Este gran autor santandereano, natural de Onzaga, rescata la identidad santandereana a través de la literatura popular y oral.

Desde el corazón de la provincia santandereana, Nelson Rafael Fonseca Ramírez escuchó desde niño la voz de la literatura. Entre coplas, cuentos y relatos labriegos nutrió una sensibilidad única que, con el paso de los años, se convirtió en una misión literaria inspirada en nuestra gente.
No es casualidad que, desde sus primeras letras, Fonseca Ramírez haya hecho de cada historia un homenaje a las tradiciones, al habla popular y a la memoria colectiva de Santander.

Autor de títulos entrañables como El fogón de las mentiras frescas, Los cuentos de Agapito y Las copas de mi pueblo, su pluma ha sabido mezclar el humor con la sabiduría popular.
En su obra Caperucita Violeta, por ejemplo, recrea con chispa y un lenguaje singular una versión renovada de un clásico infantil, llevándolo al paisaje andino y dándole una voz auténticamente regional.
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Cada libro suyo es un ‘tutifruti’ literario, donde caben el chiste, la leyenda, el canto y la nostalgia.

Su obra más reciente, La Canta Santandereana, es tal vez su tributo más directo a sus raíces culturales. En este libro, el autor recoge con respeto y orgullo las expresiones más sentidas de nuestra identidad: la canta guabinera, el moño y la copla.
En sus páginas no solo revive estas tradiciones, sino que las ensalza, mostrándolas como parte del alma del pueblo y como herencias que merecen ser protegidas y celebradas.
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La Canta Santandereana destaca además el papel del coplero, ese artesano de la palabra que, con ingenio y sentimiento, arma versos y fabrica coplas que cuentan la vida misma.
Fonseca Ramírez no se limita a describir esta figura: la encarna, la revive y le da nuevas razones para existir. Él entiende que el arte popular no solo entretiene, sino que también sana, une y recuerda. En sus textos, el coplero es poeta, cronista y profeta del campo.
Aunque sus estudios lo llevaron por el camino de la Economía en la Universidad Cooperativa de Colombia, y más tarde a profundizar en temas de salud pública y gestión ambiental en la UIS, Nelson Rafael nunca se alejó de su vocación literaria.
La academia le dio herramientas, pero su esencia permaneció en las palabras, en los cuentos contados al calor del café, en las coplas que surgen espontáneas como manantiales en la montaña.
Hoy, al rendirle homenaje en esta sección de las Cosas Buenas, celebramos más que a un escritor: reconocemos a un tejedor de memoria y a un custodio de las voces del campo, que reafirma su amor por Santander.















