Colombia en los últimos cinco años ha visto reducir el número de nacidos vivos en un 31%, un dato cercano al promedio del AMB que se ubica en -29%; con reducciones superiores en Bucaramanga y Floridablanca (-36%).
Parte de la conversación nacional de las últimas semanas tiene que ver con la reducción de nacimientos en el país. Sea esta una oportunidad valiosa de aterrizar esta información a la realidad del área metropolitana de Bucaramanga (AMB) y explorar algunas circunstancias asociadas que nos invitan a una reflexión colectiva.
Colombia en los últimos cinco años ha visto reducir el número de nacidos vivos en un 31%, un dato cercano al promedio del AMB que se ubica en -29%; con reducciones superiores en Bucaramanga y Floridablanca (-36%).
Mucho se ha dicho sobre las consecuencias de esta tendencia: impactos en el sistema de salud, en la sostenibilidad de las pensiones, en la dinámica educativa y en el mercado laboral. Sin embargo, poco se ha discutido sobre las razones detrás de esta decisión colectiva: ¿Qué motiva a tantas mujeres a tener solo un hijo o posponer e incluso renunciar a la maternidad?

Una mirada honesta nos lleva a reconocer las condiciones estructurales que siguen moldeando la vida de las mujeres en el AMB y, sin temor a decirlo, influyen directamente en decisiones tan trascendentales como la maternidad, entre ellas: menor participación en el mercado laboral (hombres: 74% - mujeres: 56%); menor tasa de ocupación (hombres: 68% - mujeres 51%), doble trabajo en labores de cuidado no remunerado (hombres: 4,6 horas - mujeres: 8,1 horas); mayores niveles de pobreza (hombres: 30% - mujeres: 32%); mayor brecha salarial (los hombres en general ganan 15% más que las mujeres al desempeñar el mismo trabajo) que, además, se profundiza con la edad de las mujeres en una especie de “penalización” al género, entre otras tantas circunstancias.
Ser madre, en este contexto, implica entonces enfrentar oportunidades ya de por sí escasas e incluso renunciar a mejoras laborales, académicas y personales. Si a esto sumamos el costo creciente de la vida y la ausencia de políticas efectivas de cuidado, la decisión de postergar o renunciar a la maternidad se vuelve más comprensible.
Ante este panorama, resulta pertinente preguntar ¿qué municipio del AMB está abordando este desafío con una estrategia clara, presupuesto asignado, metas definidas e indicadores de seguimiento a corto y largo plazo? La realidad es que, hasta ahora, ninguno ha asumido esa tarea con la seriedad y profundidad que la situación exige.
El debate demográfico no puede separarse de las condiciones cotidianas que enfrentan las mujeres. Si no incorporamos una perspectiva de género en el diseño de las políticas públicas, seguiremos haciendo diagnósticos incompletos y soluciones ineficaces.
Las mujeres debemos sentir que ser madres no significa poner en pausa la vida. Solo así, tal vez, esta decisión, podrá ser verdaderamente libre.










