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Jueves 04 de septiembre de 2025 - 01:00 AM

La Feria Bonita: entre la fiesta y la responsabilidad

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Cada septiembre Bucaramanga se engalana con su Feria. Nos prometen música, desfiles, artistas de renombre y eventos para recordarnos que vivimos en la “ciudad bonita”. Todo suena maravilloso… salvo que, mientras unos afinan la garganta para corear vallenatos, otros ajustan el cinturón del miedo: las esposas que saben que, al volver el marido borracho, la celebración no termina, apenas comienza; las madres que piden que sus hijos regresen sanos de los conciertos, como si la diversión fuera un riesgo innecesario; y los vecinos que saben que, con la madrugada, llegarán también las riñas y los excesos.

Claro, nadie duda de que la cultura es necesaria. La feria alegra, da identidad y rompe la rutina. Pero ¿no sería más valiosa si dejara de ser un terreno incierto para la tranquilidad? El problema es que aquí celebramos con entusiasmo, pero prevenimos con indiferencia. Y entonces aparece el derecho penal, ese invitado que siempre llega tarde: llega después de la botella rota en la cabeza de alguien, tras la riña que ya dejó heridos o cuando la inseguridad terminó ganándole espacio a la música.

La ironía es que sí sabemos qué hacer. Se habla de seguridad y de acompañamiento institucional. Sin embargo, la práctica suele ser distinta: funcionarios visibles en sus chalecos fosforescentes, pero con una vigilancia que no siempre logra sentirse en cada esquina, donde el desorden encuentra su escenario perfecto. Las mayorías siguen confiando en que sea la suerte la que decida si la noche termina en alegría o en angustia. Pero la suerte, conviene recordarlo, nunca ha sido un buen garante de la convivencia ni de la paz en los espacios públicos.

Acudir a la feria debería ser un acto de confianza ciudadana: necesitamos celebrar, sentir que la vida también se disfruta. Y la feria, con su variedad de escenarios para todos los gustos y edades, debería ser ese espacio seguro donde las diferencias se respetan y cada manifestación cultural se convierte en un verdadero punto de encuentro. Pero para lograrlo se necesitan controles efectivos y una ciudadanía que no se conforme con mirar hacia otro lado. Porque la cultura no solo entretiene, también educa al recordarnos que prevenir siempre será más valioso que sancionar.

La Feria será verdaderamente bonita si logramos que la música no compita con los gritos de riñas o de auxilio, que los abrazos no se confundan con empujones y que la euforia no termine convertida en daños, dolor o violencia.

La consigna es clara: disfrutemos la feria, pero hagámoslo cuidando de nosotros mismos y de los demás. Solo así Bucaramanga será, además, una ciudad confiable, donde la alegría no dependa de la suerte, sino del compromiso colectivo.

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