Todo viene coincidiendo para que el mundo este virando hacia el autoritarismo, y eso no sorprende, pero sí preocupa. Están dadas las condiciones para que otra vez colapse la democracia y la sustituya el despotismo con su saga de dolor y conflictos. Y lo grave es que el talante autoritario infecta a muchos jóvenes que se enamoran de la fórmula simplista de reprimir y censurar, porque ese verso se traga sin masticar y enciende pasiones básicas como el odio, especialmente contra el que es o piensa diferente. Es la falta de empatía lo que sostiene esa radicalización. Y sin empatía es fácil creerse inteligente, saltándose en cada juicio el necesario examen de lo que le pasa al otro y a la comunidad. Pero hay que sacar la mirada del propio ombligo y mirar siempre lo colectivo, viendo al otro pero no para buscar culpables sino soluciones.
La empatía se ha ido yendo por el caño ante el individualismo de niños que desde hace un par de generaciones tienen una agenda copada de entrenamientos que solo llenan el vacío del tiempo con cosas impuestas por los miedos y las frustraciones de sus papás. Y ahora se suman los absorbentes dispositivos digitales que los aíslan, no les deja saber quiénes son ni qué está a su alrededor. Los niños no pueden ‘crecer’ (madurar) así, porque pierden el tesoro de aburrirse y frustrarse que es el regalo esencial para conocerse, auto regularse y abrir espacios de creatividad con y para los demás. Jugar, que es un ensayo de la vida en común.
Así la muchachada no puede aprender a dirigir sus acciones hacia la construcción colectiva, con consciencia del otro y de su derecho a existir también aquí bajo el mismo cielo. Y es que sin el otro no hay eso que tanto les gusta mencionar a los nacionalistas: una “patria”. La tal patria (así sea el municipio) es el otro integrado; es la cabida irrestricta a un “nosotros todos”. Así se creó el Israel -hoy de Netanhiaju-, social y colectivista; así fueron creciendo los EEUU -hoy de Trump-, con inmigrantes y con idea de libertades para todos.
Las democracias exaltan la permanente vigilancia de los intentos de caer en la falacia simplista y perezosa del autoritarismo como ‘ideología’, en lugar de verlo como lo que es: una estrategia ramplona de poder pero no de desarrollo. Las tiranías se crecen fácilmente. Les ocurre lo que dicen del “del comer y del rascar” (…): “basta con empezar”. Hay que estar atentos. Con la empatía huyendo de la crisis, no tardaremos mucho en retroceder a las hordas de salvajes que varias veces ya fuimos, sin vida civil organizada.













