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Columnistas
Jueves 29 de mayo de 2025 - 12:21 AM

¿Libertad de expresión o licencia para la estupidez?

La libertad de expresión, aunque protegida por la Constitución, no autoriza a decir cualquier cosa. Tiene límites: el respeto, la veracidad y el bien común.

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Desde que existen las redes sociales, se nos ha vendido una peligrosa ilusión: opinar es un derecho absoluto, sin necesidad de conocimiento, contexto ni responsabilidad. Basta un teclado, algo de audacia —y a veces, mucha ignorancia— para pontificar sobre política, justicia o derechos de las mujeres. Opiniones vacías, o malintencionadas, que no solo buscan ser escuchadas: exigen ser validadas.

La libertad de expresión, aunque protegida por la Constitución, no autoriza a decir cualquier cosa. Tiene límites: el respeto, la veracidad y el bien común. Sin embargo, muchos la invocan hoy como licencia para la estupidez. Emiten juicios sin sustento y comentarios que, lejos de enriquecer el debate, lo degradan.

En 1509, Erasmo de Rotterdam, en su Elogio de la locura, satirizó a quienes, creyéndose sabios, pontificaban sin entender su propia mediocridad, opinando desde la vanidad y no desde la lucidez. Quinientos años después, el panorama no ha cambiado tanto… salvo que ahora esas mismas personas tienen Wi-Fi.

Lo más inquietante no es que proliferen las opiniones insensatas, sino que les otorgamos valor. Permitimos que el juicio infundado, el prejuicio y la ignorancia disfrazada de certeza moldeen discursos públicos, decisiones personales y estados de ánimo colectivos.

Y no hablamos solo de ignorancia. Como explicó Carlo M. Cipolla, historiador italiano, la estupidez tiene leyes propias. Según él, una persona estúpida es aquella capaz de causar daño a otros sin obtener ningún beneficio, e incluso perjudicándose a sí misma. Su análisis, publicado como sátira, se transformó en una advertencia lúcida: la abundancia de estúpidos —y su acceso al poder político, económico o institucional— representa una amenaza real. Hoy, en tiempos donde la estupidez se viraliza, sus palabras cobran una vigencia inquietante.

Lo vemos a diario: discursos que se propagan sin freno, ataques personales disfrazados de “opinión libre”, y mentiras que se divulgan con facilidad. Esa forma de estupidez actúa como un contagio social: invasivo, persistente y profundamente corrosivo.

No se trata de blindarse ante toda crítica ni de creer que la lucidez nos vuelve superiores. Se trata de recuperar el pensamiento crítico, el humor inteligente, la capacidad de distinguir entre una opinión que construye y otra que solo pretende rebajar. De no olvidar que pensar implica esfuerzo; opinar, en cambio, apenas exige atrevimiento.

Ha llegado el momento de entender que no toda voz merece eco. Que la libertad de expresión no puede convertirse en coartada para la estupidez verbal. Y que el derecho a hablar no garantiza el derecho a ser tomado en serio.

Porque, al final, lo que define al estúpido no es su ignorancia, sino la arrogancia con que la exhibe. Y lo más alarmante: cada vez más, la confundimos con libertad de expresión.

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