Magazín cultural
Viernes 10 de abril de 2026 - 06:08 PM

El mapa de una ciudad que lee en comunidad: así son los clubes de lectura en Bucaramanga

Los clubes de lectura en Bucaramanga están reconfigurando la relación con los libros: quienes se vinculan a uno sostienen que leer ya no es solo interpretar, sino también compartir y crear vínculos.

En Bucaramanga, los clubes de lectura ha convertido el acto solitario de leer en un espacio de encuentro, conversación y comunidad. / Freepik
En Bucaramanga, los clubes de lectura ha convertido el acto solitario de leer en un espacio de encuentro, conversación y comunidad. / Freepik

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Estaba recorriendo por segunda vez las páginas de una novela de Rosa Montero cuando vi que en La Mecedora iniciaba un nuevo ciclo con ese mismo título: La ridícula idea de no volver a verte. Llevaba más de seis meses sin finalizar un libro, y decidí volver a esa historia como refugio para afrontar un duelo que me encontraba atravesando. Inicialmente me sentía abrazada en mi soledad, pero al conocer que el club llevaba tal lectura, sentí la necesidad de encontrar nuevas aristas de lo que es alivianar una pérdida, de escuchar interpretaciones de otras mujeres y permitirme vivir el dolor en compañía, pese a que ellas no tenían idea de lo que me encontraba sintiendo.

Antes de ese movimiento interno que me llevó a tocar la puerta del club de lectura ya me había cuestionado por qué llegaba a ser tan tedioso tomar un ejemplar y permanecer inmersa en sus letras durante más de 15 minutos. Y siempre concluía que no se trataba de no querer leer, porque siempre he disfrutado hacerlo, sino que noté que con el tiempo llegaba algo más urgente, más corto, más inmediato: las pantallas y la cotidianidad han ganado esa batalla con demasiada facilidad.

El club fue así una oportunidad de quitarle ese poder a mi manera de usar los estímulos tecnológicos sobre mis hábitos creativos e interpretativos, con la esperanza de que el compromiso con otras hiciera lo que la voluntad sola ya no lograba. Lo que no esperaba era que la parte más valiosa no fuera el libro en sí y una reconexión inmediata con la literatura, sino lo que ha ocurrido cuando alguien más lo lee también. Y todo se alineó sin planearlo.

Los clubes de lectura llevan décadas existiendo, pero en los últimos años han tenido un resurgimiento en Bucaramanga al proponer nuevas formas de encontrarse en torno a la palabra. Lea también: Libre de Márgenes: la terquedad de hacer literatura desde Bucaramanga

La Mecedora es un ejemplo de ello. Es un fruto de la escuela de formación teatral Ágora Inspira que surgió en 2025 tras una inquietud propia de sus creadoras Lucía Orozco y su madre Piedad Cifuentes, en una búsqueda de compartir más tiempo juntas mientras creaban algo que gozaran en común. Y entre ellas estaba el libro. “Decidimos abrir el espacio para probar a qué personas les gustaría iniciar. El primer libro que seleccionamos fue Violeta de Isabel Allende, y a partir de eso empezamos a reunirnos con más mujeres de la ciudad”.

Desde ese momento, han recorrido diferentes obras y se han integrado otro tipo de actividades que complementan el ejercicio, como escritura creativa y juegos que abren debates.

Una ciudad que se junta y debate

Hay por lo menos una docena de clubes en la ciudad que han buscado la manera de promover este fin. Algunos nacieron en espacios independientes: La Tinta, Diálogo de Letras en la Librería La Cingla, o la propia La Mecedora, que encontró su lugar en los salones de Ágora Inspira.

Otros surgieron desde las instituciones y bibliotecas. La Universidad Industrial de Santander tiene sus propios clubes de lectura, la Biblioteca La Bellecera en Piedecuesta con espacios diferenciados para mujeres, niños y adultos, y la Biblioteca José Antonio Galán de Zapamanga, en Floridablanca, alberga Aventuras de Lectura. A nivel municipal, iniciativas como el Plan OLEB en Piedecuesta y el Programa LEO del Instituto Municipal de Cultura y Turismo han buscado institucionalizar el hábito lector como política cultural, entre otros.

