Cultura
Viernes 09 de enero de 2026 - 05:58 PM

‘Guerra’ y ‘Paz’: Colombia vista por la santandereana Beatriz González

Dos telones monumentales, una sola pregunta: ¿qué significa la paz en un país atravesado por el olvido? Con Guerra y Paz, la maestra santandereana Beatriz González vuelve a interpelar al país desde la pintura.

‘Guerra’ y ‘Paz’: Colombia vista por la santandereana Beatriz González. Foto suministrada/VANGUARDIA
‘Guerra’ y ‘Paz’: Colombia vista por la santandereana Beatriz González. Foto suministrada/VANGUARDIA

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Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

Concebidos en 2022, Guerra y Paz dialogan sobre el terreno del posconflicto colombiano. Interrogan el Acuerdo de Paz de 2016 desde las vidas que aún no cuentan, las comunidades que resisten y la promesa de una reparación que, aunque posible, sigue incompleta.

En Guerra, Beatriz González representa una escena dolorosamente reconocible: cuerpos de mujeres trabajadoras sexuales asesinadas, dispuestos en fila, abandonados a orillas de un río. Hay una mirada que nos compele a las formas de violencia que persisten y se naturalizan, incluso tras los pactos oficiales. Esos cuerpos de mujeres y feminizados que parecen importar menos a quienes toman las grandes decisiones de gobierno, vuelven a ocupar el centro del encuadre, exigiendo ser vistos y recordados.

En contraste, Paz ofrece otra imagen del país: miembros de la comunidad kogui celebran la restitución de sus tierras, en un gesto ceremonial que mezcla música, cuerpo y territorio. Es una escena de alegría ritual, pero también una afirmación política. La obra no niega la dificultad: recuerda que la reparación, cuando ocurre, es una conquista que arrastra siglos de despojo.

Juntos, los dos telones no forman una respuesta, sino una pregunta persistente: ¿qué significa paz en Colombia?, ¿para quién se ha hecho efectiva?, ¿y a costa de quién?

Beatriz González (Bucaramanga, 1932) no necesita presentación en el campo del arte colombiano, pero nunca deja de interpelar. Desde los años sesenta, su obra es contrapunto lúcido a la historia oficial del país. Frente a la pose de los grandes héroes, Beatriz González prefiere lo doméstico, lo que está al margen. Frente al silencio institucional, insiste en recordarnos que existe el dolor de un país que los poderosos no quieren ver.

A lo largo de su carrera, convirtió muebles, biombos, cortinas y cementerios en soportes para pensar el duelo y la violencia. Su arte traduce el archivo visual de la nación, sus imágenes de prensa, sus escenas populares, sus gestos públicos, en una crónica plástica con memoria.

Como en obras anteriores, en Guerra y Paz la artista santandereana se vale de una estética reconocible, figuras planas, colores densos, escala monumental, para enfrentar al espectador a las preguntas que el país suele aplazar.

Antes de llegar a Bogotá, estos telones ya habían sido expuestos en instituciones internacionales: primero en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (Muac) de Ciudad de México, luego en el De Pont Museum de Tilburg, Países Bajos, como parte de la muestra monográfica “Guerra y paz: una poética del gesto”.

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Su llegada a Casas Riegner marca su primera presentación conjunta en Colombia y repara una paradoja frecuente en el arte nacional: obras que narran la violencia colombiana, vistas antes en otras latitudes, retornan ahora al lugar donde sus preguntas siguen siendo urgentes. La muestra es, en realidad, un acto de retorno.

La exposición coincide con los 93 años de Beatriz González, reafirmando la vigencia de una artista que sigue pensando el país desde la pintura. Que no decora, que denuncia. Que no consuela, incomoda.

Los telones funcionan como escenografía del duelo y como umbral para una memoria crítica. Nos cuestiona: ¿qué historias decide recordar Colombia y cuáles sigue ignorando?

Guerra y Paz en la iconografía de Beatriz González

Los telones Guerra y Paz hacen parte de la iconografía de Beatriz González a través de cinco elementos claves en su iconografía.

El primero de ellos son las figuras de mujeres tendidas al borde del río, un cuerpo desnudo como evidencia del conflicto y que nos recuerda otras obras suyas que toman como temas las masacres, desapariciones o ejecuciones extrajudiciales y entre las que se destacan... “Los papagayos” (1982); la serie “Los archivos del dolor” (finales de los 90 y 2000 con Auras anónimas" (2009) y “No lloraré” (2004) y “El imbunchito” (2000s).

Los cuerpos están ahí para ser vistos no individualmente, sino como representación del dolor compartido en el país, el dolor y el despojo moral de quienes no importan.

En segundo lugar, Beatriz González mantiene su paleta de colores planos, verdes espesos, tierras quemadas y opacos, con contornos toscos que desafían a la academia. Su estética es una decisión política para levar al público una experiencia visual más popular: la búsqueda no es la belleza, sino la memoria.

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En tercer lugar está como por ejemplo, en Paz, Beatriz González muestra a los kogui con un cuenco , en silencio, un gesto que despoja a los indígenas de la exposición romántica y que los ubica en resistencia contra la colonia que los despojó hasta del grito de dolor, pero que los sostiene en su resistencia.

Una cuarta clave es la representación de los excluidos, en el caso de las trabajadoras sexuales donde desplaza el foco hacia las vidas que no cuentan para los grandes poderes del país. Su sufrimiento es austero, seco, pero impactante.

Y finalmente, el telón es soporte de un espacio íntimo convertido en espacio público. El uso de telones es sostiene en Beatriz González como una forma de decirnos aquí está el dolor que tenemos “al fondo”, pero que es la gran verdad del país. El, además, representa un umbral entre el escenario, entre la casa y la galería para mirar colectivamente. No a contemplar, sino a recordar.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.

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