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Viernes 25 de julio de 2025 - 01:00 AM

La ciudad y los perros

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Cuando llegué del Socorro a Bucaramanga, me encontré con una bonita ciudad llena de avenidas y gente por las calles. Los automóviles cruzaban a toda hora por la ciudad, lo que resultó ser una de las novedades en comparación con mi ciudad natal. Observé que efectivamente Bucaramanga sí merecía ser llamada “la ciudad de los parques”. Había muchos espacios verdes en la ciudad y uno de los mejores pasatiempos era pasear por ellos y en algunos casos disfrutar de las ventas callejeras.

Hoy continuó disfrutando de mis paseos por los parques. Cada mañana y en algunas tardes, salgo a caminar y a apreciar las zonas verdes que rodean mi residencia. En mis recorridos he notado con curiosidad cómo en los últimos años ha cambiado el paisaje. Ahora se ve engalanado cada día en todos los barrios de la ciudad, por una gran cantidad de perritos paseados por sus dueños. Es un espectáculo maravilloso ver a las personas caminando por las calles guiando sus perros con correas y esforzándose por mantener el orden y evitar que sus mascotas interfieran con los demás caminantes. Ahora en “la ciudad de los parques” los protagonistas ya no son los autos, ni siquiera las personas, sino los caninos.

La humanidad siempre ha tenido al perro como su compañero fiel. Recuerdo ahora a Argos el can de Odiseo en el poema épico griego de Homero del 700 a. C., que siempre ha representado el summum de la fidelidad. Los perros fueron domesticados hace miles de años, inicialmente para la caza, para la defensa y para el pastoreo. De hecho, podría decirse que sus razas han sido moldeadas para satisfacer necesidades humanas y que cada una surgió con un propósito específico: los huskys por ejemplo, con su espeso pelaje, para ayudar a sus dueños a sobrevivir en climas extremos, los beagles, criados por su agudo sentido del olfato, eran ideales para la caza de liebres, otras razas para servir de lazarillos y hasta aquellas como el Shih Tzu creadas como verdadero adorno. Pero en nuestros días esa relación ha cambiado radicalmente: con el tiempo pasó de una relación utilitaria a una de compañía, de amistad y hasta de apoyo emocional.

Pareciera que hoy es el ser humano quien está a la merced del canino. Vemos a ejecutivos, de traje formal y paseando a sus mascotas a las seis de la mañana, obedeciendo más al reloj biológico del animalito que a los horarios del trabajo. Es una imagen que se repite una y otra vez en los parques de la ciudad.

Históricamente los parques urbanos fueron diseñados como espacios de encuentro humano, lugares para el ocio, la conversación y la contemplación. Eran zonas pensadas para fomentar la vida social y para fortalecer y desarrollar la esencia del ciudadano. Pero hoy esos mismos parques se han transformado, pues han dejado de ser escenarios de interacción humana para convertirse en territorios caninos. Son los perros quienes socializan, corren, juegan. Mientras tanto, sus dueños, absortos en sus teléfonos, apenas interactúan y se miran entre ellos.

Así, llegó a una conclusión tal vez provocadora, controversial y un poco simplona, pero inevitable: la ciudad ya no es una ciudad humana, sino perruna. En este nuevo paisaje urbano, el perro ha tomado un lugar central en la vida cotidiana, desplazando muchas de las dinámicas que antes definían lo urbano y lo humano.

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