El área metropolitana de Bucaramanga necesita con urgencia apuestas en infraestructura, renovación urbana, turismo, cultura, transporte multimodal y economía del conocimiento. Sin ellas, el ciudadano metropolitano queda atrapado entre la necesidad y la improvisación.
Colombia celebra, con cierta euforia, una de las tasas de desempleo más bajas de los últimos años. Según el DANE, en marzo de 2025 el desempleo nacional se ubicó en 9,6%, el nivel más bajo desde 2017. El área metropolitana de Bucaramanga ha sido destacada por presentar una de las tasas más reducidas del país: 8,4% en el trimestre noviembre-enero.
Pero hay un problema que no se ve a simple vista: el desempleo ha bajado, sí, pero no porque haya más empleos dignos, sino porque cada vez más personas han tenido que rebuscársela en la calle. Lo que baja no es el desempleo estructural, sino el umbral de lo que consideramos empleo.
El truco está en cómo se mide. Las estadísticas consideran ocupada a cualquier persona que haya trabajado al menos una hora remunerada a la semana, sin importar si ese trabajo tiene seguridad social, estabilidad, ingresos suficientes o derechos laborales. En ese contexto, vender tintos en un cruce vial o hacer algunos domicilios en moto ya cuenta como estar “empleado”.
La informalidad laboral sigue siendo la regla. En el total nacional, el 57,7% de los trabajadores ocupados se ubican en esta categoría. Y aunque en el área metropolitana ha habido una leve disminución (43,1%), sigue siendo una de las zonas urbanas con mayor índice de trabajadores por cuenta propia y emprendimientos de subsistencia. Es decir, menos desempleo, pero más vulnerabilidad.
Esa informalidad no solo es un problema económico. Es el cáncer del espacio público. Lo desordena, lo privatiza, lo fractura. Lo convierte en campo de batalla entre la necesidad y el desgobierno. El espacio público metropolitano, que debería ser un escenario de convivencia y equidad, termina siendo el refugio de una informalidad tolerada como única alternativa para miles de ciudadanos.
A esto se suma otro agravante: la ausencia de proyectos estratégicos metropolitanos que dinamicen la economía, generen empleo formal y estructuren un modelo de desarrollo sostenible. El área metropolitana de Bucaramanga necesita con urgencia apuestas en infraestructura, renovación urbana, turismo, cultura, transporte multimodal y economía del conocimiento. Sin ellas, el ciudadano metropolitano queda atrapado entre la necesidad y la improvisación.
El FMI lo ha advertido: “la informalidad es una válvula de escape para las economías latinoamericanas, pero mantiene el ciclo de pobreza y precariedad”. Y el Banco Mundial lo confirma: “donde crece la informalidad, se estanca el desarrollo”.
Celebrar una baja del desempleo sin preguntarnos qué tipo de ciudad-región estamos construyendo es una irresponsabilidad. El ciudadano metropolitano merece más que cifras: necesita visión, orden y liderazgo. De lo contrario, seguiremos confundiendo rebusque con empleo, y ocupación con dignidad.










