viernes 21 de octubre de 2022 - 8:03 AM

Hoy se cumplen 40 años del Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez

Hace cuatro décadas la Academia Sueca le concedió el Nobel de Literatura al autor de Cien años de soledad. Desde entonces, su nombre no para de brillar.

A principio de octubre de 1982 dos latinoamericanos eran los aspirantes con mayores chances de recibir el Nobel de Literatura. El primero era el argentino Jorge Luis Borges, un autor que llevaba al menos diez años en las quinielas de los medios noticiosos y de los expertos. El segundo era el colombiano Gabriel García Márquez, el creador detrás de uno de los fenómenos de venta más apabullantes de la segunda mitad del siglo XX, la novela Cien años de soledad.

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Ninguno era un completo desconocido, pero cada uno encarnaba una tradición literaria contrapuesta. Ambos competían con la desventaja de sus actos públicos: Borges —83 años— fue encasillado en el espectro ideológico de la derecha mientras días antes del anuncio García Márquez —55 años— emprendió una crítica feroz contra el dirigente israelí Menachem Begin, galardonado con el Nobel de la Paz.

En la madrugada del 21 de octubre el viceministro de relaciones exteriores sueco marcó el número telefónico de la residencia mexicana del novelista para anunciarle la noticia. Al colgar, García Márquez exclamó “estoy jodido”. En el otro extremo del continente los corresponsales de Efe y Ap fueron a la casa del poeta para recibir su reacción. El primero no la pudo conseguir mientras el segundo le oyó decir al autor de El Aleph: “Muchas obras de García Márquez no he leído, pero puedo decir que con Cien años de soledad me basta”. Ninguno fue santo de la devoción del otro.

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La charla con el diplomático sueco confirmó la infidencia que un amigo le hizo el 20 a mediodía: en Estocolmo se daba por sentado el premio para él. A diferencia de otros ganadores —antes y después del hijo del telegrafista—, García Márquez no descubrió la luz de la fama esa mañana. Desde 1967 era el principal nombre de la novela latinoamericana, comparado por la prensa internacional y por sus colegas con Cervantes.

Apenas la noticia llegó a las redacciones de los periódicos y los corresponsales salieron en busca de opiniones el respaldo unánime a la decisión quedó a la vista. En La Habana el poeta Nicolás Guillen, cercano al gobierno castrista, afirmó que el Nobel era un honor que García Márquez merecía. Por su parte, en París Julio Cortázar refrendó su gran admiración por el colombiano. En otra orilla ideológica, Ernesto Sábato afirmó: “No comparto las ideas políticas de García Márquez, pero es un buen escritor”.

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En casi todas las respuestas se repitieron dos elementos: la mención a Cien años de soledad como soporte del prestigio del narrador y considerar el premio un reconocimiento a las letras de América Latina. Dichas ideas hicieron parte de las declaraciones de los escritores antioqueños consultados en ese momento. Una periodista de EL COLOMBIANO contactó a Manuel Mejía Vallejo, Carlos Castro Saavedra, Mario Escobar y Darío Ruiz. Todos, por supuesto, se subieron a la gaboneta.

En su primera aparición pública después del estallido de la noticia, García Márquez bromeó con los reporteros que inundaron la calle de su casa. Allí anunció que a la ceremonia de entrega del premio iría vestido con guayabera o liqui liqui —algo que causó revuelo en la prensa colombiana— y que el dinero que iba a recibir lo destinaría a fundar El Otro, un periódico de alcance continental.

Lo primero lo cumplió: su imagen de riguroso blanco ya hace parte del acervo de la cultura colombiana. Lo segundo se disipó en la escritura de El amor en los tiempos del cólera. Años después fue uno de los accionistas de la revista Cambio-16 y fundó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, hoy llamada Fundación Gabo. Ese mañana de octubre les dijo a los diaristas: “El presidente Betancur salió mejor periodista que ustedes: fue el primero en llamarme a felicitarme”.

El sabor agridulce del exilio

No obstante el aplauso internacional, el Nobel dejó al descubierto las tensas relaciones de García Márquez con sectores políticos del país. El año anterior tuvo para él el sabor agridulce del exilio y de la publicación de un libro que afianzo su renombre internacional. Tras ser alertado de su próxima captura por las sospechas de su pertenencia al M-19, la noche del 25 de marzo de 1981 abandonó su vivienda en Bogotá, ubicada en la carrera 77, para refugiarse en la embajada de México en Colombia. Pronto partió escoltado por la embajadora para radicarse por completo en México –donde le llegaría la muerte en 2014–. En el aeropuerto de Ciudad de México lo esperaba un enjambre de políticos y de periodistas. Desde entonces el escritor hizo de la casa de la calle Fuego su residencia principal. A Colombia regresó, por supuesto, pero a eventos muy puntuales.

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Por esas fechas —cuando la tinta del escándalo de su destierro no se había secado en las páginas de los periódicos y en la mente de los lectores— publicó Crónica de una muerte anunciada, ficción de corte trágico en la que demostró su dominio de la técnica narrativa y de las herramientas del periodismo.

La historia de la muerte de Santiago Nasar es el pretexto para contar los complejos mecanismos de los códigos de honor y de la memoria colectiva. Salvo el protagonista, todos en el pueblo sabían que lo iban a matar los hermanos Vicario pero nadie movió un dedo para impedirlo. El tono de este libro se diferencia del de Cien años de soledad: aquí la realidad es cruda y supersticiosa entre tanto en la saga de los Buendía es el otro nombre de la fantasía.

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Temas acuciantes de América Latina

En todo caso, los textos de García Márquez ponen el foco en temas acuciantes de América Latina: el mestizaje, las figuras del poder y el peso de la historia en el presente. A pesar de tratar temas del Caribe colombiano, sus estilos y formas rompen con la tradición nacional para insertarse en la universal. García Márquez le debe más a Virginia Woolf, a Franz Kafka, a William Faulkner que a Tomás Carrasquilla, José Manuel Marroquín o Jorge Isaacs.

Las cenizas de García Márquez reposan en un monumento dispuesto en el centro histórico de Cartagena —ciudad en la que inició su carrera de periodista— y su rostro está impreso en los billetes que los colombianos llevan en sus carteras. Sus obras son materia de estudio en colegios y universidades y su nombre está en las fachadas de bibliotecas y centros culturales. Las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia son anzuelos utilizados para atraer extranjeros y el término Macondo sale con frecuencia en la charla cotidiana para nombrar los acontecimientos que rayan con la hipérbole.

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En los dos siglos de historia republicana, ningún otro colombiano ha tenido su importancia global. El profesor Gerald Martin abrió la voluminosa biografía dedicada al nobel colombiano con una frase elocuente: “Gabriel García Márquez es el escritor más célebre que ha dado el ‘tercer mundo”. El novelista indio Salman Rushdie tampoco escatimó elogios: “La obra maestra de Márquez, Cien años de Soledad, es en mi opinión una de las dos o tres obras más importantes y logradas en el ámbito de la ficción que se haya publicado en todo el mundo desde la guerra”.

Y la lista podría seguir y seguir y seguir.

La historia de Gabriel García Márquez es la de alguien salido de un pueblo apenas visible en los mapas y que entró en los libros de historia por la fuerza de un talento descomunal. La noticia de su Nobel de Literatura —acaecida hace cuarenta años, un 21 de octubre como hoy— es uno de los acontecimientos más importantes del siglo XX colombiano.

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