Ante la expansión armamentista, ningún país está mejor posicionado que Estados Unidos. Además de su papel como aliado estratégico, el país es el proveedor que concentra el 43 % de las exportaciones del sector en el mundo.

Quienes en la última década pronosticaron el fin de la hegemonía norteamericana —entre ellos, entusiastas del mundo multipolar y del ascenso chino— deben estar replanteando esa idea. Mientras gran parte del mundo pospandémico enfrenta déficits, inflación y estancamiento, Estados Unidos parece haber encontrado una fórmula para crecer: blindar al mundo y cobrar por ello.
La “Guerra de los 12 días” —nombre que el propio Trump usó para describir el cierre del conflicto entre Irán e Israel— coincide con el debate en la cumbre de la OTAN en La Haya, donde se propone elevar el gasto en defensa del 2 % al 5 % del PIB antes de 2035. El bloque duplicaría su gasto actual, alcanzando más de 2,5 billones de dólares, seis veces el PIB de Colombia.
El 3,5% del PIB de los Estados Unidos se destina al gasto militar, una proporción superior al promedio del resto de países de la OTAN (2,5%). Con un PIB cercano a los 27 billones de dólares, cada punto porcentual adicional representa cientos de miles de millones en contratos, infraestructura y desarrollo tecnológico. El rearme global no solo refuerza su influencia, también expande su base económica.
Ante la expansión armamentista, ningún país está mejor posicionado que Estados Unidos. Además de su papel como aliado estratégico, el país es el proveedor que concentra el 43 % de las exportaciones del sector en el mundo. En 2023, derivado del temor a la guerra ruso-ucraniana, alcanzó un récord de 318.700 millones de dólares en ventas. Si logra mantener su participación tras el aumento del gasto al 5 %, sus ingresos podrían cuadruplicarse en la próxima década.
Además, en mayo, Estados Unidos firmó con Arabia Saudita un acuerdo por 600.000 millones de dólares. De ese total, 142.000 millones corresponden a ventas directas de armas, según la Casa Blanca, el mayor acuerdo de este tipo. El resto se destinó a centros de datos, aviación, sanidad y minerales críticos en suelo estadounidense.
Desde esta perspectiva, lo que emerge es una versión contemporánea del keynesianismo armado. Los Estados estimulan la economía no mediante la construcción de hospitales o escuelas, sino a través de la compra de drones, radares y sistemas hipersónicos. El impacto en el PIB y el empleo puede ser similar pero el destino del gasto y, sobre todo, sus implicaciones éticas, son muy diferentes.
Mientras Europa debate sobre sus reglas fiscales, inflación o dependencia energética, Estados Unidos crece vendiendo seguridad y protección. Su cliente es un mundo inestable, Trump lo entendió antes que nadie, basta con administrarlo y convertirlo en demanda. Una fórmula que mezcla la fuerza, la industria y la diplomacia. La economía global ha comenzado a girar alrededor de la defensa y la seguridad, poco a poco, se consolida como un activo en crecimiento en el nuevo orden global.










