Si alguien entiende lo que significa una ruptura de tal nivel en un país como Colombia, es el doctor Leyva. Recorrió los territorios más duros del conflicto, escuchó de primera mano los testimonios del horror y conoce bien el precio de la guerra.

Para quienes consideramos que la paz es un principio ético, el doctor Álvaro Leyva representaba un verdadero hombre de Estado. De esos que suelen anteponer sus intereses, su carrera e incluso su propia vida por el bien de la nación. Fue un paladín godo de la paz, capaz de romper con su glorioso Partido Conservador cuando esté decidió apartarse de la salida negociada al conflicto. Su compromiso con aquella idea lo llevó a transitar un camino en solitario, a asumir costos personales y políticos en nombre de una causa que consideraba irrenunciable. Fue ese hombre, de ética insistente, el que logró ganarse el respeto incluso de quienes desde orillas distintas reconocían su coherencia.
El doctor Leyva es un rostro profundamente familiar para todos los colombianos. Su voz fue habitual en la radio, en la televisión, en comunicados oficiales. Cada vez que el país se asomaba a un intento de paz, su nombre se volvía a escuchar de inmediato. Era casi una fórmula nacional. Había que negociar, y entonces se llamaba por teléfono a monseñor, se pedía permiso a Washington y a Cuba, se traía una bandera blanca, una del tricolor, dos palomas, un par de sillas —ojalá no vacías— y, por supuesto, se redactaba una carta formal dirigida a Sir Leyva Durán. Participó en todos los gobiernos, o bueno, casi todos. Se volvió parte del inventario, asumió tareas difíciles, y logró mantenerse vigente, incluso cuando los vientos no le eran favorables.
Tal vez por eso el desconcierto ha sido mayor. Porque no se trata de un recién llegado ni de un político marginal. Las grabaciones relevadas por el diario español El País, en las que habla, nada más y nada menos que, sobre la empresa de remover al presidente de la República con respaldo extranjero, no pueden ser consideradas como simple conversación de inconformes, se habla de activar redes internacionales, de ofrecerle a Estados Unidos un liderazgo “decente”, se menciona un pacto con grupos armados para garantizar gobernabilidad tras la salida de Petro. No es solo grave por lo que dice, sino por quién lo dice. Porque proviene de quien, durante años, fue símbolo de legalidad, diálogo y respeto al orden institucional.
Si alguien entiende lo que significa una ruptura de tal nivel en un país como Colombia, es el doctor Leyva. Recorrió los territorios más duros del conflicto, escuchó de primera mano los testimonios del horror y conoce bien el precio de la guerra. Por eso resulta imperdonable que, sabiendo todo eso, se haya prestado para propiciar un escenario que podría habernos abocado a otro ciclo de violencia interminable. En alguien con esa trayectoria no hay espacio para la ingenuidad. Hay una responsabilidad agravada. Leyva dejó de ser un hombre de Estado para convertirse en el hombre que intentó —por frustración, descontento, rabia, prepotencia o desencanto— golpear al Estado que él mismo ayudó a construir.










