Beatriz Bernal, escritora santandereana, reconstruyó desde el exilio la historia de su padre, un músico autodidacta de Bucaramanga, a través de cartas, recortes y memoria. La autora presentará su libro el próximo lunes 25 de agosto a las 4:00 p.m. en el Centro Cultural Panamericana de Bucaramanga.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
Mientras revolvía los papeles ya amarillos por el tiempo y que guardaba desde hacía décadas, Beatriz Alicia Bernal volvió a encontrarse con su padre. No en carne y hueso, claro, sino en tinta y papel: una carta, una más entre cientos de ellas, escrita con la caligrafía de quien escribe contra el olvido.
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“Era como si lo escuchara hablarme de nuevo”, recuerda. En esas líneas, su padre le contaba sobre su vida cotidiana en Bucaramanga, los conciertos de sus alumnos, las clases de piano, sus pensamientos sueltos sobre la política, el arte, el tiempo. Lo hacía como quien conversa con una hija a la que ama y extraña, como quien cree en la palabra escrita como salvavidas de la distancia. Corría ya la segunda mitad del siglo XX.

Beatriz apretó el papel entre los dedos. Lo sostuvo un rato largo. Y en ese gesto que fue abrazo, duelo y revelación, entendió que no podía dejar que todo aquello se perdiera. “Fue ahí cuando supe que tenía que escribir este libro. Ya no se trataba solo de mí: era él, era su historia, su voz”, dice. Así nació Un legado invisible: Historia de un hombre “medieval” en el siglo XX, una crónica íntima y persistente sobre la vida de un hombre que fue, a su manera, un faro: su padre Manuel Bernal García.
La escritora santandereana, radicada desde hace años en Estados Unidos, reconstruye en estas páginas la historia de ese hombre singular: un músico autodidacta, políglota, bohemio incorregible, lector voraz y educador apasionado. Alguien que no vivió para ser recordado, pero cuya existencia fue tan rica y compleja que merecía ser contada. “Mi papá era de esos personajes que uno no olvida aunque lo haya visto solo una vez”, dice Beatriz. “No hacía falta que dijera mucho. Su sola presencia era magnética y, al mismo tiempo, muy frágil”.

El título nace de una pérdida concreta: durante una mudanza familiar, un camión cargado con todas las pertenencias del padre de Beatriz desapareció. En ese vehículo se fue su archivo personal: partituras, documentos, recuerdos. “Cuando mi hermana me lo contó, sentí un vacío inmenso. Era como si se hubiera cerrado una puerta para siempre. Pero también supe que tenía que abrir otra”, recuerda. Lo que podría haber sido una tragedia definitiva se transformó en el impulso narrativo de la obra. No había objetos, pero había cartas. No había partituras, pero había recuerdos. Y con eso bastaba.
Durante más de un año, Beatriz se sumergió en una labor minuciosa de archivo: leyó y clasificó todas las cartas que su padre le había enviado cuando ella se mudó a Estados Unidos. Conservó también los recortes de prensa, las invitaciones a conciertos, los textos manuscritos. Viajó a Bucaramanga, consultó la hemeroteca de la Universidad Industrial de Santander, escarbó en los archivos de Vanguardia y El Frente. Halló poemas, columnas, anuncios culturales y hasta referencias a una revista llamada Todo, fundada por su padre en los años treinta.
“Yo sabía que él había escrito, que había sido una figura importante en ciertos círculos, pero nunca imaginé cuánta actividad cultural había generado. Era como descubrirlo de nuevo, como si me hablara desde esas páginas amarillas”, cuenta.
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La figura paterna emerge en el libro con la complejidad de los grandes personajes: un hombre generoso y errante, con talento para la música y las letras, formador de jóvenes en piano e idiomas, pero también atravesado por la soledad. Murió a los 64 años, una edad que Beatriz ya ha superado y cuya sombra la acompaña. “Entre más leía, más me dolía. Pero también más entendía quién era él y cuánto había marcado mi vida sin que yo lo notara entonces”.
El proceso de escritura comenzó tras su jubilación. Durante años había postergado la promesa de contar aquella historia. Finalmente, un día abrió el cartapacio y decidió que era hora. Escribió con paciencia, sin urgencia comercial, guiada por un sentido de responsabilidad emocional. “Dije: no voy a perder más tiempo. Este legado lo tengo que sacar a la luz. No por mí, sino por él”. El libro fue publicado de forma independiente en Amazon. Aunque su alcance inicial fue entre amigos y conocidos, Beatriz ha recibido mensajes que la animan a traducirlo al inglés y a pensar en una segunda edición.
Un legado invisible es una declaración de amor. Amor por un padre ausente y presente a la vez. Amor por una ciudad evocada en sus calles, nombres y costumbres. Amor por la música, por la palabra escrita, por la memoria como acto de resistencia. También es una denuncia: la historia oficial excluye a quienes no dejan huellas materiales; la memoria cultural se desvanece si no hay quien la nombre.

“Yo sé que hay muchas historias como la de mi papá. Personas brillantes que no dejaron rastro porque nadie las documentó. Esas vidas también merecen ser contadas”, afirma con convicción. La autora sueña con encontrar alguna partitura perdida, una grabación olvidada, una pieza que complete el rompecabezas. De hacerlo, se atrevería a una reedición. Incluso imagina, con pudor y esperanza, que algún día esta historia podría llegar a la pantalla grande. “No sé si estaré viva para verlo, pero me encantaría que alguien más escuche su música algún día”.

Mientras tanto, sigue fiel a su propósito: honrar la memoria de su padre, y con ello, abrir un espacio para otras historias que también merecen ser contadas. En un mundo donde todo parece destinado al olvido rápido, Un legado invisible es un acto de resistencia serena. Una hija que, al hablar de su padre, se narra también a sí misma. Con dignidad. Con ternura. Con verdad.














