Indigna y preocupa que el actual alcalde se hubiese hecho elegir con la promesa de brindar soluciones en materia de seguridad y que, hasta ahora, no haya presentado mayores resultados. De hecho, todo lo contrario: como lo titulaba la editorial de Vanguardia de hace un mes, ya «nadie se siente seguro en el Área Metropolitana» (leer aquí).
A pesar de los esfuerzos de las autoridades por proyectar una imagen de control y de seguridad, la realidad que se vive en las calles de Bucaramanga revela algo distinto. Mientras que los delincuentes andan a sus anchas y sin mostrar el mínimo temor por la policía, la ciudadanía se ve obligada a vivir en un constante estado de zozobra e impotencia sin atreverse, por ejemplo, a salir de noche en varios barrios de la ciudad.
Se trata, ciertamente, de «una problemática que viene de tiempo atrás» –para decirlo con la insulsa jerga de los funcionarios locales–. Sin embargo, indigna y preocupa que el actual alcalde se hubiese hecho elegir con la promesa de brindar soluciones en materia de seguridad y que, hasta ahora, no haya presentado mayores resultados. De hecho, todo lo contrario: como lo titulaba la editorial de Vanguardia de hace un mes, ya «nadie se siente seguro en el Área Metropolitana» (leer aquí).
Va uno a ver las judiciales de Bucaramanga y se encuentra con que, en tan solo siete días, se han cometido los mismos crímenes que se cometen en otras ciudades en todo un trimestre. Hay hurtos y raponazos (ver aquí); tiroteos en parques públicos con saldos mortales (aquí la noticia); ajustes de cuentas sanguinarios (ver aquí); homicidios (ver aquí) y más homicidios (otro más); sicariato (ver noticia) y más sicariato (ver acá). ¿Y la violencia intrafamiliar? En aumento (nota aquí). ¿Y las extorsiones? Presentes (aquí la noticia)
En Nueva York, en Medellín, en Los Ángeles, en Bilbao, en Glasgow y Copenhague se han probado políticas y estrategias diversas para reducir de manera exitosa la criminalidad. En algunos lugares primó más la represión efectiva del crimen, mientras que en otros se le dio prioridad a las estrategias de prevención social. También las hubo que combinaron ambas. Lo cierto es que todas estas ciudades hoy le pueden dar ejemplo al mundo en esta materia. Bucaramanga no.
Ahora bien, si el común denominador de Copenhague, Glasgow, Nueva York, etc., es que sus funcionarios se pusieron a trabajar duro cuando tocaba, no implicándose a medias sino completamente en la solución de un problema tan importante, en Bucaramanga, sin embargo, han sido la mediocridad y la superficialidad las que han llevado hasta ahora la batuta.
Es evidente que la lucha contra la delincuencia en una ciudad como esta toma su tiempo. Hay que diseñar e implementar estrategias integrales que aborden las causas profundas de la criminalidad. Y esto, naturalmente, no se consigue de la noche a la mañana. Con todo, la sensación que uno percibe en la calle es la de que esta alcaldía nunca tuvo idea de cómo solucionar realmente «el terrible flagelo» –para seguir con su jerga–.
La inseguridad de Bucaramanga es pésima para los negocios, para la calidad de vida, para la imagen de la ciudad a nivel nacional e internacional, para la confianza en las instituciones, para el presente, para el futuro, para la niñez, para la vejez, y, en fin, para todo.
¿Y qué ha hecho esta alcaldía? Como decía el otro día el taxista que me recogió en el aeropuerto: «¿La alcaldía? No, mi chino, la alcaldía no ha hecho un soberano sieso».











