Nuestra educación se ha estructurado sobre el principio absoluto del respeto hacia todos aquellos valores que socialmente se han impuesto como tales, sin que tengamos siquiera el derecho a cuestionar su bondad o inconveniencia.
Sin embargo, el criterio que hoy tenemos implica culto, obediencia, acatamiento irrestricto, negación de la posibilidad de disentir, en general, condición de sumisión absoluta.
Esto nos lleva a plantear una variante al término, a efectos de precisar que respetar no necesariamente implica aceptar silenciosamente lo que el respetado nos imponga, renunciando al derecho de disentir, criticar o simplemente no aceptar.
El respeto nos obliga a ser corteses, pero jamás puede obligarnos a permanecer callados ante lo que no compartimos o consideramos incorrecto, desde el punto de vista de nuestra personal concepción del mundo; el respeto nos obliga a ser amables, pero jamás a ser sumisos y menos en forma irreflexiva; el respeto nos impone miramientos, pero nunca puede imponernos prosternaciones; por respeto nos adherimos, pero no por ello perdemos el derecho a cuestionar; obedecemos, pero no nos inclinamos; amamos, pero no idolatramos.
Por respeto al jefe, el trabajador se atraganta de injusticia; por respeto al padre, el hijo debe mirar atónito la actitud irracional de aquel; acudiendo al respeto, el gobernante pretende imponer su desadministración como norma de conducta.
El hombre de hoy merece respeto, pero también reciprocidad; quizá ahora, más que nunca, debemos acuñar el principio general de “yo te respeto, pero tú me respetas”.

Sin embargo, frente al irrespeto tampoco podemos responder y, para ello, está la irreverencia, es decir, una forma cortés y amable, pero enérgica, de hacer valer nuestra condición humana.
Los conceptos de edad, dignidad y gobierno, como fundamentos del respeto, no pueden continuar siendo considerados aisladamente de la persona, sino que deben mirarse en relación con el contexto general.
La edad debe apoyarse incondicionalmente, pero solo acatarse si en verdad lo merece. El concepto de dignidad debe revisarse también, pues en el mundo moderno todo hombre tiene su propia dignidad y ninguna es diferente de las demás, si entendemos por tal la consideración que nosotros tenemos de nuestra propia persona. El gobierno solo puede predicarse, no de quien objetivamente lo tiene, eso es administración, sino de quien lo respalda con actitudes éticas y honestas.
Pero, y esto debe quedar claramente definido, el respeto deja incólume el derecho a no tragar entero y es entonces cuando aparece la irreverencia como aquel mecanismo que nos permita discutir lo que de buena fe creemos que no corresponde a las exigencias que se nos imponen.
Debemos ser respetuosos, pero no reverentes, pues mientras lo uno es sometimiento, lo otro aparece como realzamiento de la condición humana.











