No es casualidad que el presidente haya hecho de la Espada de Bolívar un símbolo de su mandato. Pero esta espada, que alguna vez liberó pueblos, hoy es blandida como fetiche de poder, no como herramienta de justicia.

Jesús dijo alguna vez una frase que incomoda tanto a creyentes como a incrédulos: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.” (Mateo 10:34). Sus palabras no son una incitación al conflicto, sino una advertencia sobre el costo de vivir con integridad: la verdad divide. No todo lo que se disfraza de “unidad” es justo, y no toda división es mala. A veces, dividir es el precio de defender lo correcto.
Traigo esta reflexión no porque se deba comparar a Jesús con el presidente —sería un absurdo ofensivo— sino porque el primer mandatario actúa como si fuera un mesías, pretendiendo que su voz encarna la redención del pueblo y que quienes lo contradicen son enemigos del bien común. Ese mesianismo político envuelto en discursos de “paz total” y “unidad popular”, es en realidad una estrategia de división calculada para mantenerse en el poder.
Hoy, Colombia está profundamente fragmentada. La supuesta “unidad nacional” que proclama el Gobierno es apenas una fachada para someter la conciencia crítica. Se invoca la “paz” para silenciar la oposición; se utiliza la palabra “pueblo” para enfrentar a empresarios con trabajadores, a regiones entre sí, a la prensa con la ciudadanía. A diferencia de la espada de Jesús, que nace de la integridad, la del presidente lo hace de la conveniencia.
Prueba de ello es la reacción oficial tras el atentado a Miguel Uribe. El gobierno aprovechó el ataque para encabezar un llamado a una “unidad nacional” que, en realidad, es oportunista. Bajo el lema de “unidos contra la violencia”, se persigue la crítica y se justifica la polarización permanente.
No es casualidad que el presidente haya hecho de la Espada de Bolívar un símbolo de su mandato. Pero esta espada, que alguna vez liberó pueblos, hoy es blandida como fetiche de poder, no como herramienta de justicia.
Frente a esto, los ciudadanos que creemos en la libertad, la democracia, la propiedad privada y la moral pública, no podemos caer en la trampa de esa falsa unión. Unirnos a cualquier precio, no es construir país: es rendirnos al relato oficial. Y en esta lucha moral, el cristianismo no puede ser neutral. Callar ante la manipulación del lenguaje, ante el desprecio por la legalidad, es traicionar lo que decimos creer.
Sí, hay espadas que, aunque duelan, cortan para sanar. Y si nos tenemos que dividir, dividámonos de lo que no respeta al otro, de lo que mata, de lo que incita a la violencia, de lo que inventa narrativas de ficción, de lo que cierra los ojos ante un país inseguro, inequitativo y olvidado por sus dirigentes. Esa es la división que vale la pena: la que defiende principios, no conveniencias.