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Diálogo de Letras es uno de los que también ha logrado consolidarse como referente en la ciudad. Desde el 2022, bajo la coordinación del filósofo y artista Jairo Mantilla (conocido también como Xaima), han conversado en torno a literatura de diferentes géneros, desde internacional hasta obras de autores bumangueses en La Cingla, una de las librerías de más acogida de la ciudad.

De acuerdo con Xaima, cada encuentro tiene una persona encargada de exponer el relato: realiza un breve resumen, plantea una lectura del texto y propone una pregunta para abrir la conversación. En esencia, ha consolidado un ejercicio de diálogo.

“Nosotros buscamos, ante todo, que sea un espacio de escucha, un espacio de confianza, donde cada uno pueda expresar sus perspectivas sobre el relato que leímos. Siempre sucede que todos hemos leído el mismo cuento, pero hay muchas interpretaciones sobre ese mismo texto”, argumenta.

A través de eso se generan diálogos donde lo que una persona vio enriquece lo que otra no alcanzó a ver, o permite descubrir un planteamiento que la lectura individual no había revelado. Y es allí donde aparece otro detalle importante que resalta el artista: en realidad estamos hablando de nuestra propia vida, de lo que nos preocupa y de lo que nos importa.

“También escuchamos la interpretación que otra persona tiene sobre ese mismo relato, y realmente resulta muy enriquecedor, porque la lectura que cada uno hace toma solo una de las muchas posibles interpretaciones de un texto”, dice.

Quienes han tomado la iniciativa de acompañar estos espacios tienen en común muy poco, excepto una inquietud compartida que se asemeja a la que tuve en su momento, una casualidad que mencionamos al encontrarnos: la sensación de que leer en soledad ofrece pocas posibilidades de intercambiar puntos de vista y llegar a nuevas perspectivas sobre lo que se está conociendo a través de las páginas.

Carolina Dula se vinculó a La Mecedora desde su primer ciclo y considera que, en el transcurso de los meses, su relación con la lectura ha mutado. “Ahora me gusta leer los libros más despacio para poder disfrutar de la conversación que se va a generar. Todas somos personas atravesando diferentes etapas y momentos de la vida, y me da curiosidad escucharlas”, dice.

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Estos espacios otorgan además la posibilidad de encontrar un lugar para socializar y ampliar los vínculos en comunidad. Es, de hecho, una de las lecturas que hace Lucía Orozco: “He sentido que hay una epidemia de soledad importante a nivel local, incluso regional, nacional, global. Y estos clubes que se empiezan a formar son una resistencia ante esa soledad y una manera de mantenernos juntos”.

En torno a la literatura, Bucaramanga construye comunidad: espacios donde la conversación amplía lo que cada lector encuentra en soledad. / Suministrada
En torno a la literatura, Bucaramanga construye comunidad: espacios donde la conversación amplía lo que cada lector encuentra en soledad. / Suministrada

Diana Romero, también integrante de La Mecedora, lo confirma desde su propia experiencia: “He conectado con mujeres con las que coincido en experiencias y saberes, lo que resulta en vínculos bonitos que sé que en otros espacios es difícil llegar a tener”.

Y es precisamente lo que Lucía Orozco ha encontrado allí. Hay mujeres que se sienten escuchadas, donde se divierten, se ríen y también se nutren de nuevos referentes: libros, películas, documentales que surgen a partir de esas relaciones.

Sostener un club de lectura en el tiempo no es automático. Piedad Cifuentes lo sabe: se necesita iniciativa, acción y voluntad de permanecer. “Para lograrlo hay que darse la oportunidad de transformarse, de adaptarse a cada persona que se une sin perder la esencia”.

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Después de cada sesión llego a casa con algo dando vueltas. Una frase que alguien dijo, una interpretación que no compartí del todo, una idea que no había encontrado sola en las páginas. Las conversaciones no terminan cuando cerramos el libro: siguen en la cabeza y se filtran en lo que hablo con personas que ni siquiera conocen las obras que tenemos sobre la mesa.

Mientras alisto el libro para volver el domingo, pienso en lo que puede construirse cuando la palabra es el puente: comunidades más diversas, más unidas, más atentas a lo que ocurre a su alrededor y más dispuestas a escuchar antes de responder.

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