En esta Pascua conviven el duelo por el fallecimiento del Papa Francisco -a quien dediqué estas líneas hace un par de semanas-, y la celebración del día del idioma y las palabras.
La relación del lenguaje con el proceso de pensamiento está estudiada pero aún poco comprendida. Pensamos con palabras, diríamos los legos, para resumir. Nuestra consciencia –o “discernimiento”- fluye o se mueve, según un texto de William James (1842) que quiso compartirnos un maestro de yoga “Como la vida de un pájaro, parece una alternancia de vuelos y posados” (Principios de Psicología, W. James, 1890). El ritmo del lenguaje permite entender ese planteamiento, dice James: cada idea se expresa en una frase que se cierra con un punto; los descansos del vuelo se ocupan con ‘imaginaciones sensoriales’ y las fugas se llenan con comparaciones entre materias contempladas. Meditar quizás sea aprender a contemplar y percibir, sin más, para aquietar la mente y su parloteo y, así, pasar a estar atentos y consientes.
En esta Pascua conviven el duelo por el fallecimiento del Papa Francisco -a quien dediqué estas líneas hace un par de semanas-, y la celebración del día del idioma y las palabras. Francisco, dicen sus cercanos, utilizaba frecuentemente la palabra ‘discernimiento´, incluso en sus documentos, para definir su proceso interior; un instrumento de reflexión tan jesuítico y tan ignaciano, que ahora también es “bergogliano”. Discernir a la manera de los jesuitas y de Francisco es mezclar ‘lo racional’ y ‘lo espiritual’, lo racional sin abstracciones, con lo espiritual sumergido en lo concreto, dejándose habitar por el Espíritu Santo, dice uno de los clérigos cercanos a Francisco. En ‘lo racional’, están las palabras. Lo espiritual, es quizás intuitivo.
Pero las palabras en el catolicismo han hecho crisis. El lenguaje es anticuado, ajeno a la realidad, tan anquilosado que, en vez de abrir los corazones a la espiritualidad, termina repeliéndolos o en el mejor de los casos distanciándolos. Lo reconoce la curia, los sacerdotes. Francisco en sus intervenciones espontáneas y sencillas conectó a muchas más personas, trajo al rebaño a ovejas descarriadas o perdidas (agnósticos, ateos, pecadores y apartados por desinterés), o al menos las empatizó con la cristiandad. Su afable interlocución con periodistas en sus viajes, sus charlas con jóvenes, artistas y gente común, estaban mucho más inundadas de espiritualidad contemporánea, cercana e íntima, que sus documentos oficiales. Pero si bien todos concuerdan en el problema del lenguaje, el periodista vaticanista Andrea Tornielli (1964) lo resumió de manera profunda cuando señala en charla con el novelista Javier Cercas: “El problema es más profundo: el problema es que la fe se comprende solo a través del testimonio. Así que es una cuestión de palabras, pero aún más de vida. Y a veces las palabras no son tan importantes”. Y creo yo, Francisco fue un campeón de palabras y actos, simples, pero profundamente espirituales.












