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Sábado 24 de mayo de 2025 - 12:05 AM

¿Todo pasa?

Todo cambia rápido; nada parece permanecer. Pesa demasiado el ‘ya’; todo rapidito y sin esfuerzo. Prima la inmediatez, el rédito instantáneo y si no, adelante a lo que sigue.

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Todo cambia rápido; nada parece permanecer. Pesa demasiado el ‘ya’; todo rapidito y sin esfuerzo. Prima la inmediatez, el rédito instantáneo y si no, adelante a lo que sigue. Nadie quiere ir de a poco para llegar lejos, “… todo cambia, todo trae fecha de caducidad. Maldito presente absoluto que se nos ha instalado dentro, como un intruso, ocupando las estancias de la memoria y la esperanza con su ‘ahora’ cargado de exigencias”, dice un texto bellísimo del cura Olaizola S.J. (1970). Solo hay presente, pasado ido y futuro incierto, dicen en TikTok.

En la trastienda de esa urgencia está la pregunta más humana: ¿esto se acaba aquí o sigue en otro plano? Las religiones y la filosofía ensayan. Invoco en simplísimo esquema solo dos perspectivas: el cristianismo acude a la esperanza, la promesa de un futuro de gloria en el más allá; el budismo pone dos sellos al Dharma, la ´impermanencia´ y la ausencia de existencia aislada, es decir la aceptación de todas las cosas como cambiantes y solo existentes en cuanto venidas de y yendo hacia algo. Cada visión ayuda a maromear con los tres balones de la vida: pasado, presente y futuro.

El imperio del ‘ya’ podría ser una de las ‘psicopatías de las nuevas tecnologías’, como las llama el filósofo italiano Umberto Galimberti (1942). Por ejemplo, dice Galimberti que el contacto fácil, inmediato, estimula ‘la angustia del anonimato’, pues nos distrae de sentirnos bien en soledad; cada quien solo existe si otro contacta con él. Y al extirparnos el silencio y reemplazarlo con el barullo de Instagram y WhatsApp, perdimos la capacidad de conectarnos con nuestro propio ser; padecemos “la pérdida del mundo interior”.

Quedamos sin tiempo para decantar lo que nos ocurre adentro (el amor, por ejemplo) y tenemos que reaccionar ya, improvisando sentimientos e ideas. Las maquinas finalmente hacen todo más rápido.

El acontecer lo dicta el ciberespacio, entonces debemos respirar y sobrevivir ahí. El desarrollo digital y de la IA son inevitables, pero no por ello mejores para nosotros los humanos, todos. Vivir ya, tal vez sí, pero sin que la plenitud del presente se engulla la posibilidad del futuro. Debemos perseverar en encausar el porvenir. Y ser memoriosos del pasado común, para no repetir nuestras estupideces de fragmentar la especie en categorías que nos arrojan a la casillas de los cualificados o los excluidos. Nadie se salva solo, es la moraleja de El Eternauta (Netflix).

La escuela y la casa deben entrenar para las pausas, el pensamiento crítico y la mirada honesta entre congéneres y dentro de sí mismos. Ahora más que nunca importa saber del pasado para planear un futuro humanizado, o sea apto para nuestra especie.

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