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Sábado 30 de agosto de 2025 - 01:00 AM

El reconocimiento, un activo subestimado

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Esta semana recibí un mensaje conmovedor de Consuelito León de Steenkist, hija del legendario educador boyacense José Max León y, durante muchos años, rectora del colegio que lleva el nombre de su padre. Se refería a la columna que publiqué la semana pasada en Vanguardia: ‘¿Qué elegimos cuando elegimos?’.

“A mis 80, tu reflexión y narrativa me lleva al lema del colegio: ‘Cumple en silencio tus deberes y reclama en voz alta tus derechos’. Al leer y releer tu columna en la que enfatizas que ‘la ética del poder es nuestra esperanza’, tu enseñanza me acompañará en las decisiones futuras y será mi tarea compartirlas con las personas cercanas para que actúen con base en tu reflexión”.

Que alguien con la experiencia y sabiduría de Consuelito me regalara esas palabras, me tocó profundamente. Porque más allá de su generosidad y humildad, me recordó algo que a menudo olvidamos: lo importante que puede ser el reconocimiento.

Y no hablo de lisonjas, pero tampoco de reconocimientos solemnes, sino de los gestos simples que tienen un poder transformador. La mujer que sonríe cuando su madre, entrada en años, le da las gracias por sus años de compañía, o el emprendedor que se llena de energía cuando un cliente le afirma: “nos encanta lo que estás haciendo”. Ese tipo de frases tienen un efecto vigoroso: siembran o reavivan la autoconfianza en el otro ¿Lo estamos haciendo con otros que puedan estar necesitándolo en silencio?

Si eso ocurre en relaciones cercanas, ¿qué pasaría si el reconocimiento se usara también como herramienta para tender puentes en relaciones nuevas o en las deterioradas? Nuestro ego —ese enemigo silencioso— suele impedirnos reconocer lo valioso del otro porque se alimenta de inseguridades y prejuicios.

Vivimos tiempos en los que los discursos parecen estar dominados por la confrontación, el desafío y la exaltación del yo. Por eso, ser empáticos y reconocer lo bueno en los demás no solo es necesario, es urgente. Detrás de esas pequeñas afirmaciones, aparentemente simples, se esconden grandes impactos en la vida de cualquier ser humano.

Todos necesitamos reafirmaciones, nutrir la certeza de lo que somos y lo que podemos lograr. Pero nunca está de más esa voz de aliento que viene de afuera.

Y cuando viene de alguien que admiramos, el reconocimiento, más que un gesto de cortesía, es un acto de humanidad… Quizás ahí esté la enseñanza más grande: una sociedad que aprende a reconocer lo bueno en el otro, es una sociedad que se fortalece y se humaniza. Reconocer no cuesta nada, pero puede cambiarlo todo, desde la autoestima de una persona hasta la capacidad colectiva de construir un país más justo y más esperanzador.

Por cierto, Consuelito, gracias; lo sigues haciendo muy bien.

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