Beatriz González llega al Barbican de Londres con la mayor retrospectiva de su carrera en Europa, una muestra que recorre seis décadas de arte, memoria y violencia en Colombia. La exposición se abre el 25 February de 2026.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
“El arte dice cosas que la historia no puede”. La frase de Beatriz González funciona como declaración de principios para la gran retrospectiva que el Barbican Centre de Londres dedica a la artista, curadora, historiadora del arte y educadora nacida en Bucaramanga en 1932. Se trata de su primera exposición individual en el Reino Unido y de la muestra más grande que se le ha dedicado en Europa, un recorrido por seis décadas de trabajo que revisa su singular manera de pensar la imagen, el poder, el duelo y la memoria.
La exposición reúne más de 150 obras realizadas desde la década de 1960 hasta hoy, muchas de ellas nunca antes vistas en el Reino Unido. A través de pinturas, objetos escultóricos, mobiliario intervenido e instalaciones públicas monumentales, el Barbican celebra una práctica artística que ha marcado a generaciones de creadores y pensadores dentro y fuera de Colombia.
“Estamos encantados de presentar la primera exposición individual de Beatriz González en el Reino Unido”, afirmó Shanay Jhaveri, director de Artes Visuales del Barbican. “Su práctica prolífica habla de experiencias de conflicto y comunión, de duelo y memoria y del poder que pueden tener las imágenes cotidianas. Son temas que siguen resonando con públicos de todo el mundo”. La muestra, añadió, es uno de los hitos de la programación de primavera del centro, guiada por ideas y cruces entre distintas artes para pensar el mundo contemporáneo.
El recorrido se abre con algunas de las primeras pinturas de González, en las que toma como punto de partida obras de artistas como Diego Velázquez o Johannes Vermeer y las traduce en atrevidos experimentos con el color y la forma. Entre ellas destaca la serie icónica “Los suicidas del Sisga” (1965), donde la artista reinterpreta, en planos de color saturado, una fotografía de prensa que registró el trágico doble suicidio de una pareja. Mientras muchos de sus contemporáneos exploraban la abstracción norteamericana y europea, González optó por una figuración propia, aguda y crítica.
El Barbican también presenta sus exploraciones gráficas de los años sesenta: serigrafías de figuras célebres como Beethoven, la reina de Inglaterra, el papa o Jackie Kennedy Onassis, imágenes que circulaban profusamente en los medios colombianos de la época. A su lado se exhiben heliografías que reproducen composiciones tomadas de la prensa y de revistas, desde fotografías de fisicoculturistas hasta crónicas policiales sobre asesinatos y crímenes.
González cuestiona las jerarquías del gusto y del valor estético, un interés que surgió de su fascinación por la editorial Gráficas Molinari, cuyas impresiones, muy populares en Colombia, mostraban escenas idealizadas de catolicismo, maternidad y feminidad derivadas de grabados europeos y pinturas de maestros antiguos, así como temas de la mitología grecorromana. A partir de 1970, la artista comenzó a trabajar con muebles y objetos encontrados en mercados de pulgas: cambió el óleo sobre lienzo por esmalte sobre láminas metálicas industriales e incorporó mesas, camas, televisores y tocadores como soportes de sus imágenes. Esas piezas, que ella misma bautizó como “intervenciones”, desdibujan los límites entre arte culto y cultura popular.
En una de ellas, por ejemplo, un perchero se convierte en escultura: en lugar del espejo, la superficie refleja una versión en colores vivos de la “Gioconda”. El título de la obra “Nací en Florencia y tenía veintiséis años cuando fue pintado mi retrato (esta frase pronunciada en voz dulce y baja)” (1974), cita literalmente un artículo de prensa sobre experimentos informáticos que intentaban recrear la “voz” de la Mona Lisa.
Con el paso de los años, la Beatriz González se mostró cada vez más interesada en la manera en que las imágenes de la historia del arte occidental se filtran en la vida cotidiana colombiana. En la muestra se incluye un lienzo monumental de 12 metros inspirado en una reproducción de “Le Déjeuner sur l’herbe” (“Almuerzo sobre la hierba”, 1863), de Édouard Manet, que González vio alguna vez en la vitrina de una tienda. Otra pieza retoma una postal kitsch de “La última cena”, de Leonardo da Vinci, colgada en muchos hogares del país como amuleto contra los ladrones, para trasladarla a la superficie pintada de una mesa.
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A partir de la década de 1980, el tono de su obra se endurece como respuesta directa a la violencia política en Colombia. Trabajos como “Decoración de interiores” (1981), fragmento de una cortina de 140 metros impresa con la imagen del entonces presidente Julio César Turbay Ayala en una fiesta, exponen el uso del espectáculo como cortina de humo frente a la brutalidad estatal. En su momento, la artista vendió esta obra por metros, subrayando con ironía la lógica del consumo.
Luego del año 1985, su práctica se desplaza de la sátira al testimonio del horror. En piezas como “Entierro en el Museo Nacional” (1991), González recorta y recombina fotografías de distintas noticias para construir escenas de violencia casi míticas, en una paleta inquietante de verdes enfermizos, amarillos luminosos y azules intensos. Más adelante, la serie “Las Delicias” (1996–1998) se ocupa de quienes quedan atrás: mujeres que lloran a sus muertos, tomadas de imágenes de prensa. Su cierre, “Autorretrato desnuda llorando”, es un autorretrato excepcional dentro de su producción.
La exposición también recupera un conjunto de pinturas realizadas en 1992 para una muestra conmemorativa de los 500 años del llamado “descubrimiento” de América por Cristóbal Colón. Partiendo de la fotografía de un remero indígena en un paisaje inundado, estas obras, rara vez exhibidas juntas, interpelan las formas de poder extractivo que nacieron con la colonización y se prolongan hasta el presente.
El recorrido concluye con “A Posteriori” (2022), instalación que dialoga con “Auras Anónimas” (2007–2009), la intervención que González realizó en el Cementerio Central de Bogotá. En ese proyecto, la artista llenó 8.956 nichos, donde reposaron víctimas del conflicto armado, muchas de ellas sin nombre, con siluetas repetidas de cargueros que llevan cuerpos sobre sus hombros. En el Barbican, esta pieza tardía condensa la dimensión elegíaca de su obra reciente y propone el arte como lugar compartido para la reflexión y el duelo colectivo.
Con esta retrospectiva, co-producida por la Pinacoteca de São Paulo, el Barbican de Londres y el Astrup Fearnley Museet de Oslo, el circuito artístico europeo reconoce de manera contundente la relevancia de Beatriz González. La maestra que lleva décadas interrogando, con humor, dolor y lucidez, las imágenes que nos rodean se presenta ante el público británico como una de las voces indispensables para pensar la relación entre arte, historia y memoria en América Latina y en el mundo.















