Suiza es reconocida por su relojería, una industria consagrada a la filigrana artesanal de sus mecanismos internos y así hay miles de ejemplos en todo el mundo donde han sabido valorar las habilidades de hombres y mujeres que se transmiten los saberes de generación en generación. En Colombia nos falta aprender de la enorme riqueza que tenemos allí, un trozo enorme de lo que somos.
Mirando hacia nuestras costuras, Santander es un territorio de carácter, que se ha forjado con manos laboriosas que, por generaciones, han convertido el cuero en zapatos, los granos de café en orgullo nacional y los textiles en identidad. Pero esa esencia está en riesgo. Hoy nos enfrentamos a una realidad preocupante: cada vez son menos los jóvenes interesados en aprender los oficios que durante décadas han sostenido la economía y la cultura de nuestro departamento. Y esto no es una exageración romántica: si la industria del calzado no encuentra quién cosa o corte el cuero, o si el sector cafetero no tiene manos que recojan o trillen los granos, pronto perderemos mucho más que empleos. Perderemos un legado.
Por años hemos cultivado —consciente o inconscientemente— la idea de que el éxito está exclusivamente en los títulos universitarios, que la meta es se nos llame “doctor” independientemente de lo que hayamos estudiado, y que quien trabaja con las manos fuera de ese marco académico merece menos respeto. Esa narrativa nos ha alejado de los oficios, vistos como el último recurso y no como caminos válidos de realización personal y desarrollo económico. Mientras tanto, en otros países. un panadero o un talabartero son reconocidos como maestros.
Hoy la situación es crítica: ni oficios ni profesiones. Muchos jóvenes prefieren el espejismo de las redes sociales, aspirando a ser ‘influencers’ sin propósito, sin un plan de vida sólido. Por eso urge fortalecer nuestra identidad a través de políticas públicas que dignifiquen y estimulen los oficios. Necesitamos más escuelas de artes y oficios, más formación técnica y tecnológica, más incentivos para el emprendimiento que parta desde lo tradicional, no solo desde lo “hi-tech”.
Y esto no es solo tarea del Estado. El tejido empresarial también debe comprometerse. Si hoy les cuesta encontrar personal capacitado, es hora de invertir en la formación de esos saberes con el SENA y fuera de él. ¿Qué pasará cuando llegue la IA con más fuerza en la automatización de lo manual? ¿No es en estas artes y oficios donde podría haber una gran fortaleza diferencial de
Colombia en la economía global?
Proteger los oficios no es solo preservar el pasado, sino asegurar el futuro de lo que somos. Y lo que somos, como santandereanos, está hecho de manos que crean, transforman y dejan huella.










