Primero pintó camisetas para reconstruirse a sí misma. Después entendió que el arte también podía ayudar a otros. Desde La Joya, en Bucaramanga, la artista y docente santandereana Paola Cáceres lleva más de siete años creando espacios para niños y jóvenes.

Publicado por: PAOLA ESTEBAN C.
A las cinco de la mañana comenzaron a tocarle la puerta.
—¡Pau, Pau, Pau!
Paola Andrea Cáceres Cervantes abrió sorprendida. La noche anterior había quedado con un grupo de muchachos del barrio La Joya en que se levantarían temprano para hacer ejercicio. Era plena pandemia, los días de encierro empezaban a pesar y ella había propuesto buscar una forma de salir, moverse y encontrarse sin perder los cuidados de ese momento.
No estaba muy convencida de que cumplieran.
Pero ahí estaban.
Salieron con unos guantes de boxeo, lazos y una cámara fotográfica. Cerca del Club de Tejo de La Joya encontraron una zona verde donde unos practicaron boxeo mientras otros saltaban cuerda o aprendían a tomar fotografías. Hasta que uno de los muchachos reparó en algo: el lugar estaba lleno de basura.
De esa observación nacieron jornadas para recoger residuos, una huerta, recorridos por las zonas verdes del barrio y proyectos ambientales con estudiantes.
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Así suele ocurrir alrededor de Paola: una conversación se convierte en taller; un problema, en una excusa para crear; una camiseta en blanco puede terminar siendo una primera oportunidad para ganar dinero y un grupo de adolescentes que alguna vez se reunió para insultarse puede aprender, poco a poco, a encontrarse de otra manera.
Desde hace más de siete años trabaja con diferentes comunidades. Lo hace desde el arte y desde la educación infantil y, sobre todo, desde la convicción de crear puede ser una forma de decir aquello para lo que todavía no existen palabras.
Paola tiene 36 años y se define como artista multidisciplinaria santandereana y profesora de educación infantil. Su relación con el arte no comenzó dentro de un salón de clases ni como parte de una decisión profesional.
Llegó, dice ella, de una manera “muy mágica” en uno de los momentos más difíciles de su vida.
A los 13 años fue víctima de violencia sexual. Guardó silencio. Creció, además, observando situaciones que hoy reconoce dentro de una cultura profundamente machista: niñas y mujeres vistas desde el morbo, convertidas muchas veces en objetos antes que reconocidas como personas.
Sin poder nombrar todavía lo que le había sucedido, encontró una primera manera de expresarse en la ropa.
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“El arte móvil siempre estuvo ahí, comunicando”, recuerda.
Tres años después, a los 16, un accidente de tránsito volvió a cambiar su vida. El vehículo en el que viajaba se salió de la carretera y durante su recuperación estuvo en silla de ruedas.
Entonces comenzó a pintar.
Primero lo hizo para ella. Personalizaba sus propias camisetas porque quería usar prendas que nadie más tuviera. Sus amigos comenzaron a preguntar dónde podían conseguirlas.
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—Esa camiseta está genial. Me encantaría tener una.
—No, solo mía —respondía.
Hasta que terminaron convenciéndola.
Las primeras camisetas vendidas le mostraron que lo que hacía para expresarse también podía convertirse en un oficio. Con el tiempo, el arte y la fotografía se transformaron en lo que ella llama sus “dos puntos de apoyo”.
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Y lo hizo para transformar su propia vida y también para mirar de otra manera lo que ocurría alrededor.

