En tiempos en los que la incertidumbre pareciera ganarle la carrera a la certeza es refrescante constatar que instituciones antiguas como la universidad, en su sentido más amplio, sigue siendo un baluarte digno de determinación. A pesar de las embestidas que buscan su debilitamiento, resistiendo la furia de la ‘doctrina MAGA’ en el país de las libertades, en donde se ha atacado todo su sistema educativo, hasta el desdén complaciente en el nuestro, que estrecha el acceso a la formación profesional por la terca actitud del gobierno de turno de ideologizar todo lo que pueda.
“Desde sus orígenes, la universidad ha tenido el propósito de defender la verdad, la cual, sabemos, está sujeta a cambios que se dan con el tiempo, pero no podemos renunciar a promover un pensamiento disciplinado que tome distancia de la simple opinión”, afirma Mauricio Nieto Olarte, doctor en Historia de las Ciencias de la Universidad de Londres, en un análisis suyo para El Espectador sobre el papel de la academia en Occidente.
La Fundación Fiedrich-Ebert-Stiftung (FES), un centenario centro de pensamiento político socialdemócrata en Alemania, presentó el informe ‘Porque mañana será bonito: Juventud en Colombia, entre el desencanto del presente y la esperanza de un futuro mejor’, un capítulo de un estudio realizado en catorce países de América Latina y el Caribe titulado ‘Juventudes: asignatura pendiente’, con la participación de veintidós mil personas entre los 15 y 35 años de edad.
Si bien la educación superior, en el caso que nos toca, enfrenta sus propios desafíos, es llamativo que en el documento, el cual tuvo en cuenta a más de dos mil jóvenes en el país, la universidad resulta con el nivel más alto de confianza, seguida de las Fuerzas Armadas y las instituciones religiosas, y por encima de movimientos sociales, organizaciones de la sociedad civil y los medios de comunicación, entre los principales, con un indicador que se acerca al 40 %. En contraste, tan solo a un 16 % le representa un nivel bajo o muy bajo de certidumbre.
En el otro extremo se ubicaron instituciones que, tradicionalmente, suelen salir mal en esta clase de mediciones. El Congreso, las administraciones locales y los partidos políticos tienen una percepción desfavorable y, llama la atención, que los influenciadores aparecen dentro de este grupo cuando el segmento de población encuestada es, en su mayoría, nativa digital.
“No podemos rendirnos frente a la tarea fundamental de la educación: cultivar la capacidad de discernir y construir un juicio propio, y cimentar un pensamiento crítico y riguroso”, dice Nieto Olarte, justo cuando liderazgos autoritarios desafían el orden establecido y la conciencia humana naufraga en la marea de los algoritmos. El poder de los argumentos y la ciencia prevalecen.












