El potencial de Santander para diversificar su matriz energética es notable. Existen recursos significativos en energía solar, en pequeñas centrales hidroeléctricas y en biomasa, sin mencionar un ecosistema de más de 200 negocios verdes en expansión. Sin embargo, este potencial no se ha aprovechado a escala suficiente.
Por años, santander ha sido protagonista en el panorama energético nacional gracias a su robusta actividad en hidrocarburos. sin embargo, ante el escenario global de descarbonización, el departamento enfrenta hoy el enorme reto —y la oportunidad— de reinventarse.
La transición energética no es solo una meta ambiental; es una apuesta por la competitividad futura, la resiliencia económica y la soberanía energética del país. Pero esta transición debe hacerse con visión territorial y, sobre todo, con realismo estratégico.
El potencial de Santander para diversificar su matriz energética es notable. Existen recursos significativos en energía solar, en pequeñas centrales hidroeléctricas y en biomasa, sin mencionar un ecosistema de más de 200 negocios verdes en expansión. Sin embargo, este potencial no se ha aprovechado a escala suficiente. Además, el departamento cuenta con una biodiversidad excepcional y un papel clave en la conectividad ecosistémica del país, lo que refuerza la necesidad de un enfoque de desarrollo sostenible.
Ahora bien, la transición energética no es gratuita. Requiere investigación aplicada, infraestructura, incentivos regulatorios, modernización de la industria y, especialmente, inversión intensiva en innovación y tecnología. ¿De dónde saldrán esos recursos? Aquí es donde entra una verdad incómoda: los ingresos derivados de la explotación de hidrocarburos, aunque en declive, siguen siendo fundamentales para financiar esta transformación.
Renunciar abruptamente a la explotación petrolera sin tener aseguradas las fuentes de financiamiento alternas no es una muestra de compromiso ambiental, sino de imprudencia económica. Santander necesita aprovechar su infraestructura existente y su experiencia en el sector extractivo para canalizar parte de esos recursos hacia una transición gradual, justa y soberana. No se trata de frenar el cambio, sino de hacerlo posible.
Así mismo, esta visión territorial implica reconocer que hay municipios cuya economía depende fuertemente de los sectores extractivos. Para ellos, la transición debe ofrecer alternativas concretas y viables, no solo promesas de transformación sin respaldo económico ni técnico. De igual manera, es imperativo fortalecer la conectividad rural, cerrar brechas de acceso al conocimiento y escalar soluciones como la autogeneración energética, las prácticas agroforestales y el turismo sostenible.

Y hay que meterle muchas neuronas al tema. Aplaudo mucho la idea de que se esté pensando en un Centro de Excelencia Educativa para la Transición Energética.
En una visión al 2050, Santander puede y debe liderar la transición energética del país desde los territorios. Pero hacerlo exige abandonar los discursos maximalistas y adoptar una mirada estratégica y pragmática, sin dogmatismos ideológicos. Transitar hacia energías limpias es una obligación con el futuro, sí, pero financiar esa transición con los recursos actuales del petróleo es una necesidad del presente.











