¿Qué pasaría si mañana no pudieras expresar tus deseos? Si una enfermedad repentina te impidiera tomar decisiones sobre tu propio cuerpo, ¿estarías preparado? En Colombia, tenemos el derecho —y la responsabilidad moral— de anticiparnos a ese momento. Las voluntades anticipadas nos permiten dejar claros nuestros deseos sobre cómo queremos que se maneje nuestra salud en situaciones críticas. A pesar de que existen leyes que nos respaldan, este tema sigue siendo incómodo para muchas familias, y es frecuente que se evite con frases como “no pienses en la muerte.” Pero pensar en ella es precisamente un acto de amor, de conciencia y de respeto hacia quienes nos rodean. Este artículo es una invitación a hablar de lo que nadie quiere decir, antes de que el silencio tome decisiones por nosotros.
En mi experiencia como profesional de la salud, he presenciado innumerables veces la tensión que surge cuando una familia debe decidir qué hacer frente a un paciente en estado crítico. En medio de la incertidumbre y la angustia, suele imponerse el deseo de “hacer todo lo posible” para prolongar la vida, sin detenerse a considerar las consecuencias: largas estancias en cuidados intensivos, dependencia total de tecnologías médicas, y en muchos casos, el deterioro irreversible de la autonomía y dignidad del paciente.
Existe en Colombia la Ley 1733 del 2014 —conocida como Ley Consuelo Devis—, que respalda legalmente la decisión individual de establecer nuestras preferencias sobre tratamientos avanzados, soporte vital y manejo clínico en situaciones límite. Sin embargo, esta legislación sigue siendo desconocida por la mayoría. Pocas personas han formalizado sus voluntades anticipadas y aún menos han conversado al respecto con sus familias.
Los estudios muestran que la mayoría de colombianos querrían que se les prolongue la vida solo si pueden mantenerse funcionalmente autónomos. Pero ¿cómo sabemos si una persona desea vivir conectada a una máquina o sometida a constantes procedimientos invasivos si nunca lo ha expresado? El silencio —por miedo, desconocimiento o tabú— se convierte en un riesgo.
Aceptar nuestra fragilidad no nos hace débiles; nos hace profundamente humanos. Hablar de nuestras voluntades anticipadas no es un gesto sombrío ni pesimista, sino una declaración valiente de autonomía, de amor por los nuestros y de respeto por nuestra dignidad. El momento de decidir no debe llegar cuando ya no podamos hacerlo.
Por eso, hoy te invito a romper el silencio. Conversa, escucha, escribe. Pregunta a tus padres, habla con tus hijos, piensa en ti. Que cuando llegue el instante en que ya no podamos hablar, lo dicho permanezca como un acto de voluntad y no de azar. Porque decidir también es amar, y ser escuchado, incluso en el final, también es vivir con dignidad.











