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Domingo 08 de septiembre de 2024 - 01:10 AM

Los monstruos no son como los pintan

Es fundamental romper el silencio y actuar, pues la complicidad social que permite estos abusos no se construye únicamente con actos de violencia explícita, sino en la aceptación silenciosa de pequeñas transgresiones cotidianas, que, al acumularse, consolidan la cultura de la violación.

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Esta semana un caso de terror recorrió las páginas de los periódicos del mundo. Está en juicio actualmente un hombre que drogó a su esposa por más de cinco décadas, para que más de 80 hombres la violaran repetidamente durante nueve años. Actualmente, fueron identificados 50 de esos hombres, quienes tienen entre 26 y 74 años. Este atroz crimen jamás fue denunciado por quienes lo conocían; fue descubierto de manera accidental.

¿Quiénes eran los agresores? Los medios reportan a hombres normales, integrados a la sociedad, con esposas/parejas, hijos e hijas, carreras en lo público, trabajadores, personas con las que conversamos en el día a día; lo que nos desafía a reconsiderar nuestras percepciones de lo que significa ser un “monstruo”, pues no siempre se trata de alguien con una apariencia o comportamiento que nos resulta claramente amenazador.

Aunque este caso puede parecer distante, también nos obliga a reflexionar sobre nuestra propia realidad. En el área metropolitana de Bucaramanga, durante 2023, Medicina legal reportó 323 casos de presunto abuso sexual, de los cuales el 87%, 282 casos, se perpetraron contra mujeres. Las víctimas, en su mayoría menores de edad (74%), conocían a sus agresores (61%): familiares, exparejas, amigos, cuidadores, conocidos.

Ambas situaciones, revelan una preocupación legítima: la normalización de la violencia y el silencio que la encubre. La falta de denuncia, el estigma asociado al abuso y el nivel de impunidad contribuyen a que muchos casos permanezcan ocultos. Por ello, es fundamental romper el silencio y actuar, pues la complicidad social que permite estos abusos no se construye únicamente con actos de violencia explícita, sino en la aceptación silenciosa de pequeñas transgresiones cotidianas, que, al acumularse, consolidan la cultura de la violación.

¿Cómo se manifiesta esto? Con comentarios sobre mujeres “dramáticas” que “exageran” al hablar de acoso; chistes incómodos que escuchamos en reuniones familiares y dejamos pasar porque es “costumbre”; conversaciones en grupos de WhatsApp donde se comparten imágenes sexualmente explícitas o videos denigrantes que nadie rechaza; descalificaciones hacia quienes denuncian estos delitos porque “si así se viste, qué esperaba”; y otras múltiples actitudes de permisividad hacia comportamientos inapropiados. Cada uno de estos actos, aunque parezcan triviales, contribuye a la perpetuación de una cultura que minimiza y normaliza la violencia.

Así que, en lugar de buscar a los monstruos en lugares exóticos o inusuales, debemos enfocarnos en desafiar y desmantelar la cultura que permite y perpetúa la violencia sexual. La lucha contra el abuso comienza con personas valientes, hombres y mujeres, que se atreven a reconocer y confrontar estas dinámicas en su vida diaria. Al hacerlo, no solo frenan el ciclo de agresión, sino que también crean espacios donde el respeto y la dignidad prevalecen, evitando que el horror se repita.

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