Si hay un lugar en donde cualquier periodista quisiera formarse es este, porque el vértigo con el que ocurren las noticias, poco tiempo deja para la reflexión y demasiado para que corra la adrenalina.
Hay semanas en las que hilar una opinión para escribir esta columna se torna difícil. La mayoría de ocasiones se necesita tan solo de una chispa que, de una vez, enciende la inspiración y de ahí, derecho, el tema se resuelve. Pero hay otras, como en esta, que suceden tantos hechos alrededor que se complica separar la paja del trigo.
Ya lo he dicho en varias oportunidades: si hay un lugar en donde cualquier periodista quisiera formarse es este, porque el vértigo con el que ocurren las noticias, una tras otra, poco tiempo deja para la reflexión y demasiado para que corra la adrenalina. En Colombia un bostezo en el oficio de la reportería resulta un lujo, por ejemplo, cuando la entrega del niño Lyan Hortúa, secuestrado en Jamundí, departamento del Valle, que desató la lógica condena y sentimiento de solidaridad, terminó siendo una historia tenebrosa con un epílogo digno de una narconovela escrita por Gustavo Bolívar, extraviado ahora en la política. Con tan solo escuchar que en el caso se cruzan alias como el ‘mochacabezas’ o la ‘barbie Vanessa’, en un saldo de cuentas entre mafiosos, es surrealista. Quizás lo que le ha hecho falta a este país es un libretista en la presidencia, siempre y cuando los desvaríos del último Aureliano no se lo impidan.
No acabábamos de procesar esta historia cuando escuchamos que el ministro de Salud Guillermo Alfonso Jaramillo, nada menos, propuso en una de las tantas mesas que se han inventado para prolongar la agonía del sector que representa el cirujano cardiaco pediatra, que dejáramos de consumir cerveza para beber chicha o guarapo y que la plata la guardáramos bajo el colchón para evitar los bancos. Qué bien ministro, cómo no se nos había ocurrido antes, quizás así combatimos mejor enfermedades como la diabetes e hipertensión y terminamos de rematar a la DIAN con su invitación a evadir impuestos. Brillante.
Luego, cuando ya se venía el fin de semana nos enteramos que un expresidente de la Cámara de Representantes, David Racero, resultó envuelto en un -otro- escándalo por presunto clientelismo y tráfico de influencias -nada nuevo bajo el sol- en el SENA, a pesar de ‘representar’ como militante del Pacto Histórico el tan anhelado cambio. Claro, pero de pillos.
Y ¡al fin! ayer sábado y hoy el encargado en funciones presidenciales es el comunicador social Armando Alberto Benedetti Villaneda, ese ‘pulquérrimo’ funcionario que no sé en que momentos graduamos de ‘operador político’, a lo mejor para resumir en dos palabras todo lo extravagante y siniestro que representa quien este domingo ostenta semejante dignidad. ¿O indignidad? A estas alturas, como en el caso del trigo y la paja, se nos confunde lo uno con lo otro.










