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Viernes 11 de julio de 2025 - 01:00 AM

Y sin embargo… se mueve

A Galileo Galilei, en el Siglo XVII, lo obligaron a retractarse públicamente sobre su teoría de que la Tierra giraba alrededor del Sol. Eran los años de la Inquisición y sostener esta idea podía costarle la vida.

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A Galileo Galilei, en el Siglo XVII, lo obligaron a retractarse públicamente sobre su teoría de que la Tierra giraba alrededor del Sol. Eran los años de la Inquisición y sostener esta idea podía costarle la vida. Dicen que, luego de aceptar en voz alta lo que no creía, se levantó y miró al tribunal murmurando “Y sin embargo… se mueve”. Una forma sutil de recordar que la verdad no obedece a los caprichos de los poderosos. Aunque por temor a morir en la hoguera, negara su hallazgo, el planeta seguía girando. La realidad, tarde o temprano, se impone, y la historia le daría su lugar.

Algo similar ocurre en Colombia, donde, aunque no hay un tribunal inquisidor, sí existe una extraña obstinación por negar los hechos cuando estos contradicen la narrativa del desastre. Aunque las cifras del país muestran avances, persiste el empeño por insistir en la idea de que todo va mal. Es como si reconocer lo que está bien —y que debería ser motivo de alegría— debilitara políticamente a quienes han hecho de la desesperanza su lugar común, ese en el que se regocijan y vaticinan siempre lo peor.

Pero analicemos si es cierto que el país no se mueve. Los economistas entendemos que el ruido político puede alterar la percepción, pero las cifras no suelen mentir. A mitad del 2025, el crecimiento económico se ubicó casi en el 2,7%. La inflación —indicador que reporta el aumento general de precios y que afecta directamente el bolsillo de los ciudadanos— bajó al 4,8 %, acercándose a la meta trazada por el Banco de la República. Esto anticipa una posible reducción en la tasa de interés, lo que a su vez impulsaría la inversión y el consumo. El desempleo, por su parte, llegó al 9%, la cifra más baja en dos décadas. Claro, aún persiste el enorme reto de superar la informalidad, pero negar los avances sería, al menos, deshonesto.

No son cifras, por supuesto, para salir juntos a celebrar a las calles. Pero tampoco vivimos en el apocalipsis permanente que algunos promueven. Las cosas no son perfectas, quizá nunca lo serán en un país como el nuestro, pero están funcionando. Quiera usted o no al presidente Petro, los datos están ahí, necios y persistentes, recordándonos que, al menos por ahora, hay razones legítimas para sostener un optimismo moderado, uno que no ignora los problemas, pero tampoco se avergüenza de aceptar que algunas cosas marchan bien.

¿Y a quién hay que reconocerle que esto marche, aunque no sea perfecto? Por supuesto, a la política económica del país, pero sobre todo a la gente, como siempre. A quienes madrugan, abren el negocio, manejan el bus, siembran, enseñan, reparan, venden, compran, crean o crían. No es un modelo milagroso ni una fórmula mágica, es el coraje lo que sostiene este país que, contra todo pronóstico, no se desploma. La economía no se define por la crudeza del debate político, sino por los millones de colombianos que no tienen tiempo para odiar, están demasiado ocupados viviendo. La actividad no se detiene, el país trabaja. La política puede insistir en señalar el abismo, pero la economía, como el planeta, se mueve.

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