Mientras muchas universidades todavía observan la inteligencia artificial con cautela, con miedo o simplemente con desconcierto, las Unidades Tecnológicas de Santander parecen haber entendido algo fundamental: el debate ya no consiste en decidir si la IA llegará a la educación superior. La IA ya llegó. La verdadera discusión consiste en cómo convivir inteligentemente con ella. En eso, las UTS están dando señales importantes.
No solo porque crearon un programa académico tan pertinente como Ingeniería en Inteligencia Artificial y Ciencia de Datos, una apuesta estratégica que entiende hacia dónde se mueve el mundo laboral y tecnológico. También porque esta semana realizaron un ejercicio llamado ‘DocencIA’, que me parece aún más valioso: reunir a sus más de mil docentes para reflexionar sobre el impacto de la inteligencia artificial en la educación.
La transformación educativa no ocurre únicamente cuando se abren nuevos programas académicos o se compran computadores más potentes. Ocurre cuando las instituciones se atreven a cuestionar profundamente sus prácticas pedagógicas, sus métodos de evaluación y hasta su propia comprensión del aprendizaje.
Y allí se nota el sello de su rector, Ómar Lengerke, un académico apasionado por la tecnología, pero que entiende que la inteligencia artificial no puede reducirse a un catálogo de herramientas llamativas ni a una colección de tutoriales sobre prompts.
Lo interesante del enfoque de las UTS es que han querido llevar la conversación hacia el terreno ético. Hacia preguntas mucho más incómodas y profundas: ¿qué significa aprender en tiempos de IA? ¿Cómo se transforma el rol del docente? ¿Cómo evaluar realmente el conocimiento cuando una máquina redacta ensayos, resolver ejercicios o resumir textos en segundos?
Muchos profesores todavía siguen asignando exactamente las mismas tareas que pedían hace cinco o diez años, pero esperan resultados distintos en una época completamente distinta. Y eso sencillamente ya no funciona.

Si un estudiante puede resolver una actividad entera utilizando inteligencia artificial sin comprender realmente el proceso, entonces el problema no es únicamente del estudiante. Quizá el futuro no esté en medir cuánto memoriza alguien, sino qué tan bien interpreta, conecta, cuestiona y aplica el conocimiento.
Al final de la jornada, el rector tuvo la deferencia de invitarme a compartir unas palabras de cierre y me quedó rondando una sensación muy clara: la educación superior colombiana necesita discutir mucho más seriamente su relación con la inteligencia artificial.
No podemos engolosinarnos con la IA como si fuera simplemente un juguete fascinante, tenemos que abordarla con sentido crítico. No se trata de prohibir ni de permitir indiscriminadamente, se trata de regular inteligentemente porque las prohibiciones absolutas suelen ser inútiles.
Además, esta discusión conecta de manera directa con algo mucho más grande: la Visión Santander 2050. Allí, una de las misiones estratégicas pone el foco precisamente en la educación y el talento humano como motores de transformación regional.