Una noche en La Joya
Años después hubo otra escena decisiva.
Paola regresaba tarde del trabajo cuando se asomó al balcón de su casa. Abajo estaba un grupo de amigos de su sobrino. Se reunían con frecuencia, jugaban, conversaban, pasaban el tiempo juntos.
Pero algo le llamó la atención: la forma en que se trataban.
“Se estaban haciendo un bullying a otro nivel. Muy, muy fuerte”, recuerda.
En lugar de reprenderlos desde la distancia, decidió acercarse.
Al día siguiente llegó más temprano.
—¿Qué andan haciendo? Vamos a jugar.
La dejaron entrar al grupo.
Y Paola comenzó a experimentar.
Por esos días, una amiga le pidió que personalizara una bicicleta. Además de pagarle una parte del trabajo, le ofreció una organeta que podía utilizar con los muchachos.
La llevaron al taller.
Como a varios les gustaba el beatbox y el rap, Paola propuso una especie de batalla. Cada uno tendría tres minutos para decirle algo a otro compañero. Podía ser positivo o negativo, con una única condición: escuchar.
Aparecieron entonces los insultos que hacían parte de su cotidianidad.
El gordo. La flaca. El negro. La gafufa.
“Se empezaban a faltar el respeto de unas maneras fuertes que uno decía: ‘¿Qué está pasando acá?’”.
En vez de abandonar la experiencia, Paola se involucró más.
Su formación en educación infantil y un diplomado relacionado con aprendizaje y cerebro le sirvieron para comenzar a diseñar ejercicios diferentes. Si normalmente pintaban con la mano derecha, ese día lo harían con la izquierda. Otro día pintarían con los ojos cerrados.
El propósito no era formar artistas.
Era descubrir.
Explorar el cuerpo, perder el miedo al error y crear un espacio en el que pudieran sentirse seguros.
Y algo empezó a cambiar.
“Se empezaron a sentir seguros entre ellos mismos y ya hubo ese respeto, ese respaldo entre amigos. Se fue generando algo mucho más sano”.
Paola también entendió que el barrio no tenía por qué marcar los límites del mundo de aquellos muchachos.
Comenzó a buscar posibilidades para llevarlos a escenarios culturales de Bucaramanga. Tocó puertas en la Biblioteca Pública Gabriel Turbay y en el Teatro Santander. Conseguía entradas para visitas guiadas y organizaba salidas.
En una ocasión eran 15 jóvenes y no lograron reunir todo el dinero necesario para el transporte hasta el teatro.
Paola encontró otra solución.
Se irían caminando.
Pero no de cualquier manera.
Desde La Joya hasta el Teatro Santander avanzaron jugando ponchado, haciendo pausas en parques y cargando cada uno su hidratación. Lo que podía convertirse en la frustración de no tener dinero para un bus terminó siendo parte de la aventura.
En otra Navidad, una alianza con Matamba y otros actores de la comunidad permitió realizar una actividad para más de 30 niños.
Para Paola, entrar a esos espacios también es una manera de ampliar las posibilidades que los niños imaginan para sí mismos.
Porque conocer un teatro, tomar una cámara, pintar una camiseta o descubrir un instrumento puede parecer un gesto pequeño. Hasta que uno de ellos entiende que aquello también podría formar parte de su vida.
La misma historia que comenzó con Paola pintando su ropa durante una recuperación reapareció años después con los muchachos de La Joya.
Algunos llegaban al taller en la mañana.
—No tenemos nada que hacer.
—Pero, amor, es que ahorita tengo clases.
—Pues pónganos a hacer algo.
Y ella los ponía.
Si tenía camisetas en blanco, las repartía y les proponía intervenirlas. Si el resultado funcionaba, buscarían cómo venderlas.
“Hacemos una subasta, hacemos cualquier actividad. Pero también se puede”.
Ese “también se puede” contiene una parte importante de lo que Paola intenta enseñar.
El arte no tiene que ser solamente una actividad para ocupar el tiempo. También puede convertirse en trabajo, emprendimiento y autonomía.
Algunos de aquellos jóvenes comenzaron a desarrollar sus propios productos. Uno de ellos, cuenta con orgullo, continuó pintando y ahora personaliza alcancías que vende entre personas del barrio mientras empieza a construir el nombre de su propia marca.
“Él no ha parado de pintar”, dice.
Para Paola, ese proceso vale tanto como cualquier exposición.
Es la prueba de que descubrir una habilidad puede modificar la forma en que un joven piensa su futuro.

Del taller a la huerta
Con los años, el trabajo fue sumando otros lenguajes.
Han realizado cortometrajes con mensajes sobre el cuidado del medioambiente, actividades de fotografía y recorridos para reconocer las zonas verdes de La Joya.
La experiencia de aquellas madrugadas durante la pandemia también desembocó en la creación de huertas con el acompañamiento de sus hermanos, vinculados a procesos ambientales, y en actividades junto a otros grupos de la comunidad.
Paola participa además en un semillero con estudiantes del colegio Andrés Páez de Sotomayor, donde el entorno se ha convertido en laboratorio.
Allí se adelantan procesos para cuidar las zonas verdes y se ha trabajado en la siembra de plantas hospederas que permitan la llegada de mariposas. Los estudiantes también han fotografiado insectos encontrados dentro del colegio y algunos de esos registros terminaron convertidos en piezas gráficas que hicieron parte de una exposición presentada en Bogotá.
De nuevo aparece la misma idea.
Mirar lo cotidiano de otra manera.
Un insecto que alguien habría pasado por alto puede convertirse en fotografía. Una fotografía puede transformarse en una pieza gráfica. Y esa pieza puede salir del barrio y ser vista en otra ciudad.
Construir en “común unidad”
Cuando le preguntan qué puede dejarle el arte a una comunidad como La Joya, Paola no habla primero de técnica, exposiciones ni reconocimiento.
Habla de humanidad.
“Yo siento que el arte puede dejar el poder de construir en comunidad de una manera consciente, de una manera humana, de una manera humilde”.
También habla de empatía.
Para ella, crear no debería servir para levantar a unos por encima de otros, sino para recordar que hay cosas que pertenecen a todos.
“Es algo como: ‘hey, esto es nuestro’”.
Tal vez por eso su taller nunca ha sido solamente un lugar para aprender a pintar.
Allí caben una organeta, camisetas, cámaras fotográficas, plantas, bicicletas, guantes de boxeo y cualquier cosa que permita abrir una conversación. Caben, incluso, los silencios.
Paola conoce bien esos silencios.
Sabe lo que significa no encontrar palabras para contar lo que sucede y sabe también que una imagen, una prenda, una fotografía o una canción pueden convertirse en un primer lenguaje.
Por eso, cuando piensa en qué pasaría si esos jóvenes no tuvieran espacios como este, vuelve al origen de su propia historia.
“El arte permite tocar esas fibras que a veces, por miedo o por situaciones que vivimos, callamos”.
Después hace una pausa y juega con las palabras.
Para ella, el arte es “ser y estar”.
Pero, sobre todo, es construir en común unidad.
Y quizás allí esté la obra más importante de Paola Andrea Cáceres: no en una camiseta, una fotografía o un cuadro, sino en conseguir que un grupo de niños y jóvenes descubra que también puede crear otras maneras de estar en el mundo.













