El feminismo busca la igualdad entre todas las personas. Por eso, lucha por acabar con el patriarcado que oprime a mujeres y hombres de formas distintas
En los últimos meses, la “epidemia de soledad” de los hombres ha estado ocupando las redes sociales, noticias y conversaciones.
El término nombra un aumento significativo en el porcentaje de hombres que reportan no tener amigos cercanos, no hablar con nadie sobre sus problemas personales, ser involuntariamente solteros, y sentirse frustrados con su vida actual y sus prospectos futuros.
Ante esta situación, muchos se refugian en la manosfera (del inglés manosphere), espacios virtuales donde se difunden ideas misóginas, racistas y xenofóbicas. Estos espacios resultan atractivos porque les ofrecen una narrativa simple y emocionalmente poderosa: culpan de su malestar a un “feminismo radical” que supuestamente ha llegado demasiado lejos y ahora lidera una cruzada contra los hombres.
Es decir, plantea como causa lo que en realidad es la solución del problema.
El feminismo no ataca a los hombres, busca la igualdad entre todas las personas.
Por eso, lucha por acabar con el patriarcado, un sistema que oprime a mujeres y hombres de formas distintas pero interconectadas: la misma lógica que dice que las mujeres deben cuidar del hogar y los hijos, es la que enseña a los hombres que no pueden llorar, mostrarse vulnerables o pedir ayuda.
No son las mujeres (ni los migrantes, ni los gays con hijos, ni mucho menos las personas trans) quienes condenan a los hombres a la soledad y al resentimiento: es el patriarcado. Mientras las mujeres nos liberamos poco a poco de sus mandatos, muchos hombres siguen atrapados en la jaula de una masculinidad rígida que les impide cuidar su salud mental, cultivar amistades profundas, y asumir el trabajo doméstico y tener responsabilidad emocional que las mujeres jóvenes están buscando en sus parejas y raramente encuentran.
Como dije en otra columna, no se trata de una “guerra de los sexos”, sino de identificar nuestro enemigo común: el patriarcado, ese sistema que encasilla a todo el mundo en roles y expectativas rígidas e irrealistas, haciéndonos a todos personas más frustradas, solitarias e insatisfechas.
Por eso, no podemos comernos el cuento. El feminismo no es la causa de esta “epidemia”, es su cura y antídoto.










