un programa donde desfilaban grandes concertistas del mundo. Entre 1976 y 1978, esa idea fue como un preludio del Festival de Piano de la UIS, en cuyo jurado y participó con orgullo.

En el Club Hípico Río de Oro, 1953. Foto suministrada/VANGUARDIA
En el Club Hípico Río de Oro, 1953. Foto suministrada/VANGUARDIA

Pero no solo la música era su reino. Su agilidad mental y su amor por los desafíos la convirtieron en una pionera del Bridge en la ciudad. A los 20 años inició una pasión que no se extinguiría ni con el paso de las décadas, al punto de llegar a jugar en línea a los 90 años, compitiendo con jugadores de Bridge de distintas latitudes. Este pasatiempo fue otra forma de ejercitar su ingenio.

En su casa con sus hijos y nietos. 2014. Foto suministrada/VANGUARDIA
En su casa con sus hijos y nietos. 2014. Foto suministrada/VANGUARDIA

Gustavo Sorzano, artista, músico y amigo cercano, le propuso inmortalizar sus boleros en grabaciones nocturnas, escapando del ruido diurno y dejando que la madrugada cubriera de silencio las calles. Así nacieron sus discos, una trilogía que no solo emocionaba a los oyentes, sino que mereció palabras elogiosas de críticos como Emilio Sanmiguel Arango y el abogado y periodista Eduardo Muñoz Serpa.

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Aquel Steinway, testigo de sonatas de Beethoven, piezas de Schubert y preludios de Debussy, fue también el cómplice de boleros que nunca habían oído un aplauso fuera del salón familiar. Con esas grabaciones, Lucila derribó las barreras entre lo clásico y lo popular, recordándonos que el arte es un puente que une continentes, siglos, sentimientos y recuerdos.

En el Salón de su casa . Año 2024. Foto suministrada/VANGUARDIA
En el Salón de su casa . Año 2024. Foto suministrada/VANGUARDIA

En 1997, el Club El Nogal en Bogotá la recibió con aplausos. Su propósito era apoyar las campañas cívicas y sociales de Prosantander, sumando melodías a una causa mayor. La buena música -dicen muchos- salva almas y construye lazos invisibles. Y así fue. Su amigo de infancia Carlos Ardila Lulle asistió, la élite empresarial celebró y María Isabel Pérez Sanmiguel directiva de Prosantander, la halagó por aquel evento que Lucila convirtió en poesía con sus manos.

El recuerdo de Lucila Paillié Ordóñez emerge de las teclas de su piano, del murmullo de las calles queridas, de la risa compartida en partidas de Bridge y el eco de las tierras de sus ancestros. Su vida fue una sinfonía de elegancia, cultura y osadía: ejemplo para mujeres de todos los tiempos.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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