Noviembre, ópera prima de Tomás Corredor, regresa a la Toma del Palacio de Justicia desde un pequeño baño: una mirada íntima a la guerra vivida por la sociedad civil, sin bandos ni verdades cerradas. Tras su estreno mundial el 6 de septiembre en el TIFF, llega a salas de Colombia el 2 de octubre de 2025.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
El 6 de noviembre de 1985, Colombia se detuvo frente a los televisores. La Toma del Palacio de Justicia dejó una cicatriz imborrable en la memoria colectiva. Tomás Corredor tenía tan solo nueve años. Décadas después, ese mismo trauma regresa a la gran pantalla con “Noviembre”, la primera película de Corredor, que tuvo su estreno mundial el 6 de septiembre en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) y que llegará a salas de cine en Colombia a partir del 2 de octubre de 2025.
Corredor no quiso filmar la historia en clave épica ni explicar el horror desde los balcones del poder. La suya es una película íntima, casi claustrofóbica, situada en un baño de veinte metros cuadrados: “Más que una anécdota puntual, es algo que nos atraviesa como país. Cuando la gente ve la película automáticamente recuerda qué estaba pasando ese día o de qué hablaban en su casa”, dice el director, que tenía apenas nueve años en 1985, frente al televisor, sin comprender del todo el absurdo de las imágenes, pero consciente de que aquel momento “marcó el inicio de mi trauma colectivo”.

“Noviembre” es, en palabras de su creador, una exploración del estado y la nación: “Creo que es un lugar desde el que podemos entender el Estado que nos rige, podemos entender la nación de la que somos parte, podemos entender mucho de lo que nos marca como país”. La película nació de una investigación que fue “delimitando ese pequeño espacio en el que se narran las cosas”. Al principio, la idea era recorrer cinco escenarios —el baño, la oficina de Reyes Echandía, la Casa del Florero, el Consejo de Ministros y la cafetería—, pero pronto comprendió que el baño lo contenía todo. “Representaba por sí solo un espacio desde el que podía saber todo lo que pasaba afuera, pero desde la humanidad de las personas, sin poner la cámara ni en víctimas ni en victimarios”.
Corredor busca el sentido de la guerra en lo cotidiano, en lo invisible. “Es estar en una película sobre lo que le pasa a la gente que vive la guerra, sobre lo que le pasa a las personas que resisten desde la sociedad civil”, cuenta. Y reconoce que reducir la historia a esos metros cuadrados permitió mostrar el desamparo, la irresponsabilidad del M-19, la brutalidad del Estado y la indiferencia de la sociedad civil, sin caer en el discurso maniqueo. “Logramos sostener una posición ética bien definida sin dejarnos dominar por pasiones políticas y sin explicar, sino abriendo un diálogo”.
El baño es, en sus palabras, “una pequeña Colombia contenida en un espacio de 20 metros cuadrados”, donde conviven diferencias geográficas, diversidad de género, roles jerarquizados, y hasta preguntas por el destino de los negros e indígenas en la estructura social y el conflicto. Esa contención, más que una limitación, es una apuesta ética y estética.

Memoria y ficción: la frontera emocional
La ficción, para Tomás Corredor, es un espacio de reconstrucción simbólica que permite resignificar el pasado sin imponer verdades. “La gente no entra en las verdades judiciales desde donde uno espera… La conexión emocional de la película desde la ficción respeta muchas cosas, pero también es muy libre”. Así lo conversó con Elena Urán, hija del magistrado auxiliar Carlos Horacio Urán, uno de los casos más dolorosos de la toma y parte de los personajes de la película: “Hablábamos de cómo ella se ha dado cuenta a través de su trabajo en otros países y en Colombia de que es la ficción y son los espacios simbólicos los que realmente conectan con la gente”.
La película no defiende un bando, ni toma partido. “Iluminamos la humanidad antes de los bandos, para ver lo que le pasa a la sociedad civil por ese diálogo sordo de los extremos”. El director insiste: “La película no pretende cerrar con una verdad explícita y decir, ‘Esto es así y estos son buenos, estos son malos’. Es una película que invita a ver las responsabilidades de quienes participaron en la toma, pero que nos deja unas preguntas para que entablemos un diálogo de memoria”.
Su apuesta es clara: “Como dice la Comisión de la Verdad, entendamos que esto no le pasa solo a quienes están en el gobierno, sino que le pasa a un país. Si uno no lo asume como propio, no hay cómo arreglar las cosas”.
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La construcción del elenco fue una de las mayores obsesiones del director. “Amo el cine con actores naturales, pero aquí el dispositivo narrativo exigía una destreza técnica, casi como de compañía de teatro. Necesitábamos generar emociones desde la repetición”. Por eso, con el director de casting Manolo Orjuela y la productora Diana Bustamante, convocaron a 296 personas durante ocho meses para lograr un ensamble diverso y potente. El resultado es un reparto coral que incluye a Natalia Reyes, Nelson Camayo, Marcela Mar, Julián Díaz, entre otros reconocidos actores y actrices del cine colombiano. “Buscábamos diferencias reales: que las fuerzas en conflicto se vieran y se sintieran distintas. Muchas variables entraron en juego: altura, presencia, energía… pero el resultado fue un grupo humano bellísimo”.
El rodaje, de cuatro semanas, fue precedido por seis semanas de ensayos intensos. El método, cuenta Corredor, fue tan riguroso como emotivo: “Improvisaban emociones y situaciones sin saber detalles del guion. Así fuimos encontrando sensibilidades increíbles”.
Tomás Corredor recuerda los gestos mínimos, los detalles que no estaban en el guion y que afloraron por la conexión del elenco: “Un magistrado sale del baño y alguien le entrega su saco. Una mujer, perdida en la confusión, recibe de vuelta su ropita. Esas cosas no estaban en el guion y surgieron porque el ensamble estaba tan unido”.
Cada mañana, antes de filmar, el equipo realizaba un ejercicio de memoria y respeto: “No hablábamos de la escena porque ya estaba ensayada. Hablábamos del espíritu, del respeto a las personas reales involucradas. Si un personaje iba a morir, hacíamos un homenaje, encendíamos una vela. Eso marcó el espíritu del rodaje”.

“Fue una película de mucho respeto por la memoria y por eso la película me conmueve tanto, porque nunca hicimos cosas pensando en este pedacito con este pedacito, sino que siempre hablábamos de la historia que estábamos honrando”.
¿Qué busca “Noviembre” en un público joven, criado entre referencias fugaces y fragmentos de TikTok? Tomás Corredor responde: “No creo que el cine deba transmitir mensajes cerrados. Eso es manipular un poco. Mi intención es poner a dialogar la memoria”. La suya es una película que invita a resignificar el pasado, a reconocer que “la memoria se la disputan muchos poderes desde lo simbólico”, pero que la sociedad civil tiene derecho a dialogar entre sí sobre sí misma.
“Ojalá la película convoque a que se hable del palacio, que salgan más películas, libros, documentales, performances. Porque la vida del cine en salas es corta y necesitamos conversar más entre nosotros sobre lo que somos”.
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“Noviembre”, una producción de Burning Blue en coproducción con compañías de México y Brasil, fue seleccionada en la sección Contemporary World Cinema del “Festival Internacional de Cine de Toronto” y tendrá su estreno nacional el 2 de octubre de 2025 en salas de cine colombianas.
Es un llamado a mirar de frente la herida, pero sobre todo, a sentarse a dialogar sobre lo que significa ser país.

















