Esta semana que camina con los vientos de agosto, aparece una cometa multicolor en nuestro cielo llamada Ulibro, certamen que cada año concita a miles de personas en el Centro de Convenciones Neomundo, el cual abre sus pabellones para que todos disfrutemos de una feria que del 22 al 31 del presente mes lleva por nombre Vidas Narradas. Hace un tiempo conocí a Franz Hensel, vicerrector de la UNAB, con quien entablé una amistad gracias al fútbol; me tocó verlo saltar de alegría la noche en la que Santa Fe salió campeón del torneo colombiano jugando la final ante el Medellín. Nuestras charlas siempre estuvieron encaminadas por el sendero académico y la historia, materia en la cual este bogotano de origen alemán se destaca.
Luego de un intercambio de camisetas y banderines, Franz traía pegados a su botín derecho varios nombres para ofrecer un conversatorio sobre liderazgo en Ulibro; los dejó en la mitad del campo y desde la media luna le cobré un balón a todo el ángulo que le gustó de manera inmediata. Puse sobre el verde césped el nombre de Francisco Antonio Maturana García y le entregué en su escritorio que le sirve de área chica, las razones por las cuales debíamos invitar al odontólogo chocoano para que nos hable sobre fútbol, sociedad y liderazgo. Nadie mejor que Francisco el hombre, quien desde su consultorio diseñó la sonrisa del fútbol colombiano. ¡No fue una tarea fácil! Todo inició en Bucaramanga, ciudad a la que llegó en 1981 con su bata blanca y sus guayos Adidas con miles de kilómetros recorridos vistiendo la camiseta de Atlético Nacional. Los directivos del Bucaramanga compraron casi toda la defensa del onceno verdolaga, entre ellos, al ‘Comanche’ Salgado, a Jorge Ortíz y a ‘Pacho’ Maturana. Tenían encima el título del 76 y muchos partidos al lado del ‘Troesma’ Oswaldo Juan Zubeldía.
Para graduarse como odontólogo de la Universidad de Antioquia, el hijo de don Marceliano y doña Hilda debía hacer el rural en nuestra ciudad; conformó una pareja de centrales formidable con Wilman Conde y despejaban la caries que atacaba por momentos al equipo leopardo. Si le dolía un colmillo o una muela al Atlético, ahí estaba el elegante zaguero con su fresa para cortar y pulir el juego de los dirigidos por Janiot y Montanini. Se fue al Tolima y después de una gran temporada abrió su pequeña clínica en Medellín y le empezaron a llegar pacientes, sobre todo del fútbol; los uruguayos ‘Maño’ Ruiz, Juan Martín Mujica y Luis Cubilla le insistían a cada rato para que usara el buzo de entrenador en lugar de su bata blanca. ‘Pacho’ colgó un letrero en la puerta de su consultorio que decía: “me voy para Manizales, regreso pronto”. ¡Jamás volvió! Los que tenían un insoportable dolor de muela se jodieron, porque el fútbol se lo cargó con todo y diploma. Compró sacos y corbatas, un par de zapatos finos y empezó dirigiendo al Once Caldas; llegó al Nacional y con los ‘puros criollos’, le dio estilo y clase al fútbol colombiano. A sus 38 años, tomó el comando técnico de la selección Colombia junto a Diego Barragán, quien preparaba la amalgama con la que se dieron a conocer por el mundo; primero a lomo de mula, luego en clase ejecutiva de cualquier avión. Le enseñó el camino al futbolista nuestro, desde cómo vestirse, hasta saber invertir lo que se ganaban a punta de sacrificio, triunfos y derrotas. Porque “perder es ganar un poco”, así se burlen de su frase. Logró algo valioso: que nos respetaran en cualquier parte del planeta; no importaba si era en una catedral como Wembley o en una humilde parroquia. Francisco el hombre, sacó su acordeón y nos enseñó las notas abriendo y cerrando el fuelle, como en la inolvidable tarde en el teatro Giusseppe Meazza de Milán ante Alemania. Por dichos motivos y los que faltan por escuchar de su viva voz, los invitamos a Neomundo desde esta semana para disfrutar de VIDAS NARRADAS.










