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Columnistas
Viernes 17 de julio de 2026 - 01:00 AM

Nunca será solamente un partido

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Lionel Scaloni fue tajante en la previa: “Es un partido de fútbol. No busquemos otra cosa”, intentando bajarle la temperatura a una semifinal que hervía antes del pitazo inicial. Desde el primer minuto se sintió que sería un partido duro. Inglaterra, lógicamente, tenía más fútbol; Argentina tenía más ganas. Esa aritmética solo se entiende en el mejor —y más pasional— de los deportes, que suele darle mayor valor al carácter que a la posesión del balón o a la técnica.

El primer tiempo terminó cero a cero, áspero, con más faltas que ocasiones de gol. Nadie sostenía la mirada y mucho menos extendía la mano para levantar al rival después de una patada. Se jugó con los dientes apretados, como se juegan estos partidos.

Tras el descanso llegó el gol inglés. Y entonces ocurrió lo que tantas veces ocurre cuando las “papas queman”. Inglaterra, en lugar de ir por más, pareció intimidarse ante la capacidad argentina de jugar en cada centímetro de la cancha, de convertir la desesperación en asedio y el asedio en épica. Se replegó, cedió la pelota y, como Robinson Crusoe, se dedicó a organizar el tiempo para sobrevivir.

La pelota siempre al diez. Argentina la movía buscando penetrar la muralla. Messi recibe en tres cuartos de cancha, lateral derecho, levanta la cabeza y asiste a Enzo, quien la controla con la zurda y desde fuera del área remata al arco de Pickford con una comba perfecta. Gol, golazo, el estadio estalla en un grito.

El segundo gol llega en tiempo de adición. La pelota nuevamente al lateral derecho, a los pies de Messi, luego de un zapatazo de Mac Allister que se estrella en el palo. El diez lanza un centro al área chica y, entre las torres de la defensa inglesa, emerge el Toro Lautaro, quien mete un frentazo seco y violento. Pickford vuela, no lo alcanza. Gol de Argentina, locura total en el banco: todos menos Scaloni celebran. Caballero de primera.

El mismo marcador del 86, cuando Maradona, con la Mano de Dios y el Gol del Siglo, sentenció la eliminación de los anglosajones. Cuarenta años después, la historia volvió a rimar: ellos, que inventaron el fútbol —y quizá también la guerra y la conquista—, vieron a la Argentina cobrarse una vez más esa cuota simbólica de soberanía que solo permite la hermosa ficción del balón en los pies.

Luego llegó el pitazo final y, pese a la advertencia de Scaloni, los muchachos que ilusionan al pueblo argentino con la cuarta estrella desplegaron un trapo que decía lo que los protocolos de la FIFA prohíben, pero que cualquiera que vea el mapa reconoce de inmediato: Las Malvinas son argentinas.

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